Por Guillermo Collini – Julián Doyle

Esta conversación tuvo lugar en la ciudad de Buenos Aires, en el patio de la sala de ensayo poco después de que Sergio Rotman y Mimi Maura terminaran de tocar para su próximo show juntos. La intimidad de un viaje al caribe que derivó en un tesoro en común que ya lleva 24 años.

Primera parte.

 

Sergio: Nosotros somos la generación que no envejeció. La generación de quiebre con nuestros padres. Tengo 55, vimos los dos mundos. El análogo cuando tenías que hacer todo análogo, hasta relacionarte. Pero también conocí este mundo. Nuestros padres no. Mis viejos no sabían ni mandar un mail.

La tecnología atravesó fuerte la música y la forma de consumirla.

Sí y no, si vos me decías cuando tenía 20 años que podía tener una máquina y tener todos los discos de Jethro Tull o Bella Barton hubiera dicho “genial”. Lo que pasa que nadie escucha nada.

Se volvió todo muy fast food.

Claro, la música se convirtió un commodity. No es más arte. No por su ejecución si no por su consumo. Se consume como un commodity, como el aire acondicionado, el microondas, tengo el Spotify. Entonces nunca te va emocionar una canción de Billie Holiday, como cuando nosotros empezábamos a salir que buscabas los discos y llegabas, lo ponías y era un éxtasis, porque es parte de la música. Como el tipo que viajaba en la época antigua antes de la música grabada, la gente viajaba kms y kms por el mundo para ver al trovador. Ahora no hay nada que hacer. Entonces es en cierto punto triste ser joven en esta época.

Mimi: Es la evolución de cómo funciona ahora, para bien o para mal, nos guste o no nos guste. En un momento veíamos la tienda llena de vinilos que nadie entraba a comprar y uno se reía porque decíamos “ah, dónde van a meterse los discos” y ellos aprovecharon y dijeron “ah sí, espérate”. Además el control total de la persona, de los gustos, de los intereses, hace que la música –las demás artes no, todavía- se haya convertido en algo que das por hecho y lo que importa es cuánta gente te escucha, cuando nosotros aprendimos que las mayorías siempre están equivocadas.

SR: Cuando decían es número uno en tal lugar y vos decías “mmm, es una poronga”. Era Rafaela Carra, una verga. En cambio escuchabas Lou Reed y no te gustaba que sea un éxito. Ahora tenés veinte millones de seguidores, pero no te va a ver nadie mi amor.

MM: Hay un lugar donde están todos los chiquitos tocando los botones a la vez y que podés tener todos los seguidores pagados. Eso es todo falso, es un mundo todo de engaño, nada es real. En Puerto Rico, que es la capital de la música de ahora, se los acusa gravemente a los reguetoneros y traperos de comprar clicks, porque cada click no tiene un nombre si no tienen un IP.

Es toda una transa para YouTube y Spotify, la tajada grande la agarran ellos.

MM: Eso me recuerda a MC Hammer que salía mostrando los pisos de su casa, todo un palacio, pero perdió todo. Los mostraban como si fueran millonarios, con autos con mujeres, con joyas y en realidad no tenían nada, se lo debían a la compañía y se los sacaba después.

SR: Todos los artistas que sostienen sus carreras en millones y millones de supuestos views, si ese porcentaje de gente los fuera a ver en vivo, no alcanzarían todos los estadios del mundo para verlos. Y vos tenés un tipo como el Indio, que debe tener el diez por ciento de seguidores y mete cien veces más gente.

MM: Nosotros hace tiempo estamos en el mundo digital, en realidad ya no escuchamos CDs. Es rarísimo. Imagínate, coleccionamos discos, llevamos veinte años coleccionando música, y él más. Lo ridículo es que nosotros ya nos damos cuenta de que tenemos que sacar la música digital y lo que tiene de triste todo esto es que después se nos olvida. El año pasado hicimos unos release de canciones nuevas y pasan desapercibidas. Lo postean un par de veces, una semana, y a la segunda semana ya es viejo. Quedó escondido ahí.

SR: Nosotros fuimos independientes desde el día uno, tuvimos un coqueteo al principio del 2000 con Sony ni nosotros les gustamos a ellos, ni ellos a nosotros. Y seguimos nuestra carreara independiente. En nuestro caso es diferente, porque siempre ganamos dinero de la música que fabricamos y ahora una buena de Spotify es que paga más que las discográficas. O sea, yo gano más con Mimi Maura (la banda) dentro de Spotify que lo que gano con Cadillacs pagados por Sony. Cuando los Cadillacs venden dos ceros más que Mimi Maura.

Mimi y Sergio durante un show en Puerto Rico.

¿En qué andan hoy las discográficas?

SR: Están alineadas con lo que es la promoción. El contrato es 360 y funcionan a través de eso.

¿Están un poco perdidas?

SR: Es que desaparecieron. Una discográfica antes, por ejemplo EMI, podía tener dos mil empleados. Ahora debe tener veinte. Antes vos ibas al primer edificio de Sony, no sólo que tenía un edificio de veinte pisos en el centro de Buenos Aires, se llamaba CBS-Columbia, sino que también tenían el estudio más groso del país. Te hablo hasta el año 87/88. Ahí empezó a moverse la cuestión, los estudios eran muy caros para las compañías y después se redujeron a nada. Hoy son cuatro tarados que no les gusta la música, como siempre.

Eso es histórico, que sean oficinistas que no les gusta la música.

SR: Me parece que no, creo que a partir de los ochentas, antes no. Yo sentí que hubo un cambio en un momento. Primero estábamos tocando en festivales, cuando se puso de moda al principio tocamos en el primer Cosquín Rock, 2004, no sé qué año fue. De a poco fueron pasando cosas raras, nos dábamos cuenta de que ya no lo manejaban los músicos, no era música. Todos los que estaban en el backstage de los festivales era gente que tenía que ver con otra cosa, con el diseño…

MM: El Quilmes Fest!…y de momento nos dimos cuenta que ya no teníamos la entradita para tomar la cervecita gratis, que la tenían los que trabajaban en las casas de ahí…

SR: Creo que para la música tiene que salir del marketineo tan brutal y volver a tocar en clubes.

¿Quién sufrió más toda esta ruptura del management en la música?

SR: El estudio de grabación, el ingeniero de sonido. Ese es el tipo que más sufrió, porque ahora podés grabar en tu casa a la misma calidad que en cualquier lugar.

Mimi Maura y su padre Mike Acevedo.

Hablando de la génesis de ustedes como artistas. Mimi, vos creciste con un gran artista como padre Suponemos que habrás mamado muchísimo de eso y habrás tenido tus rebeldías con respecto a su música y a su arte para hacer lo propio. ¿Cómo fue tener ese padre y convertirte en quien sos hoy?

MM: Desde que nací tenía ya el disco de mi viejo (Mike Acevedo), esa influencia. Entonces es como que desde muy chica sabía que la música era algo especial para mí. Me acompañó toda la vida, es muy difícil para mí verlo como si hubiese sucedido un impacto. Siempre fue parte de mi vida. Después me dediqué más a las artes plásticas cuando era chica y en realidad no pensaba seguir con la música, pero volví rápidamente. Ya estaba tocando con bandas y en un momento me tuve que ir a trabajar, entonces dejé la escuela, estudiaba artes plásticas y dejé. Ahí fue que directamente me relacioné más con la música. Los fines de semana tenía los shows y en la semana trabajaba. De ahí ya no volví a las artes plásticas y me dediqué a la música.

¿Tuvo tiempo de disfrutarte tu padre como ya una persona conocida de la música? ¿Llegó a verte?

MM: Mi papá falleció en 2004 así que él llegó a escuchar los primeros discos y estaba muy contento, muy satisfecho con el resultado.

SR: No llegó venir acá a verla en vivo.

MM: Quería venir, le impactaban las canciones que cantaba de él. No le gustaba que cantara como varón, pero era como bueno… bancátela.

SR: Claro, él le había escrito una canción de amor a una chica y ella lo cantaba igual como si fuera el hombre.

Y vos Sergio, como fue ese proceso de lo artístico. Fue de nacimiento o fueron uno de esos clicks que a veces le vienen a uno?

SR: En realidad de chico hasta los dieciséis años, era músico de música clásica. Yo no sabía ni que existía el rock n roll ni sabía quiénes era los Beatles. Me dedicaba solamente a Telemann & Vivaldi, y tocaba en un grupo de música barroca. Entonces, desde chiquito cinco o seis años hasta los once o doce, todo lo que fue la primaria hasta el principio de la secundaria, mi vida giraba entre la gimnasia deportiva y la música barroca.

¿Arrancaste con los vientos?

Tocaba flautas, pero hice un proceso de aprendizaje muy formal, y después a los diecisiete esa persona se murió y nació otra que los saluda a ustedes ahora. Cuando vi a The Police acá en vivo, en diciembre de 1980, creo que ahí dije “nah” basta de vientos. Igual ya venía escuchando porque, una cosa lógica que pasaba en ese tiempo que era raro no entender al rock sinfónico. Yo escuchaba música clásica, pero escuchaba rock n roll y me parecía un espanto. Pero cuando escuché a Rik Wakeman y The Six Wives of Henry VIII, dije, “Epa, esta gente sabe tocar, hay muchas notas”.

El rock sinfónico era una música que tuvo un apogeo muy grande entre el 68 y el 77. Eran todos grupos donde en un compás había siete acordes,y los tipos se tocaban todo. Básicamente eran Yes, Génesis y Emerson, Lake & Palmer, eran las grandes líderes mundiales del rock sinfónico. Y llegué porque esa gente tocaba Béla Bartók rockeado.

MM: Pero tuviste tu época Beatles.

SR: Sí, pero fue ahí en el medio. Empecé a escuchar The Beatles de chico, pasa que cuando yo fui chico, The Beatles y la música brasilera cuando era sí o sí lo escuchabas. Era la música mas popular del mundo. Pensá que soy del sesenta y tres y en la calle se escuchaba, tango, folklore, Beatles y música brasilera. Después viré al rock sinfónico, me dejé el pelo largo y empecé con un hipismo que no me convencía mucho. En el ochenta iba a ver a Serú Girán y me aburría… El blues me aburría y no había otra cosa. Estaba Pappo que no ibas a ver a Pappo, Lucifer iba a ver a Pappo…

¿La primera etapa de Pappo?

SR: Bueno, inclusive antes de Riff. Pappo’s Blues también era terrible. Acordate que estaban los milicos a pleno, no iba cualquiera. En el ochenta vi a The Police y ahí descubrí el rock n roll. Después entro en lo que fue acá el primer movimiento punk. Ahí murió ese chico que era buen alumno y llegó el drogadicto que hoy los conoce. Yo entré a los Cadillacs en el 85. Entre el 82 y el 85 fue anarquía, tocar rock, echado de la casa. Todas. En el 84 empecé a tocar el saxofón, nunca fui a una sola clase con nadie. Que era lo opuesto a lo que hacía el Sergio anterior que estudiaba cinco horas por día.

En un show en The Delancey, NYC.

¿Tuviste algún viaje musical que te marcó?

SR: Entre noviembre y marzo 84/85 fui con Pablo Martín un amigo que tocaba en El Corte y ahora en Tom Tom Club, un capo, me fui a Europa. Porque me había recibido en el 81 y mis viejos no tenían plata. En esa época el regalo cuando te recibías era un viaje a Europa o USA, según tu buen gusto, por supuesto elegí Europa… Entonces vimos a The Smiths que empezaban y todo el post punk a pleno, The Cure, Siouxsie y ahí dije “¡esto es lo que a mí me gusta, bendita sea la virgen! Y a la semana que volví y empecé a tocar con los Fabulosos.

Mimi, tu viaje?

Yo tuve viajes desde chiquita, con la familia. Viví en Chicago, en México y me establecí en Puerto Rico a los 14 años. Ahí mi mamá se separó de mi papá. Cuando volví a Puerto Rico me encuentro con mi hermana que era cinco años mayor y nos convertimos como en mejores amigas. Empecé a salir con ella, me presenta a sus amigos músicos y yo empiezo a tocar con bandas de covers.

En vez de salir y hacer cosas que hacían los chicos a los quince años, que iban al cine con amigos o sus novios, tocaba en bares y en playas los fines de semana. Por lo tanto ahí empecé a fumar cigarrillos, a beber cerveza. Digamos que ahí fue que dio el cambio, me empecé a dedicar a la música, a los quince años. Fue de la mano de mi hermana. Tuve alrededor de tres bandas, hasta que a los 17 hice una banda con mi hermano, que hacíamos música propia. Tenía influencia de rock americano, heavy metal, Metallica, Iron Maiden.

Ambos tuvieron unos viajes musicales eclécticos, pero lo interesante es que se escucha que cada cosa que hacen la hacen bien. ¿Cómo fue ese proceso de encastrar todas esas piezas y que hoy tengan un sonido que se notan por separado pero fusionan perfectamente como un motor?

SR: Es que ella canta muy muy bien.

MM: También buscamos una música que tuviéramos como en común, porque él estaba más en el punk rock.

SR: Ella estaba más en el heavy.

MM: No, no estaba en el heavy, estaba más en la música jamaiquina, rocksteady, reggae, ska. Ya venía hace varios años integrándome en ese grupo social en Puerto Rico, iba a bailar ska. Y eso fue lo que nos unió, la música jamaiquina.

¿Cómo fue esa primera etapa, congeniaron musicalmente al margen de la atracción personal?

MM: Creo que fuimos los dos mostrándonos lo que nos gustaba y aceptando lo que al otro le gustaba. De las primeras cosas que me mostró que me gustó Jeffrey Lee Pierce. Me enganché con esa música que nadie conocía. Éramos los dos muy fanáticos de la música, de distintos estilos. Yo coleccionaba cosas de Billie Holliday, tuve una época con La Lupe, con Janis Joplin, y el tenía a Jeffrey Lee Pierce. Rápido me enganché con eso y él ya quería grabar esas canciones. Había esta cosa de amorío, de tener la emoción de buscar artistas, de buscar su música. Algo que era divertido irnos a la tienda de discos a buscar y a encontrar.

Una motivación mutua la música.

MM: Y la fuimos alimentando, tanto él para mí como yo para él.

SR: Era una época muy particular porque yo me fui a vivir a Potrerío con ella, prácticamente sin conocernos. En el 96 no había internet. Apenas había mail. Cuando nos conocimos no sabíamos si nos íbamos a llevar bien o no. Van veinticuatro años que estamos viendo si nos llevamos bien.

Todo ese terreno de conocer culturas que no tenés ni puta idea. Para mí mudarme a Puerto Rico fue muy poderoso, y al toque sentí que como ella cantaba, en Argentina no había nadie en ese momento, 96/97, tocando reggae y ska. Los Cafres no se habían reunido todavía. Habían tocado mucho en los 80´s, pero en los 90s estaban separados. Los Pericos estaban tocando cualquier otra cosa, los Cadillacs igual.

Mañana, el Lado B.