La historia de la pasante de 22 años que tuvo una relación consentida con el presidente Clinton conforma una nueva temporada de American Crime Story, la joya de la corona de la amplia gama de productos de Ryan Murphy. La primera recreó el caso O. J. Simpson; la segunda, las derivaciones del asesinato de Gianni Versace. Aquí se narra cómo se mancilló escandalosamente la reputación de un grupo de mujeres, no sólo a nivel de los Estados Unidos, sino global. Recién se estrenaba la Internet y cualquiera podía descargarse –mediante la intermitente conexión dial up– el copioso informe pergeñado por el fiscal Kenneth Starr para llevar a juicio al díscolo presidente demócrata.

La miniserie -que se exhibe por el canal FX- cuenta en 10 capítulos la relación de la joven Mónica (convincente Beanie Feldstein) con el presidente (Cliff Owen, magnífico), pero se centra en el vínculo de la muchacha con su amiga Linda Tripp, otra empleada estatal, desplazadas ambas de sus tareas en la Casa Blanca a atender cuestiones menores a sus aptitudes en las oficinas del Pentágono por ser consideradas inconvenientes por el establishment masculino.

Linda Tripp, una mujer madura con dos hijos, ansiosa como perro jadeante de ser reconocida a cualquier costo, no tiene ningún empacho en sacrificar su “amistad” con Mónica grabando durante meses la conversaciones telefónicas que sostenían, donde la muchacha con diversos grados de ansiedad comentaba las derivaciones del affaire con el hombre más poderoso de los Estados Unidos, los avances, sus fellatios, la falta de comunicación de a ratos, los descuidos. De todo esto, quedó para el recuerdo un vestido azul que no pasó por la tintorería.

Las intervenciones de otras abusadas (Paula Jones, tres peldaños más abajo en la escala social, que de acusar al presidente termina posando desnuda para la revista Penthouse, tras ser utilizada por los medios, el marido y la abogada); las presiones del partido republicano para lograr la destitución del político exitoso; las estrategias coercitivas del FBI para que Mónica confiese y del periodismo más amarillo que le impedían salir de su vivienda; las intrigas entre los allegados al poder del partido demócrata, son ingredientes que forman un cóctel explosivo y entretenido, que el equipo de guionistas delinea con aptitud para que el espectador no se pierda en la maraña de personajes y situaciones.

Hay otro capítulo dedicado a las consecuencias del hecho sobre Hilary Clinton (Edie Falco, sobresaliente), a la que también se la muestra como sujeta a degradaciones tanto públicas como privadas, eso sí, dados sus privilegios, entre algodones.

Bill Clinton junto a Monica Lewinsky, en la Casa Blanca. Febrero de 1997.

La miniserie está contada desde el punto de vista de Lewinsky, que sufrió deshonras innumerables y quedó en condición de paria hasta no hace mucho (hay varias notas en la revista Vanity Fair que refieren el calvario).

Las actuaciones son uno de los condimentos más atractivos de la miniserie. Annaleigh Ashford como Paula Jones aporta una cuota de humor grotesco en su descenso ignominioso hacia el olvido.

Sarah Paulson está irreconocible bajo las pelucas y prostéticas que le deforman el rostro, el cuerpo, y sirven para caracterizar a Linda Tripp. Igualmente se observa su calidad actoral para retratar a un personaje que aúna lo mejor y lo peor de la condición humana. Productora de la serie junto a Lewinsky y Feldstein, reunieron un elenco en el que también destacan Mira Sorvino como la madre de Monica, Colin Hanks como un miembro del FBI y Judith Light como la abogada de Jones.

 

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