A medida que la pandemia de Covid-19 continúa devastando a la comunidad global, alterando todo, los activistas están observando cómo el virus también resultó ser caldo de cultivo perfecto para un aumento en la brutalidad policial y de la violencia doméstica.

ONGs, refugios, líneas telefónicas de ayuda y otros servicios de apoyo en Argentina informaron que se vieron abrumados por la demanda, ya que las víctimas buscan ayuda cuando sus redes sociales normales se vieron interrumpidas. Sin embargo, es importante reconocer que las experiencias de cualquier forma de violencia familiar no son uniformes, y diferentes grupos encontrarán diferentes desafíos y barreras debido a sus posiciones relativas dentro de la sociedad. Uno de estos grupos es la comunidad de lesbianas, gays, bisexuales, transexuales y queer.

FRANCO TORCHIA supo ser reconocido por la generación de los primeros 2000 como esa voz en off parapetada que animaba las tardes en los estudios de Much Music en San Telmo, con Cupido. Su investigación y activismo lo llevaron a ser uno de los periodistas del país que más conoce los problemas de la comunidad LGBTTIQ+. Desde hace ocho años conduce ‘No se puede vivir del amor’ en la medianoche de la radio pública de la Ciudad de Buenos Aires con cientos de entrevistas picantes y mucha data que también están reunidas en su libro Orgullo y barullo (Indie Libros). Este mes, comenzó su podcast de confesiones tituladas “Fragmentos de una autobiografía anal” junto a la filósofa Esther Díaz.

En esta conversación con REGIA, Torchia sin pruritos le saca la ficha al momento especial que se transita, revela situaciones feroces en Palermo y lo homofóbico que es el Estado argentino, en un 2020 de cancelaciones y crímenes de odio con un asesinato cada tres días contra una persona LGBTTIQ+ en el país.

Agencia Presentes.

El virus y sus restricciones interrumpió las redes sociales normales para las víctimas LGBTTIQ+, que es más probable que utilicen fuentes informales de apoyo como amigos o terapeutas privados que las fuentes formales tradicionales de apoyo como las ONGs de violencia doméstica o la policía.

Sin dudas. Difícil, en este sentido, no identificar con rapidez los efectos subjetivos de las medidas vigentes. Por fuera de discusiones que «municipalizan» en lugar de federalizar, la pandemia determina rangos. En los primeros seis meses de 2020, según datos del Observatorio Nacional de Crímenes de Odio, cada tres días hubo un asesinato contra una persona LGBTTIQ+ en el país. Y cito asesinatos y no experiencias anteriores a la muertes porque a mí mismo me recubre un halo necropolítico. Siento que, como ocurre con la historia de las disidencias cada vez que fallece un referente, subsiste una confianza en las muertes y en los asesinatos para escribir la historia y para fortificar la súplica. Hoy mueren miles, por muchas razones y también con COVID 19. Hay suelta una doctrina de la muerte dando cuenta de las muertes. Entonces, no parece ser momento ideal ni mucho menos, para implorar por quienes están residualizados desde el día cero. Sin embargo, hay que hacerlo.

Ahora existe un consenso que las personas LGBTTIQ+ sufren violencia doméstica al mismo ritmo que los heterosexuales. 

Es ante todo una visión intraperiodística: los medios tradicionales de la Argentina edificaron un concepto de inseguridad relacionado casi de forma excluyente al homicidio en ocasión de robo. Desde luego, no a cualquier homicidio y no a cualquier robo, sino al asesinato de vidas que per se tienen «valor» y/o son capaces de encender afinidades electivas. También, el llanto colectivo es por los bienes u objetos de esas vidas, propiedades materiales que por consiguiente también desatan un indignismo sin fracturas ni escalas. Esa preeminencia distribuye sentidos y a ese reparto la población LGBTTIQ+ no llega casi nunca, salvo, claro, ante un ataque homoodiante en una pizzería de Palermo; y digo ataque homoodiante y no transodiante porque aún en un barrio como Palermo la ferocidad contra las personas trans es diaria y a cielo abierto, pero no impresiona. A su vez, incluso frente al beso de dos varones gays en un local comercial, las audiencias no se repliegan en bloque ni patalean con unanimidad a favor de las víctimas. Sumado a esto, hoy, la domesticidad que imponen las políticas de aislamiento dispuestas a partir de la pandemia. Esa «vuelta al hogar» reactiva una zona de conflictos que para millones de personas es siempre un pabellón de fusilamiento: las casas. Los espacios domésticos acribillan a las disidencias, sobre todo cuando en ellos ese grupo de tareas que es la familia usa «la privacidad» de sus muros para extender su terrorismo. Todos los días, desde hace años, entrevisto a personas LGBTTIQ+ y todos los días compruebo esto: lo peor está en las familias. La violencia suele ser primero doméstica, mucho antes que, por ejemplo, policial. La familia es una célula terrorista. Hay que abolirla.

La tinta.

¿Crees que lo que se necesita en este momento es una inyección de recursos en este sector por parte del Estado para ampliar el alcance de los servicios que se pueden proporcionar a las víctimas queer, como una campaña de concientización pública más fuerte?

Creo primordial resistir al poder: usarlo y exigirle sin abandonar jamás la obligación de resistirlo. El Estado (el Estado, no los gobiernos solamente) es un macho proveedor; un «papi» generoso que te quiere y te desecha; aprueba o no tus formas, dibuja tu cuerpo, limita tu identidad y ubica donde quiere tu dolor. Vive como hace 200 años y funciona en esa dirección. Es familiarista y en la Argentina además financia el homolesbobitransodio en la medida en que sostiene a la iglesia católica. El Estado argentino es homofóbico. Yo creo que en las sublevaciones personales; en las pancartas pero también en los jardines; en los cánticos y en la producción artística; en la asexualidad y en el sexo incesante. En los cielos y en las asambleas. Creo también en quienes hacen nada. Y en la comida. Y en el agua. Hacer política en esa combustión. La toma de conciencia que más me interesa es la de la imposición de la vida propia. Eso es proto y pre – potente. Eso es cuir.

Hablando del Estado, ¿cómo viviste la decisión del Gobierno de establecer por decreto un cupo laboral trans del 1% para el sector público? 

Con muchísima sopesa. Apoyo ese decreto y simultáneamente no me siento capaz de apoyar otros. ¿Por qué sí ese? Porque las políticas relacionadas con las personas trans y travestis no son plebiscitables ni cuentan, como ya expresé en virtud de otras cuestiones, con apoyos sociales fuertes. Los derechos sexuales jamás se logran sin decisiones claras del Poder Ejecutivo, el caso más rimbombante es el fracaso del aborto en 2018. El puño y la letra de un primer mandatario incentiva al resto de los poderes a hacer lo suyo. Diseña un posible recorrido. De hecho, en pocos días, la provincia de Santa Fe, que tenía ley provincial de cupo laboral travesti – trans aprobada y no implementada, la implementó. Así debería hacer también ahora Chubut, Río Negro, Chacho y la provincia de Buenos Aires, donde en diciembre se implementó luego de 4 años de aprobada pero desde donde surgen aún reclamos en este sentido. Entiendo que el decreto nacional ya entró en vigencia. Ahora se trata de velar por su cumplimiento y también, velar porque el Congreso Nacional trate los más de diez proyectos en danza. El decreto debe gatillar el tratamiento urgente de una ley nacional.

Télam.

La semana pasada trabajadoras sexuales cortaron Libertador y Dorrego reclamando poder trabajar como antes de la cuarentena y denunciaron desalojos por no poder pagar el alquiler. Este también es otro debate pendiente.

El Estado argentino es abolicionista. Y este gobierno también, al menos hasta nuevo aviso. Hay varios episodios de los últimos meses que transparentan esta posición. Como periodista abocado a cubrir estas dinámicas, distingo hoy cierto silencio abrumador de parte de muchas protagonistas de estos movimientos. Están demasiado callados, acaso esperando. A propósito de decretos, al igual que con el aborto -que ahora el Gobierno dilató, en probable sintonía con el Vaticano y su rol en la última negociación de la deuda externa- sobre el trabajo sexual el pronunciamiento debería ser prístino. El aborto debería haber sido decretado. Y en materia de prostitución, sigue rigiendo una ley contraria a ella y no asoma ninguna voluntad institucional de cambiarla.

¿Ves una nueva normalidad para la pospandemia o lo que viene en términos de sociedad será aún más hostil?

Normalidad nunca. Jamás hubo. Es una palabra destructiva. Es el patíbulo de mayorías subyugadas ante ella. No tengo duda alguna respecto de sucesivas pandemias. Sé que dependen de la producción industrial de alimentos y en un país pobre, más. Luego, no avizoro casi nada. No sé. Que las hostilidades crecerán, sí. Y que para muchos esto redundará en cambios nucleares de vida, también. Hay que aprender a morir; como supo decir Michel de Montaigne, es la única manera de dejar de servir. Y la única manera de intentar ser libres. Ni sirvientes ni servidores: libres.