Hubo tres años maravillosos —del 67 al 69— en los que la libertad te brotaba por
los ojos. Los jóvenes eran, éramos, los generadores de una revolución por el simple
hecho de plantarnos y decir: El mundo que nos dejan no nos gusta.
La onda que venía de Inglaterra era más fashion y artificial, porque ahí circulaba
heroína en vez de marihuana o ácido lisérgico como en los Estados Unidos —país
que, dicho sea de paso, tenía quilombos de índole más grosa, como la guerra de
Vietnam.
En esos años se arma una nueva cultura de izquierda en el mundo, más
universalista. Por eso yo tendía a ver las revoluciones latinoamericanas desde un
lugar que algunos confundían con cinismo. Pero nosotros ya percibíamos que no se
podía tomar la Casa Blanca con Mausers.
Más que en el poder, creíamos en la difusión del poder. Norman Mailer ya había
tomado el Pentágono sin encontrar más que un montón de oficinas, tipitos que le
decían: Yo sólo trabajo, acá. Eso es lo que tiene de increíble este sistema: que nos
dice a todos cómo tenemos que comportarnos y sin embargo no está en ningún
lado.
Nos parecía que se podían lograr más cosas contaminando la cultura, a través de
la política del éxtasis. Uno no quería cambiar la sociedad, quería cambiar al
hombre. En algún sentido nos salió bien, pero como todo lo que triunfa se
transforma en un póster, termina por significar poco y nada.
Las guitarras eléctricas fueron adoptadas como el sonido oficial del sistema, en
todas las publicidades. Lo que decíamos de la ecología se transformó en una
porquería llamada “new age”. Hoy nadie toma una sustancia lisérgica para hacer
una experiencia de tres etapas, sólo se consumen drogas con fines recreativos y
nada más: la gente no sabe ni lo que toma siquiera.
Es muy injusto comparar épocas. Yo estoy agradecido de haber participado de
aquel momento. No me tocó nacer en un tiempo donde ya estaba todo cerrado,
donde no era posible nada, sino todo lo contrario. Me tocó vivir en un momento al
que le cayó encima un rayo de luz que determinó una cultura agitada, un tiempo
con algo de revolución.
La cultura del imperio estaba detonándose, en abierto enfrentamiento con otro
imperio. Mientras los bandos del conflicto estaban entretenidos en esa pugna, se
fueron incluyendo paradojas en el medio, que con el tiempo se volvieron
importantes y generaron el cambio.

El amigo Alejo entró en mi vida cuando el Negro se fue. Con él hice las
experiencias psicodélicas más importantes porque, básicamente, Alejo trajo el
ácido de los Estados Unidos. Tomábamos de a cinco. Nos íbamos al bosque de
Cariló, caminábamos varias horas por ahí, tomábamos otros tres… Y así
estábamos.
Cuando vuelvo de la costa, me engancho a vivir con él y su familia. Tenían una
casa que también era psicodélica, algunas paredes estaban hechas con libros. La
llamaban La Caminera. Claro, en invierno había que estar ahí: circulaba un
chiflete… Alejo tenía una perra del tamaño de una gran danesa, La Belcha, que
vivía echada en el sillón. Cuando llegabas, se tiraba y te iba a recibir arrastrándose
por el piso. Ese bicho enorme y negro… ¡Parecía una bestia de película de terror!
Estábamos todo el día juntos, viajando en un rastrojero con la guantera llena de
faso. A mí me pagaban por dormir, torraba todo el viaje. Podíamos andar con dos
mil unidades de Open Window encima, metidas dentro de un frasco así.
Un día llegan Skay y Poli de Salta, donde administraban un campo de los
Beilinson. Me vienen a ver, me dicen que quieren reunir a Los Redondos.

¿Cuál fue el origen del nombre de la banda?
Dándole vueltas al asunto, en mi casa de la costa di con un recetario que había
editado Royal, la marca de los postres. Ahí inventaban a una cocinera ficticia que
era la que te presentaba las recetas, la dibujaron y todo. ¿Y qué nombre le habían
puesto? Patricia Rey. La idea que derivó del nombre fue la de crear un personaje que no fuese ninguno de nosotros. Una suerte de padrino mafioso que se había ganado la reverencia de sus seguidores. Nosotros veníamos a ser apenas sachets vacíos, artistas existenciales por los que pasaba una energía buena cuando estaban en vena. Así lo pintamos a Patricio —un tipo que tenía un piso en la rue de l’Épée de París y había colgado un Mondrian en el ascensor—… ¡tenía toda la guita del mundo!

En la época de la pala, lo que más me interesaba era encerrarme a charlar, a beber.
Poli y Skay se iban a dormir y Enrique y yo nos quedábamos en el Británico, de ahí
nos íbamos a la plaza, después venía a casa y pasaban tres días en los que, por
supuesto, no dormíamos: hablábamos, desarrollábamos teorías delirantes, nos
cagábamos de risa.
Enrique tiene una relación de dependencia con la desgracia. Que no le gusta,
porque por supuesto es desagradable, pero al mismo tiempo está convencido de
que en ese barro puede haber una perla y por eso se resiste a salir de ahí. Es verdad
que podés terminar encontrando una perla, pero debés tener una paciencia muy
especial. Y también podés hallarla cuando ya no significa nada.
En su momento, encontró —y se prendó de— ese personaje del Bukowski
argentino. El problema es que eligió un personaje dañino, porque sostenerlo te
destroza la salud. Y si al final la fortuna te sonríe y te regala algún caramelo, ya no
estás en condiciones de disfrutar. No podés, porque te hiciste mierda en el camino.

Este medio está lleno de gente que lucha por ganarse tu afecto, para
traicionarte tan pronto lo obtiene.

Hace poco vi una entrevista que le hacían a Enrique por YouTube, donde decía que
lo había cagado a Fito, y se reía… Ese es el tipo de incertidumbre que no me gusta,
en términos de las relaciones humanas. Sí para escribir, la gracia de la creación es
trabajar sobre la incertidumbre. Pero los pícaros me gustan para conversar con
ellos, cuando las picardías me las hacen a mí no me gusta ni mierda.
Me da mucha ternura Enrique, lo sigo queriendo. Hay gente que ha dicho cosas
espantosas de mí pero todavía los considero muertos queridos. No guardo muchos
rencores. Estoy tan maravillado del “aun así”, de las glorias que todavía me ofrece
esta vida a pesar de mi enfermedad…
Yo pegué mucha onda con Symns, hasta que le dije que no iba a escribir más en
Cerdos & Peces. Y se calentó. Le habrá preocupado lo económico, imagino,
porque yo tenía un pequeño prestigio ya y la revista se vendía más cuando yo
escribía. Pero en esa época estábamos hasta las manos con Los Redonditos,
seguíamos haciendo canciones y el deadline de la revista me distraía. Por otra parte
no quería acentuar aún más la cosa marginal para adecuarme a Cerdos & Peces.
Todos los que estábamos ahí éramos marginales por vocación. No nos habían
marginado, nos marginamos nosotros porque no nos gustaba la sociedad. Por
supuesto, la sociedad también trataba de marginarte en respuesta, pero eso no hacía más que justificar tu rechazo inicial.

En un momento Poli y Skay me llevaron a conocer a [el productor] Oscar López,
con la secreta intención, supongo, de que considerase la posibilidad de firmar con
él. Me llevaron a la oficina y todo. Pero ahí el testarudo era yo, el que estaba
jugado en esa cultura. Por eso me calcé la boina y dije que no, que no contaran
conmigo.
Yo creía en lo que explicaban los tipos que ya la habían vivido y te alertaban al
respecto: Pete Townshend y tres o cuatro más, que te avivaban respecto de las
limitaciones que suponía la relación con los productores, te describían cómo esos
tipos te comían la vida. El mismo Charly García dijo alguna vez que los
productores tapizaban sus coches con el pellejo de los artistas.
Pero claro, los productores no son los únicos que te pueden explotar. Una vez lo
escuché a García diciendo: ¡Mis amigos siempre me cagaron! Y sí, es medio
inevitable: los amigos son los únicos que tenés cerca de verdad, porque son
aquellos en los que depositás confianza. Entonces están en una posición
privilegiada para garcarte. Y uno se decepciona, se aleja, encuentra nuevos
amigos… hasta que también te cagan. Yo sé que es así, pero de todos modos he
seguido ofreciéndome cristianamente: ¡si vos me cagás, vos te lo perdés!
El ansia de libertad te lleva a rechazar ofertas muy tentadoras. Yo recuerdo dos
momentos así. Una vez, cuando yo todavía no tenía casa propia, me ofrecieron dos
departamentos en Mar del Plata a cambio de tocar en el marco de una campaña
política. Y la otra vez, cuando la banda se separó, un productor me ofreció varios
millones de dólares por once shows, cuando yo ni siquiera había grabado nada
nuevo como solista. Y también dije que no. Yo nunca coincidí con ninguna
institución, desde el colegio. Ma perchè? Antes de descubrirme a mí mismo
haciendo algo que me violenta, prefiero volver a fabricar ropa.
Y yo me sentía en pleno derecho de establecer ciertas condiciones. Si tomamos
en cuenta que soy el tipo que bautizó la puta banda, que hizo las canciones —tanto
las melodías como las letras—, que armó el discurso público sin preguntarle a
nadie… Porque yo no consultaba antes de hablar. Todos los reportajes que hice, los
hice diciendo lo que pensaba yo. En muchos casos a disgusto de Skay y de Poli,
que en una época, por ejemplo, sentían mucha simpatía por el menemismo. Y yo
no me lo bancaba. Lo que quiero decir es que nunca objetaron mi discurso público,
supongo que en algún momento habrán estado de acuerdo o simplemente les habrá
convenido. Pero el más tozudo siempre fui yo. Con caprichos como ese de tocar
solos y de noche, que en algún momento nos dejó medio en bolas.

Hacia afuera daban la impresión de ser un bloque monolítico.
Siempre hubo mucha discusión, adentro. Pero en algunas cosas esenciales
estábamos de acuerdo. En aquel entonces Skay y Poli arrastraban todavía los
preceptos del hippismo bien entendido. A Skay yo le he oído decir esto: No es más
rico el que más tiene sino el que menos necesita. Pero bueno, también es cierto que
él nunca conoció la necesidad verdadera. Pertenecíamos a clases sociales muy
diferentes. Skay podía tirarse de cualquier trampolín y siempre iba a encontrar
agua.

¿Es cierto que Charly García quiso producirles un disco por entonces?
Un día fue a vernos a lo de Giesso. Después se acercó y dijo que nos quería
producir. Pero le dijimos que no. En esa época a muchos músicos les daba por
meterse a productores artísticos, pero todo lo que sabían era cómo sonar bien ellos;
y por eso todos los artistas que producían terminaban sonando como los discos del
productor… Yo le dije que creía que el que terminaba pintando el cuadro era el que
mezclaba al final, y que prefería mandarme cagadas pero aprender a hacerlo yo. A
lo sumo, cuando esté viejo haré como Miguel Ángel en la Sixtina: no podré
subirme a algunos andamios pero le diré a un joven asistente: Poné más celeste
allá, más blanco acá.
Hay dos discos de García que me gustan, Clics modernos y Piano bar. Para mí
son más pop que rock, pero los escuché siempre con comodidad.
Hace poco recibí un llamado de Palito Ortega. Me dice: Hermano, cómo anda…
Estaba al lado de Charly, que se encontraba internado. ¿La verdad? Un capo,
Palito, por todo lo que hizo para sostener a Charly en estos años.

Por supuesto, en materia de estudios y de grabación, no sabíamos un carajo. Por
eso los discos de la primera época suenan más a pop que a rock, el tratamiento
sonoro no es agresivo.
Pero de todos modos empezás a aprender a producir artísticamente, cometiendo
errores. Yo he echado a ingenieros del estudio, peleándome mal. Siempre fui el
malo de la peli en la grabación. A Skay le importaba poco, sólo le gustaba tocar la
guitarra.

Cuando se metieron a grabar, llevaban ya mucho tiempo tocando esas
canciones. ¿Sentías que te representaban, todavía?

Yo nunca tuve una vocación única y específica. Más bien hice siempre de todo:
pintar, dibujar… La definición vino sola por el lado de la oferta, por cómo se
fueron dando las alternativas. Y el rock fue lo que empezó a dar dinero para vivir
cuando otras alternativas seguían cerradas. Sostenerte tan sólo con la escritura
sigue siendo difícil aún hoy. Pero a mí se me dio por la vía del cantante de rock,
que con viento a favor podía permitirte llegar a ganar un sustento decente. Y no lo
vivo con culpa, porque no soy un desaforado. Dentro de todo, soy austero. No vivo
la vida loca ni tengo los amigos del campeón, esos que están ahí para decirte: Qué
capo que sos, y terminan formando parte de tus gastos mensuales. Es que hay
artistas que necesitan sentirse aplaudidos constantemente, porque cuando se
quedan solos se acuerdan de la verdad, de quiénes son más allá de las máscaras, y
no les gusta.
Yo creo que esa indecisión original —eso de que te gustaran tantas otras
disciplinas artísticas: la literatura, la plástica, el cine— terminó ayudando a
que tu música fuese tanto más rica, más abierta, más “multidisciplinaria” que
la de muchos de tus colegas.
Un artista tiene que estar motivado por distintos géneros, debe trabajar su obra
desde distintos ángulos: una mirada plástica, una mirada literaria, una mirada
musical, que le permita desplegar la imaginería más amplia posible.

Y Skay era el socio ideal, porque había escuchado todas las músicas y usaba la guitarra para conjurarlas.
Era abierto. Yo soy de mirar a los guitarristas desde la peculiaridad que agregan.
Skay no era un guitar hero, pero donde metía una nota estaba todo bien.
De todos modos, nunca fuimos Piero y José. ¡No somos tan parecidos como la
gente piensa! Estábamos conectados por afinidades pero también por el esfuerzo,
porque lo que uno quiere es ser corregido y por eso busqué un socio que pudiera
decirme cuándo me estoy pasando de rosca con mi obsesión.

Afuera el país volvía a arder y ustedes se recluyeron en el estudio Del Cielito, para grabar ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado.
Escapando del dealer, de algún modo. En Panda levantabas un teléfono y en cinco
minutos tenías cualquier cosa. Eso tornaba lento el laburo, y además el estudio era
carísimo. Las condiciones de trabajo para el personal eran inhumanas. Imaginate
que terminábamos la jornada, el operador nuestro se quedaba para grabar con
María Rosa Yorio y al otro día, cuando volvíamos, el tipo seguía ahí. Cumplía,
pero ¿cómo podía rendir de ese modo?
Se nos ocurrió Del Cielito porque estaba apartado del mundanal ruido, en Parque
Leloir. Tenía pileta, podíamos quedarnos internados ahí. De ese modo, no te
desconectabas para reencontrarte otra vez durante la noche siguiente.
Nos encantó. Funcionábamos como una comunidad. Desayunábamos ahí
mientras yo leía los diarios en voz alta con mi estilo cáustico, tirando a cínico.
No había sufrimiento alguno. Una experiencia parecida a la de los Stones
grabando Exile on Main St., imagino. Nos tomábamos el tiempo, perdíamos horas
jugando a la pelota. Era como una casa de salud. Eso hacía que los ratos que
trabajábamos se aprovecharan mucho. De todos modos, no teníamos un control
final, en el estudio se oía bien pero cuando la mezcla fue a parar al disco no me
gustó mucho. Decí que tiene temas que son lindos: Ropa sucia, Esa estrella.

Se dice que durante la grabación los visitaron Pappo y Spinetta.
Yo no lo recuerdo. Sí me acuerdo de que Pappo llegó un día a la sala de ensayos de
Treinta y Tres Orientales. Estábamos zapando, Pappo le arrebató la guitarra a Skay
y se puso a tocar. Hizo una demostración muy buena, tocaba con palanca.
A mí no me seducían sus proyectos. El rock barrial, cuadrado, no me gustaba
mucho, salvo los que hacíamos nosotros porque siempre cometíamos alguna
infracción, los contaminábamos. Pero recuerdo que Pappo tocaba y Skay lo miraba
con miedo. Yo me decía: Este está sufriendo, porque Pappo agarraba la palanca y
sostenía la guitarra de ahí, la sacudía… Era una Gibson SG, creo. Pero yo no me
asusté, me pareció que Pappo tenía claro lo que se podía hacer con esa guitarra sin
dañarla.
De Spinetta tampoco me acuerdo. Puede ser que haya caído a Del Cielito en el
momento del asado o de leer el diario por las mañanas, pero nunca entró en el
estudio.
De los hijos sí me acuerdo. Debo haber sido de los primeros que, sabiendo que
se hacían llamar Pechugo, les pidió un autógrafo.


La forma en que encarás la escritura de las letras se parece mucho al modo en que practicás la pintura.
Puede ser. En ambos casos, suelo partir de la elección de un título sugestivo.
Cuando pinto, comienzo agarrando unos aerosoles con los que produzco un
esfumado. Son como fantasmas, a los que voy a darles definición. No con pincel:
hablo de sombras contra sombras, o luces que tirás para darle oscuridad. Eso me
provoca. Cuando te apartás del lienzo, cuando tomás distancia, aparecen visiones.
Como cuando sos chico, que ves una mancha en el techo y se te ocurre algo al
instante: Parece la poronga del abuelo, por ejemplo.

Nuestras experiencias en materia de abuelos son un poco distintas…
(Ríe.) Es una forma de decir. ¡Si yo ni siquiera conocí a mis abuelos!
También importa la selección de la paleta básica, mi pintura no es una cosa
brasileña, de mucho papagayo o mulata vestida de colores. Siempre hay una luz
predominante, que le da una unidad a los muñecos que están ahí.
Generalmente son surreales. Llegan a picar en el dadaísmo, a veces. Cuando me
pongo a pintar es como una especie de surrealismo medio dramático, en sentido
wagneriano. Pero siempre hay una figura humana, no es abstracto lo que hago. Me
acuerdo de un cuadro que quedó en el camino, El paseo vespertino del embajador.
Hay una calle, unos balcones tipo españoles… Los personajes son raros, hay todo
un desfile que llega con el embajador —una especie de sambódromo freak— y por
detrás, los que vienen marchando son todos monstruitos.
Me reconozco autodidacta. Aprendí un poco de pintura con un tipo que era
cónsul de Uruguay en La Plata. No era un pintor de vanguardia. Pero yo tiraba
pintura y enchastraba todo, o rociaba pintura con una pistola. Cuando uno tiene esa
edad, lo que quiere es ser artista cuanto antes. No para que se haga más fácil, sino
porque necesita dedicarse full time.
Cuando Los Redondos rindieron para permitirme dejar el hogar de niños, fue
una libertad. Yo le agradezco a Virginia que me insistió. Un día me dijo: Esto no
va más, estás inquieto, protestón. Y en efecto, yo estaba al borde. Todavía era un
riesgo vivir nada más de Los Redondos. Parece mentira: fue decidir eso y al poco
tiempo empezamos a tocar en lugares más grandes.
Cuando escribo para las canciones, busco el mundo que se presenta en esa
materialidad expandida ahí, distribuida azarosamente. No es que cuando voy
armando la canción, ya estoy pensando en algo. Veo colores. Y lentamente esos
colores sugieren formas. Algo empieza a pasar a través mío. Cosas que he
percibido y que a veces hasta he entendido mal pero que me dejaron una secuela.
Elementos que incorporás, quieras o no. Hasta las canciones que no te gustaban te
entraron, porque las escuchabas en la peluquería o en el bondi. Y entonces me
apropio de los chiches de esa cantera de manera creativa —o sea, deformándolos.
Como al pintar, uno va descubriendo de qué escribe a medida que escribe. Se
deja atravesar, se permite alumbrar algo nuevo. Uno es un detonador.
Pero cuando sos el Indio Solari, no podés dedicarte más que a eso. Te convertís
en una suerte de institución. Algún día me gustaría dedicarme a pintar en serio,
pero…

Sorpresa de Shanghai.
El germen de esa letra fue lo que le oí conversar a un grupo de pescadores en un
hotel de Ostende, pared de por medio, mucho tiempo atrás. Por eso la mención al
bote roto.
El título salió de algo que había leído por ahí. Los Estados Unidos les vendían
armas a países que eran aliados transitorios. Pero le metían un chip a todo el
armamento groso: lo configuraban de un modo que permitía usar esos misiles para
bombardear cualquier punto del planeta que quisieras… menos el territorio de los
Estados Unidos. ¡La forma en la que estos tipos preservaban su propio culo! Y a
ese chip se le llamaba Sorpresa de Shanghai.
En el fondo habla de un estado de ánimo, de un tipo que siente que está hasta las
manos, desconsolado, encerrado en un cuarto de hotel. Las drogas son dañinas en
general, pero particularmente para quien no está en condiciones de hacer la
experiencia. Y este es el caso del protagonista de la canción. Que por eso dice: Voy
a escupir misiles. Es una forma de decir: Toda palabra que salga de mi boca será
dañina.

Lavi-rap.
Yo era de ir a los baños turcos. Hace siglos que no voy, pero me gustaban mucho.
Los de La Plata eran tan berretas que el techo de las cámaras era de chapa. La
chapa condensaba el calor y por eso te caía encima una lluvia constante, de gotas
que estaban hirviendo, como lava. A esos iba con el Mufercho. Teníamos una
especie de rito, poníamos alcohol en una toalla y nos la encajábamos en la cara: así
las gotas ya no jodían tanto. Había una pileta que tenía en un costado la imagen de
una sirena. Pero se ve que no la había hecho un artista sino un maestro mayor de
obras, porque la sirena se parecía a mi tío José.
Después me hice adicto a un hotel tradicional de Capital, el Castelar. Tenía
duchas escocesas, sauna… Los boxes donde te sentabas a descansar eran de
madera. Y además, ahí hacían gintonics y unos sándwiches de jamón crudo que
estaban muy buenos. Yo iba a media mañana, me metía en las cámaras y después
me tiraba en esos camastros de madera. Para mí era un refugio. Nadie entendía
bien qué hacía yo ahí.
Un día asusté a todo el mundo sin darme cuenta. Me había hecho un tajito al
afeitarme la papa y después me fui a una de las cámaras. En un momento veo que
todos me están mirando y decido esconderme detrás de un diario. (En la cámara de
entrada había diarios medio húmedos, que todavía se podían hojear.) Me pongo a
leer y al instante cae una gota sobre el papel. POC… Al segundo, otra: POC…
Miro el diario y veo que las gotas son rojas. Salgo en busca de un espejo y
descubro que tenía toda la cara ensangrentada. Parecía Carrie. En realidad fue un
corte de mierda, pero con el sudor la sangre se me esparció por toda la cara.
¡Estaba impresionante!
He visto cada cosa en ese lugar… Un día me estaba sacando los lompas y cayó
un gordo con traje. Se quitó el saco, lo colgó de una percha, lo metió dentro del
locker y puso ahí adentro todas las pistolas que llevaba encima. Tenía un par de
compinches que hicieron lo mismo. Mandaron el resto de la ropa a la lavandería
del hotel y se fueron a las cámaras a hacerse masajes. Por supuesto, los que te
masajeaban no eran hindúes: eran unos pelados musculosos en camiseta que te
trituraban los pies. Vos escuchabas a los gordos haciendo: ¡Aaaaargh…! Nunca en
mi vida me animé a hacerme un masaje ahí. Pero me inspiró la expresión
“onambólicos asteroides”, un juego de palabras con Onán —aquel a quien la Biblia
le atribuye la masturbación compulsiva— anabólicos y esteroides.
El Morta, Huesito y Mister Ed —los protagonistas de Lavi-rap— eran esos tres
pistoleros. Dejaban su armamento, mandaban la ropa a limpiar y yo me
preocupaba: me desvestía, hacía lo que tenía que hacer y me iba enseguida.
Pensé que si ponía Lavi-rap la escena iba a ser más comprensible que si hablaba
de los baños turcos. No le puse “laverrap” de una para no comerme un juicio.

Hablando de Breuer: ¿la relación con Andrés Calamaro se inició por su lado?
Mi primer recuerdo de Andrés tiene que ver con un bar donde estábamos con Skay
y Poly, y él se acercó con Melingo. Los invitamos, se sentaron y esa fue la primera
vez que charlamos en serio. Fue entonces que me regaló un disco de Dylan, que es
su héroe. Creo que era Slow Train Coming, que en general está mal conceptuado
—es de su época de conversión al cristianismo— pero sigue siendo uno de mis
favoritos.
Después sí nos conocimos más a través de Breuer. Yo soy medio chúcaro y por
eso cultivo amistades que son más bien epistolares. Con Andrés nos habremos
visto un puñado de veces, nomás. Ha venido a casa un par de oportunidades. Pero
aun así lo considero un amigo y supongo que él también a mí. Tengo una relación
con él que no tengo con otra gente del “ambiente”. Nos escribimos a menudo
tratándonos de usted y sacándole filo al humor disparatado. Por suerte
compartimos fuentes comunes, información que permite joder a partir del mismo
código. ¡Y ahora hasta compartimos la misma radio!
Él es más sociable que yo, no le molesta aparecer en TV. Le gustan las modelos,
lo cual no tiene nada de malo pero, inevitablemente, te expone más. Pero en
general es un tipo como uno, de haber leído y de haber visto muchas películas.
Andrés es muy dado. En ese sentido me ilustra porque yo soy todo lo contrario,
no conozco a nadie. Un día me llamó y me dijo que estaba con un célebre ladrón, a
quien no mencionaré, conversando sobre el aspecto tumbero de mis canciones…
Es así, pasa de eso a la compañía de El Cigala, del escritor Rodrigo Fresán…
Cuando viene la pasamos bien, se nos va la tarde entera conversando.
Difícilmente pase un par de semanas sin que intercambiemos mails. Claro, él
hace giras largas, no como yo: arranca y toca y toca y toca… Y aun así me escribe
desde algunos de esos lugares a los que llega, me cuenta cómo está, me dice que se
quedó disfónico… Es quejoso como yo, siempre tiene alguna enfermedad pero al
final todo le sale bien.
Cuando Lito Vitale armó esa producción donde tantos cantaban temas de otros,
yo dije que sí. Y lo único que se me ocurrió cantar fue El salmón. Me gustaba la
letra, está buena. Aunque lo hicimos un poquito más rockero. Después, como
devolución de gentilezas vino a cantar a un show mío en La Plata: hicimos El
salmón, Esa estrella era mi lujo y la que había grabado para mi disco Porco Rex,
que se llama Veneno paciente. Hermosa canción, me gusta mucho. La voz de él va
al frente y yo me sumo como coro en la misma tesitura y en el mismo carácter,
suena como una reverberancia de la voz de Andrés.
Siempre me pareció fabuloso que convenciese a la compañía de sacar un álbum
quíntuple… ¡Que alguien consiga hacerle eso a una corporación es una maravilla!

Entraron en los Estados Unidos por Miami, que es una puerta de entrada muy particular.
No me gustó una mierda, Miami. El Midtown es como el Once, aunque con
insumos más modernos. Nosotros enfilamos a un estudio que quedaba en Fort
Lauderdale, a cincuenta kilómetros.
Fort Lauderdale era otra cosa. Coto de gente de mucho dinero. Un lugar que es
pura agua, lleno de puentes: las construcciones se levantan sobre fingers, dedos de
tierra ganados al mar. Todo el mundo tiene su barquito, su moto de agua o su yate.
Me acuerdo de un bar giratorio que había, en lo alto de un edificio: desde ahí veías
todo el pueblo. Hablo de gente blanca que vive muy bien, que tiene un pasar
idílico. Las playas también eran muy piolas. Hasta IMAX tenían, cuando casi no
había en ninguna parte.
Con Mario hacíamos yunta, estábamos en el mismo depto. Skay y Poli son más
de levantarse tarde, se encierran a tomar mate en el hotel. Con Breuer descubrí los
mejores martinis. Además vimos muchos shows. Había un lugar que se llamaba
Musical Exchange, donde tocó Jimmie Vaughan, el hermano de Stevie Ray
Vaughan. También el Gato Barbieri, cuyo fraseo reconocí desde la calle y por eso
nos metimos. Tocaba un rato, gritaba ¡Latinoamérica libre! y se iba detrás del
piano para mirar el reloj. Se ve que tenía otro show pendiente…
Un día llego con Mario —él manejaba— a un estacionamiento. Estábamos
refumados. Metemos el coche ahí… y descubrimos cien patrulleros alrededor.
Nunca supimos por qué se habían concentrado tantos en ese lugar. Tratamos de
conservar las formas, dejamos el auto… y, en el ascensor del estacionamiento,
después de que entramos se colaron cinco vigilantes. Nos estábamos cagando de
risa mal, pero no queríamos deschavarnos. ¡Nos habíamos metido ahí solitos!
Mezclamos en un estudio cuya dueña, una centroamericana que lo había
heredado de su marido, me tiraba los galgos. Un día llegó Jerry Lewis. El tipo le
había grabado unas canciones a la esposa y quería grabar más. Cuando le dijeron
que tenía que pagar, se sorprendió. Se ve que no estaba acostumbrado a que le
cobrasen…
También conocimos a Juan Gabriel, que murió hace poco. Un tipo popularísimo
en México. Lo vimos entrar con sombrero típico y un chongo al lado. Todo
maquillado… ¡Un hombre grande! Se nos cayó México.
Después fuimos a Los Ángeles a masterizar con Bernie Grundman. En aquella
época se había puesto de moda que te produjese un extranjero, al parecer te daba
una pátina impresionante. Pero llegué a leer de alguien que había contratado al tipo
que fue ingeniero del segundo disco de Jethro Tull. Entre eso y conchabar a la tía
de John Lennon… Pero Grundman era una cosa seria de verdad.
Breuer había vivido en Los Ángeles once años. Conocía todos los vericuetos y a
todo el mundo. Ahí hacía doblete como conductor porque las distancias son
grandes, no te podés manejar en un yellow cab. A la gente de allá le parece que
queda todo “acá nomás”… ¡y está cuanto menos a una hora de auto!
La temperatura de ese lugar es ideal, debido a la cadena montañosa que lo
protege. En pleno invierno hay 24 grados: estás en remera, tomás sol… Aunque
siempre está el riesgo de que haga CRAC y California quede flotando en el
Pacífico. Los lugares bonitos tienen siempre grandes contraindicaciones: tifones,
volcanes…
Fuimos a conocer lugares míticos, como el Whiskey A Go Go. Al CBGB fui
varias veces, en Nueva York. Enchufaban, los tipos, y todos sonaban bien…

En esa época te mudaste a la casa de Parque Leloir.
El año anterior habíamos ido con Virginia a República Dominicana, de vacaciones.
Nos encantó y por eso queríamos volver. Así llegó noviembre. Los Redondos
nunca tocábamos en verano, por eso le dije a Virginia: Estamos viviendo acá en
Caballito, cuando tenemos por delante varios meses en los que no voy a ensayar…
¿Por qué no nos alquilamos una casa en diciembre por Leloir, con pileta? Era un
lugar que ya conocía y me gustaba, de tanto frecuentar el estudio Del Cielito.
Así hicimos. Y nos aposentamos, la casa que habíamos alquilado era muy linda.
En vez de quedarnos un mes y salir rumbo a Dominicana, decidimos quedarnos la
temporada. Fueron tres meses. En ese ínterin le digo a Vir: No estaría mal venirnos
a vivir acá. Porque en otra época tocábamos todos los fines de semana, pero a esa
altura ya lo hacíamos de modo más raleado. Alquilamos otra casa porque los
dueños de la original no podían renovar el contrato, y empezamos a buscar. Era lo
más razonable: si volvíamos a Caballito y nos poníamos en el compromiso de ver
casas en venta cada fin de semana, no nos íbamos a mudar más.
Así nos agarró el invierno. No venía nadie por esta zona. Era de una tranquilidad
pasmosa. Un día escuchamos tiros a la hora de la siesta. Me asomo por la ventana
de arriba y veo el jardín de la casa de enfrente. Había un tipo, un nene que no podía
tener más de 10 o 12 años y un blanco de tiro contra el muro. El tipo cargaba la
pistola y el nene disparaba. Entonces pensé en la formación que mis amigos le
impartían a sus chicos: tan hippie, tan de vida natural… Y mi vecino estaba
educando a su hijo para la guerra. Nos daba una paranoia… Pensábamos: Este tipo
debe ser cana, está muy loco. Porque no hacía mucho que había pasado la moda de
los justicieros por mano propia, al estilo del ingeniero Santos. De esa experiencia
salió la frase: Tirar al pato con rayo láser. Cuando llegó Bruno, ya teníamos claro
que queríamos prepararlo para lo peor y ayudarlo a esperar lo mejor. Contarle todo,
para que no fuese paranoico desde chico.
Mientras tanto, Vir salía a ver casas. Esta ya la había visto y desechado, de
hecho. Se imaginaría cortando el pasto ella sola y por eso la había descartado: ¡el
parque era muy grande! Y me llevaba a ver otras casas, que no me convencían.
Un día pasamos por acá, camino a otra parte, y yo le digo: Che, ¿y esta? Me dijo
que ya la había visto y que no servía, porque era inmensa. Insistí y tocamos el
timbre. Nos abrieron los caseros. Cuando vi el parque —la casa me importaba tres
carajos— yo dije: Esta es.
Me emperré y a la mierda. El dueño tenía una fábrica, sus hijos usaban esta casa
como bulo de fin de semana. Por eso nos la tiraban abajo, cada vez que
hablábamos: ¡se ve que no querían que el padre se desprendiese de ella! No vayan
a creer, decían, esta casa tiene sus problemas… Claro: ¡se les acababa la joda,
acá!
Terminamos comprándola igual. Heredamos hasta los perros, de los que nos
hicimos amigos a costa de chuletas.

Al principio seguíamos haciendo vida de ciudad, bien noctámbula: nos
levantábamos a las cinco de la tarde, recibíamos amigos de La Plata y meta pool,
averna y papusa, hasta que empezaban a trinar los pajaritos. ¡Odiábamos a los
pajaritos! Como yo no tenía que dedicarme a tantas cosas como ahora, cortaba el
pasto con el tractor.
Primero refaccionamos un poco la casa. Nosotros somos de pasar mucho tiempo
en la cocina, mañana, tarde y noche: ahí se desayuna, se come, se charla… Pero la
casa original tenía la cocina separada del comedor por un muro, con apenas una
ventanita por la que se pasaban los platos. Tiramos la pared a la mierda e
integramos la cocina al resto de la casa. También cambiamos las cañerías viejas…
¡y al cambiar el recorrido del agua caliente, los constructores me quemaron unos
vinos buenísimos!
Después vino el estudio. Llevó un tiempo hacerlo. Todavía era la época de
Menem, con la paridad dólar-peso en uno a uno. En vez de irme a Paraguay o a
Miami a comprar tres televisores, yo aproveché para comprar máquinas y equipar
el estudio.
Llegó un momento en que le dije a Virginia: Esto es una locura, ¡nos mudamos
acá pero seguimos viviendo de noche! Y decidimos cambiar. En mi caso fue un
cambio más drástico, de un día para el otro. A Virginia le costó un poco más. En
poco tiempo empezamos a despertarnos a las seis, a descubrir un mundo
maravilloso, a amigarnos con los pájaros. En esta zona hay de todo: chimangos,
caranchos, zorzales…
En una época, los benteveos se confundían con el reflejo de la arboleda en los
vidrios y se pegaban cada palo… Recuerdo estar en el baño de arriba, consultando
la biblioteca del Pescadas, cuando me sobresalta un golpazo: ¡PAC! Asomo y veo
al pájaro medio mormoso en el techito de abajo. Se quedó un rato como
preguntándose qué había pasado, yo retorné al sillón de Traful y otra vez: ¡PAC!
Cuando las que se chocaban eran palomas, dejaban una impresión perfecta sobre el
vidrio, como si hubiesen desprendido un polvillo al golpearse: se veía la aureola
del cuerpo entero, la cabeza, el piquito que había quedado de côté…
Venirnos acá resultó una bendición. Tuvimos el ojete de mudarnos cuando
todavía no había autopista y esto valía cuatro veces menos.

¿Creés que estar acá exacerbó tu tendencia al aislamiento?
Yo siento que encontré mi lugar. A partir de entonces, más allá del hecho de que
no salía para evitar el asedio, empecé a no penar porque no salía. Fui y soy muy
feliz acá. A veces pienso que a Vir le gustaría más vivir en un edificio de
departamentos. Claro, ella tiene que salir más para ir de compras, esas cosas.
Cuando Bruno era chiquito, íbamos al cine a la función de las once. A ver pelis
de Pixar, esa clase de cosas. ¡A esa hora no había nadie en la sala! Las únicas que
se acercaban eran las chicas de la pochoclera… Nos regalaban pochoclo en bolsas
de nylon, y terminé entendiendo por qué: a ellas les controlaban lo que vendían
medido en vasos de pochoclo, por eso nos daban bolsas de nylon. Cuando salíamos
estaba siempre más afiebrado, el asunto; la bola se había corrido un poco. Pero
nunca era gran molestia, porque ya nos estábamos yendo. Esa era la época en que
Bruno pescaba al grupo La Mosca por TV y pensaba que el cantante era yo. O me
confundía con El Bahiano. Lo único que decía era: “Mi papá canta”.
Con el tiempo, el hecho de vivir acá contribuyó con el aura del misterio que
presuntamente me rodea. Porque esperábamos a la gente —los invitados que caían
por vez primera— en la Shell y de ahí los guiábamos hasta casa. Pero no era para
confundirlos. ¡No le vendamos los ojos a nadie! Ocurre que esta zona es como
Parque Chas y la gente tiende a perderse en las rotondas. Pero los periodistas
cuentan cada detalle del acceso a casa como si tuviese sentido. ¡Es tan ridículo
como el que tradujo la sanata con la que canto en las maquetas, cuando lo único
que hago es inventar palabras o decir cualquier cosa en algo parecido al inglés!

Hablando de Momo Sampler, dijiste que era un disco “sin tracción a sangre”.
Es que hubo muy poca participación de los músicos, con la salvedad de Skay. Yo
estaba obsesionado con las nuevas posibilidades que me abría la tecnología. Venía
medio embolado con lo que estaba haciendo en el marco de la banda: otra vez
llevar una canción, para que los músicos la acompañen… Acá podía agarrar un
groove y a partir de ahí empezar a construir algo, un edificio nuevo.
Un modus operandi similar al del Peter Gabriel solista.
¿Cómo no estar agradecido al artista que te presenta una puta novedad, que concita
tu interés, que te hace prestar atención otra vez? De otro modo nos limitaríamos a
producir una música cortesana, algo destinado a sonar de fondo como música de
ascensor. A mí me interesan más los David Bowie que los Eric Clapton de esta
vida. Me resbalan los presuntos rockeros que producen música square. Mi
negocio es la vitalidad.
Con la guitarra hacía canciones, nomás. Pero de este modo reinventaba el juego
y me divertía de nuevo. Para mí era más interesante que seguir siendo fiel a un
género, obediente a un bluesman de hace doscientos años que fumaba una pipa de
choclo. Además empezaron a haber buenas librerías de sonidos…
Empecé a meterme en lo que se podría definir como “música de edición”. El
rock de escenarios era más parecido al teatro y la música que me puse a hacer tenía
más que ver con el cine: un horizonte de guitarras y bajos sobre el que iba
sembrando obstáculos de sonido.

¿No tuviste miedo de que los músicos se ofendiesen, de que se sintiesen tratados como sesionistas?
Cuando uno está absorto en su viaje… Es desgraciado eso, porque se puede
confundir con una falta de respeto. Pero si uno está metido en serio, se convence de
que los demás también disfrutan de lo que está pasando.
Es cierto que tocaron menos de lo habitual, y además partes que ya venían muy
predeterminadas. Pero siempre fueron ejecutantes. Nunca compusieron para la
banda. Supongo que a Skay puede haberle molestado trabajar en un sonido que ya
no estuviese centrado en las guitarras, sino en una paleta de sonidos raros

En esa época te dedicaste a samplear sonidos, tomando muestras de los discos más diversos: desde grabaciones etnológicas hasta la música de Charles Manson.
El proceso comienza yendo a buscar el material. Nunca de gente conocida: la
banda de sonido del porno alemán del 70, cosas así. Aislaba el momento en que
sonaba un cencerro solo… Con el tiempo aparecieron librerías de sonidos cada vez
más ricas, donde podías buscar las cuerdas que más te gustasen y armar el arreglo
vos. Cuanto más amplia es la paleta de la que disponés, mejor. Podés mezclar esos
colores ya de arranque, durante la composición misma.
Pero con Edu [Herrera], que llegó a nosotros como asistente de Breuer, no nos
limitábamos a samplear. Una vez que teníamos individualizado ese sonido,
procedíamos a forzarlo, a enrarecerlo, a hacer que sonase más in the face. ¡Con la
tecnología primitiva de que disponíamos entonces, era un trabajo chino!
Llevaba al extremo esas muestras porque mi intención era conservar el sonido
crítico del rock. Yo no busco sonidos chill out, sino todo lo contrario: los paso por
pedales de guitarra, de efectos, para que sean agresivos.
Esos samplers funcionaban como disparadores de ideas. Pero eso no significaba
que lo que yo hiciese a partir de ellas iba a ser música electrónica. Ese género es
más fractal, trabaja sobre variaciones muy sutiles, va en una cierta dirección sin
estar interesado en llegar a ningún lado. Y a mí me gusta la estructura de la
canción, porque me gusta escribir. Pero eso no significa que tenga que limitarme a
componer una melodía para que termine acompañada por una banda.

¿Es verdad que nunca los extrañaste?
No los extrañaba desde hacía ya mucho. Es algo que no puedo manejar. No es que
yo decido ser inflexible: me pasa. Por eso perdí el vínculo emotivo. Lo único que
hoy puedo decir de Skay es que es un gran guitarrista. El mejor que hay acá, que
además tiene presencia escénica. ¿Por qué habría de negarle sus méritos?
Los últimos años nos veíamos mucho menos, casi siempre nos encontrábamos
por motivos de trabajo. Ni siquiera componíamos juntos, desde que aparecieron las
máquinas y empezamos a tener cómo hacer maquetas sin necesidad de tararearle la
melodía al otro.
Más allá de eso, éramos muy diferentes en términos de personalidad. Nunca
tuvimos un comportamiento simbiótico, de manada. Cuando viajábamos, por
ejemplo, yo me levantaba temprano y salía con Breuer y ellos se quedaban en el
hotel hasta el mediodía. Nuestros hábitos de vida no podían ser más diversos. Yo
me despierto y soy un cohete, quiero que pase algo con la vida ya mismo. En eso
me pesa la tradición culpógena, más cristiana que judeo en mi caso: creo que
siempre me estoy perdiendo algo y por eso tengo que salir a su encuentro, por más
que físicamente no me mueva de acá. Por eso, todas las mañanas bien temprano me
zampo una medialuna con café con leche y arranco para el estudio: donde me
siento bien, donde hago las cosas que amo hacer.
La amistad se da en el plano cotidiano, cuando hay planes en común. Los viejos
amigos, cuando esos planes ya no existen, pasan a una especie de limbo. ¡Limbo
rock! (Ríe.)

Lo que resulta evidente es que el tema de los videos fue la chispa que hizo estallar un polvorín que ya existía. Si repasás las letras de los últimos discos, hay señales de un cierto malestar.
Parece que yo lo anticipo en algunos versos, es verdad: eso de un par de culos va a
patear… Pero conscientemente yo no hilaba tan fino. No sé si quería ir dejando
esas heces, esas bostitas, a lo largo del camino. Era muy cómodo el proyecto, se
trabajaba sobre la materia original que yo llevaba, ganábamos dinero… ¡No estuve
muy a favor de que se desarmara! Por eso, lo que pude haber dicho a través de las
letras no lo expresé en términos de mi lucidez al respecto, sino poéticos. La poesía
pasa a través de uno, cuando te atraviesa y te conquista no sos consciente de todo
el valor que tiene, de lo que expresa en sus dimensiones más profundas de sentido.
Lo que no me quedaba otra que asumir era que ellos venían arrastrando, y
callando, una desconfianza respecto de mí. Tiempo después el flaco escribió una
canción a la que ¿casualmente? suele cambiarle la letra en vivo: Guita, quiero
mucha guita, decía el señor de la pelada… Yo no le dediqué ninguna canción. A
Enrique Symns, sí. Enrique es una de las mejores cosas que me encontré, aun con
sus canalladas.

¿De qué podían desconfiar?
Imagino que desconfiarían de lo que terminaron confesando públicamente años
después: de que yo quisiese “quedarme” con la banda. ¿Cómo te quedás con una
banda? ¿Vas y decís: A partir de ahora mando yo? En ese caso, ¿por encima de
quién empezaría a mandar? ¿Con qué me quería quedar, si ya hacía todo lo que
quería?
Nuestros caminos se habían vuelto divergentes en lo humano, desde hacía algún
tiempo. Creo que todo empezó antes, cuando me mudé lejos de la Capital. Ya no
era lo mismo irse de un boliche en Estados Unidos y no sé dónde, barrio de San
Telmo, hasta Ramos Mejía, que venirse de ahí a Leloir en un tiempo en el que
todavía no había autopistas.
Por otra parte, siempre habían renegado por lo bajo de todas mis parejas. Skay
no tanto pero Poli sí, se las arreglaba para encontrar algo que decir —en un tono
irónico, claro— de mis parejas del momento. Quizás con otras mujeres no me
molestó tanto, pero cuando se metió con la Flaca… Eso ya no me tiró bola.
El hecho de que me convirtiese en padre también puede haber influido.
Recién me cayó la ficha de lo que significaba el asunto cuando Bruno estuvo
acá, entre nosotros. Me di cuenta de que, al irme de joda o viajar por las mías,
incurría en una especie de abandono, dejando acá solos a Virginia y al nene.
Y ellos empezaron a hacer chistes raros: Eh, qué pasa, ¿no te dejan salir?
¿Tenés que quedarte en casa a cuidar del bebé? Como si, en esa circunstancia, mi
paternidad le robase tiempo al proyecto común. Y no me robaba nada al respecto.
Lo que sí me robaba era el tiempo para ir de caravana, para estar a mano de los
dealers. Nada de eso me interesaba, ya. La bohemia que me había gustado no
existía más, lo que quedaba era puro chusmerío. En cambio lo tenía a Bruno, que
empezó a comprarme con esa inocencia tan, tan grande…
Hasta entonces habíamos formado parte de una especie de terceto funcional, con
el resto del mundo en un segundo plano. Skay me decía siempre: Hermanito,
hermanito, aunque no podíamos ser más diferentes. La pileta a la que Skay se tiró
toda la vida tenía agua hasta arriba, en cambio yo me tiraba a las piletas para ver si
había agua.
Creo que ellos alentaban una relación más simbiótica, pero yo no soy de tener
esa clase de vínculos. Y entonces me fui a vivir lejos. Y después llegó Bruno,
subrayando aún más la seriedad de mi pareja; de algún modo, la paternidad
demostraba que mi relación con Virginia no era circunstancial.

INDIO SOLARI: MEMORIAS EN CONVERSACIONES CON MARCELO FIGUERAS. (SUDAMERICANA 2019).

AGRADECIMIENTOS: Fernanda Mainelli, Penguin Random House Grupo Editorial.