Cuando se haga el musical de Diego, va a empezar con un chico sobre el escenario haciendo jueguito con la pelota en un potrero olvidado del conurbano. Se escucharán acordes llenos de nostalgia y caerán lágrimas evocando el origen humilde del pibe que vino del barro y se convirtió en oro a través de una alquimia que solo él pudo conjurar.

El quinto de ocho hermanos, Diego fue el primer varón de la familia. Nacido el 30 de Octubre de 1960, desde pequeño supo que en el fútbol estaba su oportunidad para salir de Villa Fiorito. «Yo nací en un barrio privado de Buenos Aires…privado de luz, de agua, de teléfono» diría con un dejo de humor. «Mi sueño siempre fue poder comprarle la casa a mis viejos», lo que logró bastate pronto. También adquirió un departamento, acaso su domicilio mas conocido, en Segurola y La Habana, Villa Devoto, donde Diego una vez llegó a citar públicamente a un jugador rival para pelearse. Cuando Argentinos Juniors lo ficha, aun adolescente, le alquila una casita en La Paternal, cerca de la cancha, donde se muda el clan completo. «Desde los 15 años, Diego siempre apoyó a la familia, una carga muy grande», diría Ana María, la mayor. Sus hermanas y hermanos fueron la conexión que tenía con el mundo real. Todos cultivaron un perfil bajo, sin estridencias, que contrastaba radicalmente con las locuras del joven prodigio.

Pelusa, el Pibe de Oro, El Diez…varios son los apodos con los que se lo recuerda. Da la casualidad que Diego, Diez y Dios son palabras que tienen letras y cierta fonética en común, hecho que lleva a combinar sus significados en una sola persona (D10S). Con su don hizo felices a millones, atravesando con el balón culturas, razas, religiones. Su aliento incondicional ayudó a amigos y desconocidos a superar lesiones, derrotas, dificultades. «Una palabra tuya bastará para sanarme«. Su muerte física dio inicio a una catarata de testimonios donde la palabra «Maradona» salvó gente que de pronto se encontraba de situaciones complicadas. ¿Diego milagroso? Del Lejano Oriente a las selvas de Centroamérica, del Polo Norte al Polo Sur, atravesando desiertos, mares y guerras, Diego siempre estaba ahí para extender su mano y convertir el gol que necesitábamos. «Dios está en todas partes«.

Cuando fue a Italia, en 1984, el equipo que lo recibió era de una ciudad pobre, discriminada, herida en su orgullo. Diego entendió bien lo que eso significaba, se identificó con la bronca napolitana y puso manos a la obra para concretar la victoria del David contra Goliat, del sur olvidado contra la opulencia del norte. Al cabo de tres temporadas, levanta la primera de varias copas, embriagando al Napoli de gloria y recibiendo de su hinchada una aureola que lo elevó a la categoría de Santo Patrono. Al enarbolar la bandera del mas débil, Diego se erige en ese revolucionario romántico que las masas adoran y anhelan ver triunfar. Asi, sin darnos cuenta, Argentina sumaba hinchas de pueblos sufridos, que veían en Diego su propia lucha contra el poder opresor. «Hasta la victoria siempre«.

Dueño de una verborragia punzante y espontánea, existe solo otro campeón digno de ocupar ese mismo pedestal, un coloso que surgió de abajo y fue estigmatizado por su color de piel: el gran Mohamed Alí. A Alí también le cortaron las piernas cuando se negó a ir a Vietnam: «¿Cómo podría disparale yo a gente pobre? Mejor envíenme a la cárcel». Le quitaron el título en la cúspide de su carrera y no pudo reconquistarlo sino hasta siete años después. Cuando la selección argentina pierde por goleada contra Alemania en el Mundial 2010, Maradona DT admite sin excusas: «Esto es una trompada de Mohamed Alí«. Con esas palabras, él mismo se coloca junto al único deportista de dimensión mitológica que trascendió su profesión, quien usó su voz para denunciar el racismo y la injusticia en su país. Alí cambió su nombre y religión, fue un rebelde que molestó al status quo, como Diego.

Muchos recuerdan a Alí como el primer rapero, que tiraba la posta en forma de freestyle cuando le ponían un micrófono cerca. Diego continuó esa línea, acuñando frases letales, llenas de verdad y acidez. Si hay algo que se puede decir de ambos, es que tanto Alí como Diego tenían calle y por lo tanto conocían bien el lenguaje del pueblo. La diferencia es que la rebeldía de Diego excedió las fronteras de su patria, ya que el fútbol es el deporte mas popular del planeta. Sus jugadas y opiniones en contra del establishment futbolístico, político y económico llegaron a pueblos de todas las razas directamente a través de la televisión. Diego sembró inspiración y hoy cosecha lágrimas.

 

A lo largo del tiempo, el rock ha manifestado el descontento social a través de sus letras. Sin dudas, el Diego es rock. Cuando enfrentamos a Inglaterra en 1986, les recordó a los inventores del fútbol que el punk es una actitud, un alfiler de gancho en la nariz de la Reina, un puñetazo a las reglas establecidas y una revancha simbólica contra el colonialismo imperial. «La mano de Dios» se convirtió en la frase que describe el pecado original de un Adán que zafó que lo expulsen del paraíso con la manzana aún en la boca. Es Hendrix prendiendo fuego su guitarra, el sacrificio máximo del objeto amado. Una contradicción divina.

Minutos después de consumado el insulto, Diego se emprolija la cresta, se pone un frac, toma la batuta y emprende una heroica carrera donde exhibe el mayor virtuosismo jamás visto en un campo de fútbol, llevando su obra al otro extremo del espectro sonoro. Del punk a la sinfonía, Diego resume la historia de la música en un solo partido, convirtiendo sus dos goles mas famosos en un templo Azteca, allí donde dejó de ser humano para convertirse en dios pagano. Y tal como Ulises tiene su Homero, Diego tuvo a Víctor Hugo, el relator de la hazaña, quien lo definió de la manera mas poética: barrilete cósmico.

Después de ganar la copa, el reloj se acelera y la fiesta se traslada fuera del césped, a las pistas de la noche. Sexo, droga y rockanroll. Diego fue el primer y mas grande rockstar del mundo del deporte: tapado de piel blanco, Ferrari negra, arito de diamante, disparos (reales) a la prensa, suspensión por uso de cocaína, conexiones con la mafia, beso en la boca con compañeros de equipo, romances ocultos, hijos extramatrimoniales… el prontuario sigue. Diego fue la epítome del exceso: de talento, de peso, de sustancias, de amor… Su corazón explotó.

«Bailaba todos los ritmos», cuenta una Claudia enamorada al describir el hechizo que la hizo caer en brazos del 10. Aquellos que frecuentaron boliches de Buenos Aires, Barcelona, Napoli y Sevilla en los 80s y 90s han sabido cruzarse al Diego de tanto en tanto. Una frase típica de la época era «Esta es de la que toma el Diego», confirmando así la calidad de la sustancia que lo tenía acorralado. Cumbia, rock, cuarteto, tecno, tango, chacarera y chamamé, Diego bailaba todo a flor de piel. Admiraba a Valeria Lynch, de quien tenía un póster junto a su cama en la concentración de México ’86. También había una foto de Claudia, una imagen de la Virgencita y un poster de una conejita de Playboy. Con esas mujeres Diego se iba a dormir antes de sus gestas mas memorables.

Varios artistas le dedicaron canciones: Manu Chao, Los Piojos, Calamaro, Los Ratones Paranoicos, Charly García, Las Pastillas del Abuelo, Los Cafres, El Dante, Rodrigo… Todas las hinchadas argentinas comulgaron en un solo canto que es un mantra eterno, pero fue la del Napoli la que acuñó la canzonetta mas pasional «Oh Mamma, mamma, mamma ¿sai perché mi batte il corazón? Ho visto Maradona, ho visto Maradona, inamorato sono!» Mas allá de las alabanzas, había una composición que ponía al Diego en modo batalla: el Himno Nacional. Cuando una silbatina intentó acallarlo antes de la final del Mundial ’90 en Roma, no dudó en expresar claramente lo que pensaba de tamaña insolencia. Perdimos… y sus lágrimas con la frente en alto quedaron grabadas en niños que hasta hoy siguen soñando con otra copa.

En fin, Diego hizo que el mundo se enamorara de él y -por extensión- que se enamorara de Argentina. Maradona, un sello indeleble en nuestra identidad, la palabra mágica que abre puertas y corazones donde ningún pasaporte puede. Gracias, 10 veces gracias.