¿Qué sucede cuando un director caracterizado por su toque frívolo como lo es Françoise Ozon se ocupa de un tema importante como lo es el abuso a menores por parte de un sacerdote? Sucede Gracias a Dios, que trata el caso del sacerdote Bernard Preynat, imputado por abusos sexuales desde finales de los años 70 hasta los 90 en la comunidad de Lyon, finalmente expulsado este año del estado clerical por medio de un tribunal eclesiástico.

Preynat manipulaba menores de 16 años a los que guiaba espiritualmente, y lideraba en campamentos de boys scouts para satisfacer sus deseos sexuales.

Mirando televisión, Alexandre Guérin (Melvil Poupaud), un católico muy comprometido con la fe, padre de 5 hijos, descubre que quien lo abusara en su infancia, sigue liderando niños. Mediante una cruzada individual, se contacta con el cardenal Barbarin (François Marthouret), informándole de lo sufrido por él y alertándolo sobre el peligro que corren los niños bajo el dominio del sacerdote. Mediante mails que circulan de un destinatario a otro en voz en off, idas y venidas del aquejado Alexandre, fugaces ilusiones y repentinas desilusiones, llegamos una y otra vez a la misma conclusión: la iglesia como institución no está dispuesta a hacer mucho al respecto queriendo evitar el escándalo público, pese a los nuevos aires que alienta el papado de Francisco. Y el pedido de perdón del ajado victimario (Bernard Verley), no alcanza.

Otro padre de familia, François Debord (Denis Ménochet), ateo y que no teme ir contra la institución, enterado de las actividades de Alexandre, lo contactará y organizará un grupo con otros abusados, que terminará conformando el colectivo La palabra liberada, que hará presentaciones ante la justicia con tal que el cura sea destituido y ajusticiado. (Hasta el día de hoy no hay fecha para el juicio civil). A ellos se sumará Emmanuel Thomassin (Swann Arlaud), el que más ha sufrido las consecuencias del abuso, que no ha podido formar familia y cuya vida es un verdadero derroche dado su alto coeficiente intelectual. Por él nos enteramos de que existen los niños cebras y hombres con el pene curvado por el excesivo manoseo en forma circular.

Tanto Alexandre, como François y Emmanuel no sólo tendrán que luchar por vencer sus propios prejuicios ante la cuestión de exponer públicamente los traumas y la vergüenza que perviven en ellos, también tendrán que batallar contra las rigideces dentro de su propia familias, pertenecientes a distintos estratos sociales.

El film dedica importantes porciones de su metraje al punto de vista de cada uno de los tres personajes y a la lucha de la organización por dar a conocer los hechos a través de la prensa.

Demás está decir que Ozon nunca alcanzará a Costa Gavras (Z, Desaparecido, La corporación) tratando cuestiones peliagudas, que recorre terrenos ya allanados por la eficaz En primera plana (Tom McCarthy, 2015) y la perturbadora El club (Pablo Larraín, 2015), pero se lo ve ducho en la ligereza con que vehiculiza ingentes cantidades de información.

Director que apela a las sensibilidades de una clase media que se supone ilustrada, campeona del sentido común y de las buenas formas, no muestra nada que sea ofensivo, no se mete con la fe, deja bien en claro que no siempre los ataques de los pederastas derivan en la homosexualidad de las víctimas (y si ese fuera el caso, se suicidan), y que hubo una gran confabulación de la cúpula eclesiástica para soterrar escándalos de este tipo.

Con una elección fotográfica con efectos flou que lo emparenta con aquellas a las que solía recurrir Claude Lelouch –otro director que se especializaba en agradar paladares aparentemente sofisticados y que nos tenía habituados a la insustancialidad de sus propuestas- hace un trabajo estimable en lo relativo a bucear en la humanidad de sus personajes, sus dudas y sus padecimientos. Los actores son muy buenos, algunos tan fotogénicos como los que pululan en las revistas de moda, y hacen muy bien lo que les encomiendan. El film transcurre veloz entre dramas, recuerdos dolorosos, crisis de fe, interrogatorios, y la celebración de triunfos y derrotas en el retorcido recorrido que desemboca en un túnel con una diminuta luz de esperanza al final. El ritmo que le imprime el director es tan trepidante como el que uno le otorga a la lectura de una nota de la revista Gente.

Sin embargo, hay que distinguir que Gracias a Dios (ganador del Oso de Plata en el último Festival de Berlín) no es lo peor de Ozon, su coqueteo con el realismo mantiene el interés del espectador pese a lo extenso del metraje. Así y todo, lo preferimos en jueguitos simpáticos y menos comprometidos, como la delicada Bajo la arena (2000), la excéntrica Ocho mujeres (2002), la tramposa La piscina (2003) o la seductora En la casa (2012).