Comed y bebed todos de él. Huevos estrellados, tortilla de patatas, salmorejo, cañas y más cañas, tinto de verano… Madrid ha despertado en mi el placer más taurino. Hace más de 300 días y 300 noches (Sabina off!) que me encuentro en esta ciudad. Quiero saber qué es lo que le sigue a estar enamorado.

Desde que llegué a Madrid un día del agosto pasado, vivo rendido frente a sus edificios bajos, atontado ante sus sabores y sus mercados, acaramelado por la amabilidad de las personas y embriagado por sus fiestas, una tras otra.

Reconozco que la suerte estuvo de mi lado. Al apenas llegar el verano pasado, un desconocido me recibió en su casa sin pedirme nada a cambio. Dejé mi maleta en uno de los cuartos y al entrar al salón me encontré rodeado del amor de la gente. Eso fue todo lo contrario al sentirme solo y mucho más que sentirme acompañado. Una especie de tribu variopinta de españoles e inmigrantes dándome un recibimiento amoroso y espontáneo. Nos recuerdo asomados en los balcones de ese tercer piso de la calle Toledo observando la procesión de la virgen de la Paloma. Apuramos las cervezas y salimos a celebrar en la calle. Agosto es época de fiestas, aunque ya he vivido todos los meses del año en Madrid y no se decir cuándo sucede lo contrario.

Se celebra todo y los rituales son extraños. El día de la Paloma vi a un bombero descolgar el cuadro de la virgen con lágrimas en los ojos. Comentaba lo emocionado que se sentía por ser el elegido y hablaba de la gran responsabilidad que eso significaba. Yo no entendía nada bien del todo y lo cierto es que rápidamente ese ritual probablemente significativo se disolvió entre la euforia de la multitud que bebía y celebraba; hombres de todas las edades vestidos de chulapos, mujeres con mantillas, balcones adornados, banderines, luces de colores, guirnaldas.

En Madrid la gente es directa, posiblemente el modo zigzagueante de los porteños se sienta un poco amenazado. En líneas generales los madrileños creen que somos zalameros, chamuyeros. A mi me hace bien el modo de ser de aquí, me cura de tanto psicoanálisis, entredicho y subtexto. Tardé un poco en comprender que tienen un uso más rudo del lenguaje, hay menos “por favores”, “permisos” y “gracias” aunque son realmente cordiales y agradecidos en la práctica. Entonces descubrí que prefiero esa economía de palabras a recibir tantos gracias junto a puñales por la espalda.

La oferta de lugares para conocer y visitar en Madrid es enorme. Como sucede en casi todas las ciudades y sobre todo en las capitales, lo más interesante es lo menos promocionado, a veces lo que está en la periferia. Digo que sí, es hermosa Plaza Mayor pero no es una buena opción para sentarse y comer una paella. Aún me parte el corazón ver a los turistas, sonriendo frente al arroz seco, sobre todo cuando son orientales.

La Puerta del Sol no tiene ningún encanto y les confieso que me agobian los domingos en el Rastro. Tampoco son el Prado y el Reina Sofía mis museos favoritos. Prefiero ampliamente el Museo Arqueológico Nacional, es una maravilla que uno se pierde si es turista y no es curioso. Parte de la obra del Museo Thyssen también es fantástica. Para los amantes de la cultura underground, suelen haber buenas exposiciones en La Tabacalera, en el barrio de Lavapiés. Lo mismo dicen de El Matadero, aunque honestamente siempre que fui de manera aleatoria, no he visto nada interesante. De ser así siempre existe la opción de hacer unos metros y llegar al río para tomarse unas cervezas, o si la desilusión es grande, tirarse.

Un punto turístico que sí merece la pena es El Mercado de San Miguel, es cierto que no es barato y está lleno de turistas pero yo lo encuentro de todos modos muy atractivo. Si todo el mundo habla de las tapas en España, aquellas se comen con los ojos y quien esté escaso de dinero al menos podrá saborear una y de paso beber sangría de grifo, recomendado.

Madrid tiene sus espacios verdes. Siempre dependenderá de los barrios pero de por sí es accesible llegar a Casa de Campo. Se trata de un predio enorme que le hace honor a su nombre, trasladándote poco podés sentirte afuera de la ciudad, es ideal para desconectar. A otra escala, me inspira el parque de El Retiro, siempre que puedo voy a escribir. El parque de El Retiro además me salva cuando debo acompañar de una manera más o menos obligada a algún amigo de turisteo que quiere conocer El Prado. Como queda al lado, antes o después voy al Retiro a digerir tanto Goya, Greco y Velázquez; el Prado me atormenta, me resulta pesado.

Quienes disfruten del cine, mi recomendado es el Cine Doré, imperdible para amantes de curiosidades y clásicos. Mi plan favorito en invierno es ir al cine Doré con chocolates y ver una película clásica, por ejemplo de Berlanga. Las entradas están a un precio popular y el edificio fue fundado hace cien años, son muchos teniendo en cuenta que el cine es un arte nuevo.

Y cerrando esta especie de diario de viaje, mi recomendado madrileño y del mundo mundial: El Toni 2. Se trata de un piano bar emblemático, ya no puedo contar las veces que fui ahí y aunque las escenas se repiten, siempre me renueva y nunca dejo de sorprenderme. Antes lo cité a Berlanga, el Toni 2 es una mezcla de una de sus películas con otra de David Lynch. Un sin sentido alucinante. Por algún motivo, la diversidad de la gente conforma un extraño equilibrio, gente joven y vieja, vestidos casuales o de etiqueta. Todos alrededor de un piano enorme esperando turno para cantar. A veces sucede que todos están con más ganas de beber gin tonic que de cantar, entonces “los estables” del Toni se encargan del repertorio. Yo nunca me voy hasta que el más veterano canta la que más me gusta, “Mi gran noche” de Raphael: “Olvidaré la tristeza y el mal y las penas del mundo. Y escucharé los violines cantar en las noches sin rumbo”.

 

Txt & Ph: @matiasmarmorato

Ph portada: @fabianbojko

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