El pasado 14 de mayo Netflix estrenó en las pantallas de todo el mundo Halston, la miniserie del director Ryan Murphy protagonizada por Ewan McGregor que recrea la vida y obra del diseñador estadounidense Roy Halston Frowick, quien dominó el sistema de la moda durante la década del 70 desde New York a base de sexo, cocaína y fama. Y todo en escalas industriales.

“Dios bendiga a Jackie Kennedy”, es la primera línea del dialogo que abre la serie. “Que se joda Jackie Kennedy. Dejó de llevar sombreros para no estropear su horrible peinado”, es la segunda. Halston reconstruye la historia de alguien que cambió para siempre la idea de la elegancia en una sociedad de híper consumo como la americana. Alguien que se hace conocido diseñando el sombrero que llevaba Jackie Kennedy en la primera ceremonia presidencial de su marido y cuyas creaciones, a partir de ese momento, empiezan a ser demandadas por las figuras más radicales del Studio 54.

Netflix

La biopic de cinco capítulos comienza repasando el origen del protagonista en una familia de clase media en Iowa, viendo como su padre maltrata a su madre, a quien intenta brindarle un poco de consuelo creando sombreros con plumas de gallinas y pájaros. El detalle no es menor, y expone el modo en que un niño encuentra la forma de canalizar el amor a través de la ropa, tocando una fibra sensible que muy pocas veces se aborda en el superficial mundo de la moda.

En el primer capítulo también vemos como nace la amistad entre el diseñador y la increíble Liza Minnelli, que acompaña su vertiginoso ascenso a la cima de ese mundo a medida que aumentan los excesos. Y no solo de droga y sexo, también se amplifica su carácter autoritario y obsesivo con el trabajo mientras persigue una idea de perfección tan exquisita como utópica (considerando el aspecto subjetivo que puede tener la belleza en el mercado del lujo). Todo esto culmina en una ecualización imposible del balance que regula ética y estética. En público, Halston es un déspota que mira todo desde una superioridad absoluta Y en la intimidad, es una criatura frágil, sensible, que busca un poco de amor a cualquier precio.

Atsushi Nishijima / Netflix
Atsushi Nishijima / Netflix

Desde su acristalado despacho en el piso 21 de la torre Olympic en Manhattan, con una sala cubierta de orquídeas (y de cocaína), Halston domina el ritmo de la ciudad y le pone aceite al engranaje de la dinámica societal que opera en el sistema de la moda (tal como lo entendía Barthes), logrando plasmar en vestidos la libertad sexual de una época que solo se liberaba en las sombras.

En 1973, como parte de sus intentos desesperados para que su marca sea global, le vende su nombre a Industrias Norton Simon. Entonces lanza cosméticos, valijas, sábanas, alfombras y un perfume cuyo frasco, en forma de lágrima, es diseñado por Elsa Peretti. En 1983 sigue su carrera hacia la masividad y empieza a diseñar para la cadena de bajo costo JCPenney. Pero ese Cross Over Avant Pop estaba demasiado adelantado y el circulo lujoso nunca terminaría de aceptar la democratización de una marca que, hasta ese momento, era sinónimo de exclusividad. De hecho, las tiendas elitistas donde había empezado su historia retiran sus productos del catálogo. Cada día más déspota, más adicto a la cocaína y al sexo, el diseñador empalma una fiesta con otra mientras los gastos se disparan. Los números ya no cierran y con Halston fuera de control los dueños de su marca aprovechan para sacarlo del medio.

Atsushi Nishijima / Netflix

La tesis sugiere que el nombre de Halston finalmente fue manchado por la cantidad de productos a los que le puso su nombre, abordando un conflicto que contiene el dilema entre arte y comercio. Lo que conecta directamente con la interpretación de McGregor, la cual está recibiendo tantas alabanzas como críticas. Algunas, por el poco parecido con el personaje real (por parte de los familiares) y otras, por ser un actor heterosexual interpretando el papel de un gay (cuando es poco común que ocurra lo contrario).

Lo cierto es que la calidad y la entrega de su performance le suma una nueva perla a la larga lista de títulos que ya ocupan un lugar destacado en la historia del cine, como Trainspotting, la romántica Moulin Rouge o su mítico personaje de Obi-Wan Kenobi en la saga Star Wars. En definitiva, podríamos decir que la serie, mas que de Halston, se trata de Ewan McGregor, quien tiene una personalidad aún mas compleja que el diseñador y suele lograr un mejor equilibrio en esa relación entre arte y negocio.

Halston junto a parte de su staff de modelos.
Liza Minnelli & Halston.

Para trazar una analogía, se puede rescatar aquella premisa según la cual moda no es lo mismo que indumentaria (aunque existen interferencias entre ambos conceptos). Una está condicionada por el protocolo y la otra por la necesidad de crear una imagen identitaria. Y McGregor, con tanto elemento radical como entretenimiento pochoclero en sus espaldas, es ambas cosas. Halston, en cambio, era la sofisticación y el exceso. Un tipo alto, delgado y elegante , con un poder de seducción ante mujeres y hombres que junto a sus modales refinados, lograron abrirle las puertas de ese cielo de seda y neón. Un estrella que subía y bajaba, que subía y bajaba de nuevo, y que en el momento de su muerte, en 1990, había perdido los derechos incluso sobre su propio nombre. Un caballero (Jedi) que termina su vida contemplando el mar, solo y sin un rumbo determinado. Su chofer le pregunta a donde ir. Y Halston le dice: “A donde sea, vos simplemente seguí manejando”.