El psicoanalista argentino Jorge Alemán reflexiona sobre el momento extraordinario que estamos viviendo donde reina la incertidumbre, y que pareciera que han tapiado todas las salidas. «Ya no se sabe si esto es el apocalipsis», en una entrevista que concedió al sitio Página 12, «si va en pequeñas dosis o en algún momento habrá algún punto de detención. Es todo muy incierto. En cualquier momento puede aparecer una cepa nueva, las vacunas tienen un tiempo limitado de efectividad. Tiene que haber un simulacro de orden porque si no, inevitablemente, se va a producir el efecto Joker, en cualquier momento. No sería de extrañar. La gente tiene que creer en la vacuna. Hoy en día el dios, el tótem instalado es la vacuna. Si eso no funciona, chau».

El Joker al que se refiere Alemán, apunta al antagonista de Batman que creció y vivió en la desigual y corrupta ciudad de Gotham, que refleja la realidad de muchas sociedades de hoy que tienen altos índices de desigualdad y exclusión social. Gotham City es una sociedad que privilegia a algunos grupos y excluye a otros, ya sea por el color de su piel, su estado de salud mental, su sexo, identidad de género, etnia o situación económica. En las instituciones de una sociedad, la desigualdad cultiva silenciosamente frustraciones, desacuerdos, resentimientos e ira entre una mayoría silenciosa que, para liberarse del agujero oscuro de la invisibilidad y la falta de oportunidades para la construcción de la propia libertad, se desata en un Joker y otros posibles imitadores que lo seguirían.

Continúa Alemán, quien habla de una explosión y de algo que dejó de existir. «Sería un estallido general sin que eso tenga una articulación política ni ningún sujeto histórico ni apunte a ningún proceso de nada; simplemente una explosión. El cruce del capitalismo y la pandemia presenta incompatibilidades estructurales. El orden capitalista no es precisamente el más adecuado para establecer reglas de juego en una pandemia. ¿Cómo combinar, en definitiva, las exigencias del mercado con las sanitarias? A cada rato hay cortocircuitos. Si se cerraran durante dos meses las cosas seguro que habría un alivio, pero están con que quieren salvar la semana santa, el verano; todas las tensiones que la prensa denomina economía-salud, pero que en realidad tienen que ver con que esta pandemia se está desarrollando bajo unas condiciones donde las experiencias colectivas hace mucho que dejaron de existir. Ahora hay que generarlas casi apelando a la responsabilidad individual y colectiva, categorías bastante endebles por otro lado».

Para el psicoanalista que vive en Madrid pero que actualmente se encuentra en Buenos Aires, el capitalismo se caracteriza por no poder detenerse, por ese tantas veces fatal dont stop. «Este es un sistema que por definición intenta todo el tiempo satisfacer las pulsiones, incluso a costa de matar el deseo. Satisfacer las pulsiones es volver a todo el mundo una especie de consumidor consumido. De hecho en la pandemia las pulsiones estuvieron felices. Todo el mundo tomó ansiolíticos, videojuegos, alcohol. Es el deseo el que ha quedado tocado, porque evidentemente no hay vida en los lazos sociales».