Por Julián Doyle   

Hay tanto por explorar, tantos caminos por donde puede transitar rápidamente su legado, su historia atravesada, su canto, su impronta, sus compras. Hojas de ruta marcadas a fuego por la época que le tocó en suerte y por cierto exodus familiar que también le tocó en suerte. Un tour por vacíos existenciales inminentes que nos llevarán a otro vacío existencial que te lleva a la adquisición de un nuevo vacío existencial. Esta época, estos días, pero contados desde las noches de los ochentas y de los noventa de un niño en apuros y envuelto en posmodernismos variados. Una década, ésta última, definitiva para contar esos rumbos plagados de extravagancia; ese tránsito que lo llevó de los circuitos generados en el embrión del Di Tella hasta los pasillos de un canal de televisión por cable, entre cromas, bambalinas y platinados chupines.

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Quizá lo correcto sea arrancar por el final. Sesenta años, una galería de arte propia transformada en Fundación, una colección auténtica, pocos amigos, un millón de noches, Warhol pero también Berni, French 2885, un programa sobre Historia del Arte en la televisión por cable y una herencia familiar depositada, gran parte, en solventar la posteridad de la Fundación.

Hijo único, bohemio también único, su aproximación al mundo de las artes tuvo más que ver con Rosita, su madre, con quien mantuvo un vínculo estelar hasta los últimos días y con cierta distancia de su padre, un industrial alemán que poco tenía que ver con lo artístico. Pero, nobleza obliga, esa manija por la gestión y las compras que tuvo Federico, se podría considerar como un gesto paterno que ya venía incorporado.

No podía creer que en Miami no hubiese ni un museo. Ni hablemos de Punta del Este. Parece mentira pero Klemm no llegó a vivir el boom de la industria del arte explotado tal como hoy se ve. En los noventa a pesar de la lluvia de dólares no existía en Argentina (a.k.a. BsAs) una organización de lo artístico. Todo era municipal. No existía la devoción por el arte de la actualidad ni la regeneración de nuevas promesas. Recién se estaba gestando el MALBA. Por esto es de un valor notable en la lectura que se puede hacer de Klemm cómo pensó más allá y ahí se explica el por qué de darle un marco institucional, de crear un espacio para exponer su colección maestra y posmoderna que nació como galería y luego supo ponerse a tiro en Fundación, conservando las compras y generando hasta un Premio Klemm a los artistas jóvenes que ya lleva diecinueve ediciones.

Hay tanto por explotar. Su vida privada se mantuvo acorde a los tiempos que corrían. Las discotecas como escenarios de conexiones y desconexiones fatales, los happenings en departamentos, las luces de neón encegueciendo. Se lo ve muy cómodo en sus últimos veinte años, asimilando las estéticas que estaban en juego y siempre en el límite con lo paródico. No se puede forzar tanto la cosa como para decir que ha sido un exponente de la cultura pop local sólo por traer unos cuadros de Andy W. Puede confundir mucho este tipo de acciones que tuvo en tanto mecenas. No hay dudas que fue el primero en traer obras de ese calibre al país, pero de ahí a encasillarlo dentro de un género parece exagerado y fuera de lugar. Klemm ha construido lo contrario. Supo sembrar una mezcla interesante, altísima. El criterio estético siempre fue la mezcla. Justamente la intención era desarmar cualquier casilla posible, cualquier etiqueta. Ahí está la parodia, su simulacro.

Bellas artes

Natural de Checoslovaquia, llegó con seis años al Puerto de Santa María de los Buenos Ayres en 1948, entre bombardeos, aluviones y pasaportes paraguayos, junto a su padre Federico Jorge, un alemán que sabía bastante de guerras mundiales y que en poco tiempo se convirtió en un industrial del plástico importando productos químicos, y su mamá, de origen checo, Rosita Merecek de Klemm, figura excluyente en su vuelco a lo artístico y con quien mantuvo un vínculo fuerte hasta los últimos días, incluyendo vacaciones juntos y Gran Abono.

Desde el vamos Federico Jr. se movió en las arenas movedizas de las bellas artes.  En sus primeros años de vida en Buenos Aires y a años luz de su alto perfil filantrópico, sus pasiones eran la ópera y lo teatral. Por eso estudió canto lírico con Ruzena Horakoya. Por eso arte dramático. Y en paralelo cursos sobre historia de la pintura. Perfeccionamientos en los sesenta que tuvieron su punto nieve en el ingreso al Instituto Torcuato Di Tella que por ese entonces funcionaba como chapa y escalera mecánica a la fama. Fue en los últimos años del Instituto cuando Klemm tuvo un paso fugaz de la mano de Marta Minujín y Oscar Masotta, participando en Meat Joy, un happening organizado por éste último en el que aparecía con un traje de baño y le terminaban tirando pintura con pedazos de pescado. Luego vino ¡Oh sólida carne!, una obra de teatro homenaje a Hamlet. No hubo más. No hubo más porque se venían con todo los setenta.

El cielo estrellado

Los años que siguieron no fueron fáciles. A la avanzada militar en todos los sentidos le contrapuso escapismo y fiestas privadas. Fue el inicio de su devoción por los banquetes en departamentos. La excusa de un mundo exterior muy plomo bastó para empezar a volarse la peluca en el diseño de interiores planificado en casas de amigos, dentro y fuera del mundo del arte de aquel entonces.  Todo el arte dramático estudiado a sus veinte años empezó a dar frutos en performances y shows dantescos de dúplex con la extravagancia que se estaba gestando en su entorno y también en él. Por momentos barítono, por momentos anfitrión. Esa técnica mixta que sería su perfume hasta las últimas horas en el Hospital Alemán.

Fiestas privadas como escapismo frente a los momentos difíciles que también le tocarían en gracia. Más de una vez detenido por portación de rostro y vestuario. De por sí dueño de un cuerpo importado, de un look picado fino y de un pelo siempre provocador. Vivió esos días escapándose a sus casas en Río y Punta, además del petit en Barrio Norte.

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La creme de la Klemm

La antesala al esplendor, las primeras explosiones, las discotecas, de la cama solar al living, Miami lover (sunglasses kid), la profundización del modelo, Mildred Burton, la exteriorización del karma, las luces encegueciendo, French, no nos une el amor sino el plástico, los círculos viciosos, los osos, el arte dramático asumido, Jorge Romero Brest, el kaos en la ciudad, las primeras compras, ¿Cómo puede ser que te alboroten mis placeres?, Andy, su madre, los galgos, Wagner Bross, el exotismo adquirido, las ruinas no tan circulares, el cielo estrellado, la noche en pañales, el run-run, lo que sea, video-retratos, Nicolás García Uriburu, su madre vestida íntegramente de Adidas, en 1981 diseña muebles geométricos neogrecorromanos y post-egipcios, NEOGRECORROMANOS Y POST-EGICIOS, la industria incipiente, Luisa Mercedes Levinson, algunas malas noticias, el circo incipiente, el ébola rosa, Edgardo Giménez, las columnas de mármol falso, el arte de la peluquería.

Muy pronto ese clasicismo dandy y fundamentalmente esa extravaganza que será su isotipo más logrado, devendrán en nuevos patinajes artísticos, alguna que otra lluvia ácida y una visión crema espesa sobre el mundo que lo rodeaba. En tiempo y forma, acorde a los abismos que proponía el ripio porteño, para Klemm los ochenta son pena y gloria, son la confusión generalizada, la apuesta fuerte por el retoque y la joyería en gomaespuma. En lo estrictamente profesional se mete de lleno con la fotografía y en especial con los retratos. También las performances teatrales, aún lejos de las pantallas, siguen siendo su debilidad, tanto o más que el metalizado eléctrico por el que daría la vida. Ya hay un camino recorrido pero aún no se dio la explosión final, que lógicamente tiene que ver con toda esta reconstrucción en base a cimientos de plástico. Plastic in my body and in my soul, plastic doll plastic doll, from my head and to my toes.

Trumps

El esplendor. La danza de la fortuna en el momento justo. La noticia que su padre ha muerto. La noticia que treinta millones de dólares. VERSACE. La profundización del dorado. La interpretación absoluta del fin de una época. El olor a derrumbe sobrevolando cada paso de comedia. De Miami lover al Miami horror. Una serigrafía de Warhol por setecientos dólares. ADOBE PHOTOSHOP. Amalita. 1998. El inmenso dolor porque su perro ya no quiere comer. Europa-Europa. Susana. Volverse experto en el arte de las relaciones públicas. Se incendia todo. Ajado retrato de un muchacho de cincuenta y pico de años. Prime time. El Divino. Tronco de felpa. Mirtha. Ínfulas acechando. Rosita durmiéndose otra vez en el Gran Abono. No llegó el fax mandámelo de nuevo. Una pelopincho bañada en oro. Fieras enjauladas en French.  La peluca telefónica. Me sigo pavimentando y llegaré hasta el fin.

Los noventa para Klemm llegan para quedarse, son el doble filo y la ambigüedad lograda a fuerza de barroco y fundido a negro de su trayectoria. Donde arranca en serio con su proyecto de armar una galería de arte pero que con el correr de los años y con el diario del lunes tiene un valor altísimo. Desde toda la vida mantuvo una adicción a la colección de todo tipo de objetos, fotografías y ropas de personajes de la alta. Siempre. Pero ahora y gracias al caudal que heredó, pudo darle sentido a su idea de tener un espacio propio donde exponer, un subsuelo gigante en Marcelo T. de Alvear y Florida frente a Plaza San Martín que de 1992 al 95 funcionó como Galería y después dando cabida a la Fundación Klemm, hoy bajo la tutela de Valeria Fiterman y Fernando Ezpeleta. Allí se encuentran obras originales de gente como Warhol, Picasso, Lucio Fontana, Jeef Koons, Kuitca, Aizenberg. En 1995 su reelección fue un volantazo hacia la creación de una Fundación que incluye obras permanentes de las estrellas anteriores y Berni, Lichtenstein, Max Ernst, Man Ray, De Chiric, Xul Solar, De Kooning, Mapplethorpe, Christo, Beuys, Noé y más, en mil metros cuadrados, con entrada gratuita y, dato clave, cuyo patrimonio dejó en manos de la Academia de Bellas Artes que tendría acceso al total de las obras cuando se acaben los fondos que él dejó especialmente para la Fundación.

Otro dato clave es que antes de llegar a ver un Warhol original’s se tiene que pasar por un piso completo de cuadros del propio o sobre Klemm. Allí está su sueño de querer ser artista o querer ser reconocido como tal. Más lograda e interesante su actitud como galerista del arte global que como pintor. Con la salvedad de esa técnica mixta que tanto estaba usando en el último tiempo donde mezclaba lo puramente artesanal con programas digitales de retoque tipo Photoshop. Pero la posmodernidad, el agua en el aceite, está en sus compras, en la colección privada hoy expuesta para cualquiera.

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You’re my heart, your’re my soul 

La vida antes que explote la bomba atómica de internet. Show de fuegos artificiales y espejismos de chroma key. La vida después de la pizza banana. Las formas gratuitas. Las columnas endebles. Mi amor, no entendés nada. DANIELA URZI. Óleo sobre omnipotencia. Las estructuras que se caen. La mesa que tambalea. Brother Louie (New Version). La luz entrando por las grietas. ¿Qué vas a hacer tan sola hoy?. Empresas que se van a fundir. En todo estás vos. Carga virtual. ELECTRICA SALSA. Lo barroco tal vez.

El capítulo más trascendental en la biopic de Klemm sin dudas es su paso audaz por la televisión con un programa de videoarte, cátedra, exotismo y curaciones. Caricatura exacta de lo que estaba pasando a mitad de los noventa, arrancó junto al crítico de arte Charlie Espartaco su ciclo “El Banquete Telemático” en Canal (á), el único espacio en el cable dedicado íntegramente a lo artístico y cultural de ese entonces. Cirugía plástica con guiones propios y guiños guitarreros para la posteridad, la historia grande del arte era explicada a su manera con una teatralidad pocas veces vista en la tv local, utilizando trasfondos de chroma key donde pasaban Da Vinci, Picasso, Xul Solar y la mar en coche. Un programa pensado desde el vamos como una enciclopedia del arte pero que con el correr de los años se transformó en una performance legendaria que lo definió para siempre.

Se estaba cocinando la construcción del ícono border mediático que supo traducir aquellos años dorados de gran forma. El desparpajo asumido en esos brotes expresivos que fueron el freepass para entrar a su mundo. Porque en eso consiste esta construcción: estaba construyendo su mundo, definiéndolo. Fueron también los inicios del cable como emporio de canales alternativos a la oferta de la tv abierta, los inicios del zapping, de lo mediático.

Habría que ver cuánto de parodia hay en este reality show inventado para autoproclamarse. Pero lo que sí está clarísimo cuando se ven estos episodios vía YouTube son sus obsesiones. Todas íntimamente ligadas. Se encargó de mostrar un mundo del arte basado en la pompa. Te hablaba como un profesor chiflado, con ojos explotados, cama solar encima, con movimientos catárticos, siempre melodramático. Había momentos en que SE ELEVABA A DIOS. Por supuesto, Versace. Por supuesto, La Gioconda en chroma key.

Regio

Fue ante todo. Todo eso fue. Lo importante es el enfoque que lo tenía omnipresente. Hoy vemos cada vez más al artista como parte de su obra. Klemm en sus últimos días lo entendió a la perfección, asimilando los golpes, madurando hasta caer. Toda una vida derretida en un programa de cable. Todo un simulacro kitsch de amor propio con la fatalidad a flor de piel. Plus Satelital y Gasalla también formaron parte de sus últimas performances en la televisión popular.

Todos sus sueños, todas sus pesadillas, todos sus miedos, todo el fin de una época. Todos juntos en un estudio de televisión. Como esos paisajes únicos poco sirve explicarlos. Hay que ir a verlos.

 Fotos: Archivo Fundación Federico J. Klemm

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