Por Valeria Devicenti (*) 

“¡Linda Regia! Tus venas son

fermentos de mi noser antiguo

y del champaña negro de mi vivir.”

CÉSAR VALLEJO

A pesar de las respuestas recogidas incesantemente por los medios de comunicación masivos, y guardadas mimosamente por éstos, para repetirlas hasta el cansancio, creo que hemos tomado debida nota de los libros recibidos, los mails infinitos, los grupos y los chats ecológicos, los memes, los Zoom y los carteles simpáticos y con advertencias, las publicidades que incitan al miedo y las pinceladas nada objetivas de los médicos y los virólogos infatigables.

Nada queda de la correspondencia singular de quienes escribíamos cartas y contestábamos correos sobre amables indicaciones, preguntas consuetudinarias, expresiones de una voluntad que ya no existe.

Los escritores contestaban cartas… Escribían cordialmente, y con ese vocablo también cerraban sus textos. Eran saludos afectuosos de otra época.

Si ha de haber un protagonista… ¿ será el joven?

En la escritura de nuestros niños y jóvenes ya no hay fabricantes de espadas, reyes y maestros de la metalurgia, artífices de armas y buscadores de tesoros. Las nuevas leyendas no poseen armas maravillosas unidas a un escenario deslumbrante y general. Nada de prodigios o gigantes que encandilaban al Quijote o al pueblo celta. Hay vacunas, barbijos, hermanos con Covid, deseos inferiores de teclas y como mucho, algún viaje al mar.

Lo que ahora encandila a los jóvenes no son inventos sino que eso los aleja. El joven consume lo que está ahí. Lo que ya ha sido masticado. Lo que se ha mencionado en un tuit y ningún mundo subterráneo. Mucho menos las “ban-shee”, que significa “hada” en la mitología irlandesa.

Nuestros jóvenes son discípulos aventajados de una cuarentena eterna. Aprecian el humor de un meme sobre cualquier otra virtud. No tienen entendido a ningún maestro, no siguen más que a apócrifos repetidores que los llenan de felicidad. Hedonistas de una actitud sanitaria triunfal que justamente los aleja –en trance- de los moribundos, que sólo son números en la tele. Pero por cierto, ya no miran televisión.

La palabra e-mail apareció, tengo entendido, por primera vez en el Finnegans Wake. Joyce tuvo esa alucinación feliz –que nunca tuvo el Quijote- e imaginó lo que sería Internet, y su hipnótica pantalla.

La vanidad, la otra gran apuesta de esta cuarentena global, consiste en hablar de sí mismo, regodearse de ese modo, y también gritar el vocablo EMPATIA que es la nueva regla de oro de la salud de una buena “literatura”, más cercana a las cuevas del mito y de la autoayuda que de los libros de amplia circulación, la recomendación y la crítica.

Vivimos otro disfrute, de otro volumen, otro espesor, un disfrute propio de otros engaños, triquiñuelas pero sin hadas, versiones de una caballería que ya todos conocemos y que seguimos consumiendo con melancólica languidez. Sin parodia mordaz, sólo una isla agreste, en la que cada uno se refugia, desde su cama, desde su notebook, para relatar sin declaraciones ni buenos deseos, la asunción de algún gris presidente, la terrible distancia de una vacuna que no significa mucho todavía, esa misma vanidad para mostrar los interiores de un mundo que desfallece de cocinas, gatos o pantallas.

¿Los nuevos villanos? Los clichés de un eficacísimo cientificismo alucinado.

“El don de la Intemperie o las formas débiles del encierro”

Si algo conviene hoy en día es dejar a un lado el registro narrativo realista, los escritos de lucidez, y refugiarnos en la aislada y asilada plenitud de textos poéticos que hablan y se dicen en voz baja. Esquivamos las grandes palabras porque tampoco podemos decirlas en voz alta. Y no podemos salir por allí a proferirlas sin barbijo.

Las grandes manifestaciones enunciativas se reemplazan por vocalizar la vida mínima y cotidiana, la materia “enorme” de hacer masa madre, como si un gorrión fuera águila, o si fabricar velas caseras fuera el cuerpo sin vida de un encierro que nos quema las manos de tanto no hacer, y pudiendo querer, queriendo…

La única certeza que tenemos: proseguir “en el cuidado”, una tarea que aconsejan todos, que han emprendido otros, y la continuamos casi a ciegas, sin demasiada convicción ni esfuerzo, con ese tono callado que dicta el mirar hacia atrás, recordar a algún viejo amigo, o prender el televisor frágilmente, sólo para sentir algún quebranto o para ver las estrellas que parece que nos han sido vedadas por ahora.

¿Cómo resolvemos el milagro del mundo, si no podemos salir a él? Hasta que no recuperemos la voz, la alta voz, esa que se revela por completo, con el grito, la dicha y el consuelo, volvemos al secreto, a la intimidad silenciosa, al sigilo, como estos días y estas páginas que a veces pasan totalmente en blanco.

No somos más que una figura degradada de poeta que pervive de volverse, algún día, a sabiendas, OLVIDO PURO.

La merma de palabras atenta contra lo que el poeta sabe ver. La caligrafía desaparece y con ella la caligrafía del milagro, la huella significante de la presencia, la completud, por ejemplo, de la lágrima humana. Como afirmaban los poetas españoles, el rocío inaugura todo buen poema.

Atendemos al detalle del pan, del café, de las conexiones virtuales con una levedad pasmosa. Crecidos y traspasados de experiencia nula, llevamos meses interminables sin praxis, y sin un cuadro alguno que nos acerquen al aletear del aura.

De un mal sueño al otro, de un insomnio al otro, de una pastilla a otra, recorremos las lecturas de primavera, de invierno, de verano, un mismo encierro que a veces parece otro, y ya no sabemos si estamos en el inicio o en el tramo final… o en qué pico azul de la desesperanza, llorando entre las sombras cruzadas de Netflix. ¿Es la noche anterior? ¿Es sombra nada más? Estamos como aquellos niños que jugaban a pisarse la sombra y ahora se han hecho más sombra que materia.

Detrás de la incipiente sonrisa, está el insomnio. Por delante de ella, el barbijo.

¿Cómo podremos en los meses venideros agradecer por tanta intemperie? ¿Cómo llamaremos don sagrado a esta sobrevida? Misterios y túneles que restan por desandar.

 

(*) Lic. en Letras UBA. Poeta. Traductora. Docente.

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