Nos dirigimos a Kingston desde Miami, Jamaica nos recibe en el aeropuerto con un control bastante inquietante de cuatro pasos incluso armados, nosotros con pasaporte chileno y francés y un chihuahua escondido en la cartera.

Al lograr salir de migraciones, alquilamos un coche, y nos recibe con un paquete interesante de hierba y rolling papers, todo coordinado por Bigz Marley, hijo de Ziggy y uno de los tantos nietos de Bob.

Nos lleva directo a conocer el museo de Bob Marley, que aunque estaba cerrado nos permitieron entrar. Nos encontramos con la hija de Bob que desde un Jeep Mercedes en la entrada nos saluda y dice «respect», algo muy típico de Jamaica.

Luego nos fuimos a Montego Bay a buscar nuestra casa, en medio del paraíso comenzamos el recorrido. Te sorprende los tramos de absoluta pobreza y la felicidad de la gente de aquí, es todo muy roots, fresco y salvaje.

La arquitectura de la ciudad va de la sensación de relax directamente a la certeza de un abandono, se nota el efecto de una economía detenida y un moneda local devaluada.

Pero los jamaiquinos siempre lucen contentos, vendiendo snappers, el pescado local, artesanías o simplemente collares hechos con restos madera.

La gastronomía es espectacular el jerk de pollo, es lo más local, es cocinado con un sazón de tomate salteado, cebolla, y algo de picante, porotos que son la base de la cocina jamaiquina y el arroz con coco.

Poder estar en un país como este desde un punto de vista local es explorar y sentir que perteneces a esta tierra y cultura, respetar y sentirse en casa.