Muy difícil dedicarle la mayor parte de tu carrera a algo que termina siendo un fraude. Eso le ocurre a Ann Freedman, una respetada marchante de arte neoyorquina, protagonista central de Made You Look: A True Story About Fake Art. El documental que se puede ver en Netflix y funciona como una radiografía del mayor caso de arte falsificado de la historia de Estados Unidos.

Un gallego pícaro, un chino con talento para imitar a los grandes maestros del arte contemporáneo y una mujer de habla hispana que le lleva a Freedman una pintura de Mark Rothko, realizan una estafa de casi tres décadas y más de 80 millones de dólares. El gran logro del film es dejar en evidencia lo frágil que puede resultar el mundo del arte a la hora de certificar originales.

Una de las pinturas de Mark Rothko falsificadas.

En el exclusivo circuito de coleccionistas y especialistas en expresionismo abstracto, prácticamente nadie se percata que las obras que aparecen en la galería Knoedler son falsas, con una procedencia que va mutando según el cliente, pero que mantiene siempre una misma raíz: el dueño original, que quiere permanecer en el anonimato, las heredó de su padre, que a su vez se las compró a marchantes ya muertos y esas piezas quedaron ocultas en una bodega de México. El cuento del tío continua con obras de Jackson Pollock, Lee Krasner, Willem de Kooning, Barnett Newman, Clyfford Still, Sam Francis y Robert Motherwell. La moraleja es que prácticamente todo lo que ocurre en el mundo físico puede ser falsificado. De hecho, hacia el final del film, uno de los cerebros de la estafa intenta venderle al director del documental una armónica que supuestamente fue de Bob Dylan.

Todo este embrollo, conecta de manera directa con el boom de los NFT (siglas en inglés de Non-Fungible-Tokens). Un nuevo fenómeno que utiliza la tecnología Blockchain para aumentar la confianza, la trazabilidad y la seguridad en la comercialización de todo tipo de archivos digitales. Esto abre un nuevo mundo para activos de cryptoarte, pero un NFT también puede ser una canción, un poema, un meme, una ilustración, una foto, un tweet, o cualquier cosa que, por la razón que sea, se considere de valor. De hecho, una colección de tapas emblemáticas de REGIA MAG ya se encuentra disponible en Opensea.io, la mayor plataforma de comercialización de bienes digitales del mundo. Y se ofrecen al mejor postor.

Esto es el futuro. Y es ahora. The First 5.000 Days, una obra NFT del artista digital Beeple, acaba de venderse en 69 millones de dólares en la legendaria casa de subastas Christie’s. Hace solo dos semanas abrió Superchief Gallery, la primera galería física del mundo en dedicarse a la exposición de obras en NFT. El columnista tecnológico del diario The New York Times Kevin Roose vendió su columna (en la que trata este fenómeno) a 563.400 dólares. O su equivalente de 350 unidades de Ethereum.

The First 5.000 Days, por Beeple.

El peso del Mundo es una obra digital del dibujante argentino José Delbo. Una pequeña animación de la Mujer Maravilla sosteniendo el planeta tierra se vendió en 148,88 Etherium (ETH), casi 300 mil dólares. En la descripción de la subasta se explica: “Estás comprando todos los derechos no comerciales de esta creación”. Lógicamente, en DC Comics no están del todo contentos con la movida y ahora evalúan meterse oficialmente en el mercado NFT.

Esta nueva tecnología también inaugura una zona bastante gris en lo que refiere a derechos de autor. Con algo de esa problemática resuelta, la NBA lanzó Top Shots, videos coleccionables de jugadas memorables. Increíblemente, alguien pagó 200 mil dólares para ser el propietario de un video de LeBron James, y es el mismo video que todos podemos ver gratis en YouTube. La obra de Bansky también llegó a este universo, cuando la empresa Injective Protocol adquirió el original de una obra suya para prenderla fuego y convertirla en un NFT.

Entre esas llamas, cabe preguntarse si este nuevo capitulo en la evolución del tecnocapitalismo no llega a su punto de paroxismo impulsado por criptomillonarios que ya no saben ni que coleccionar ni que hacer con su dinero, sea digital o físico. Algo así como un nuevo tipo de obscenidad y ostentación 2.0 que funciona en ambos mundos.

“Todo esto es parte de una revolución que tiene que ver con la tecnología. Pero también es parte de una burbuja monstruosa que acompaña la concentración de la riqueza. Que se paguen millones de dólares por un conjunto de pixels suena un poco raro, sobre todo cuando en el arte digital las copias son todas exactamente iguales y hay otro sentido de la escasez”, explica el economista y docente de la UNLP Juan Valerdi (@juanvalerdieco), quien además fue asesor del Baco Central (BCRA), la UIF y la AFIP, todos organismos claves a la hora de regular todo tipo de transacciones.

Y agrega: “Los fondos que se van a mover en este mercado tienen que ver con las burbujas de las criptomonedas. Es como alguien que dice haber vendido su perro a un millón de dólares, porque le pagaron con dos gatos de 500 mil. Lo que resulta importante de esta tecnología es la posibilidad de certificar la autenticidad de productos y no solo arte”, afirma. Sobre el futuro de los NFT, el especialista considera que “su existencia está asegurada, pero su valor va de la mano de las criptomonedas. Lo que no hay duda es que el NFT vino para crear escasez artificial en un mercado que no debería tenerlo”.

Muchos comparan el surgimiento de esta forma de coleccionar con el arte callejero, que pasó en solo unas décadas de ser una práctica ilegal a una corriente mayor. Es cierto que se trata de una herramienta capaz de promover una industria creativa más justa, pero aún hay mucha incertidumbre respecto a su regulación y muchos más interrogantes respecto a su utilidad. Cuando pase esta oleada de ventas millonarias de tuits, memes, cryptopunks y cryptogatitos, sabremos si estamos ante una verdadera revolución o una gran bocanada de humo digital. Mientras tanto, la respuesta estará soplando en el viento. O en el aire que sale de una armónica que difícilmente haya sido de Dylan. O quizás sí lo fue.