“En medio de un desierto de aburrimiento, un oasis de horror. No hay diagnóstico más lúcido para expresar la enfermedad del hombre moderno. Para salir del aburrimiento, para escapar del punto muerto, lo único que tenemos a mano, y no tan a mano, también en esto hay que esforzarse, es el horror, es decir el mal. O vivimos como zombis, como esclavos alimentados con soma, o nos convertimos en esclavizadores, en seres malignos…”
Roberto Bolaño, “Literatura + Enfermedad = Enfermedad”

Por Alejandro Fadel, Director de MMM.

Siempre me gustaron las películas de terror. Fue, sin saberlo, mi primer acercamiento a la cinefilia. Un VHS con tres películas, Nosferatu, El gabinete del Doctor Caligari y M, el Vampiro me introdujeron en la tradición del género. Esas películas fundadoras dialogaban con todo tipo de oscuridades que lograba conseguir en los rincones perdidos de los videoclubes de la ciudad pequeña en la que me crié. Y donde filmé gran parte de “Muere, Monstruo, Muere”. Mi preferida de todas era y es Freaks, de Todd Browning. Las películas de monstruos, los cuerpos extraños, siempre me apasionaron. Las de la Universal, claro, con sus actores y sus maquillajes, pero especialmente las de Jacques Tourneur y Jack Arnold. Me aficioné al giallo italiano, a los colores de la Hammer y al cine de género norteamericano de los 70, a John Carpenter y David Cronenberg: aquellos que terminaron de confirmar que el género tenía la potencia política de pensar el mundo. Desde la marginalidad, el terror siempre es un género dispuesto a renovarse, a explotar: es su obligación encontrar nuevas imágenes y sonidos que sacudan y reflejen su tiempo. Es tradición y vanguardia.

Después de Los salvajes, mi primera película, quise rodar un documental sobre un regimiento de frontera, un hospital psiquiátrico y un monasterio, los tres en la provincia de Mendoza, en la región vitivinícola al pie de los Andes, donde nací y viví hasta los 18 años. Era una manera de revisitar lugares que por diferentes razones se habían agarrado firme al recuerdo. Esa película nunca se hizo, pero en esta ficción ha sobrevivido su esencia. El enfrentamiento a esos paisajes se parece al que originó Los salvajes, aquellos ríos y sierras de Córdoba que me habían maravillado. Pero esta vez era diferente. Esta vez, esos lugares no eran nuevos. Era mi lugar, el de mi formación adolescente, cuando por algunos años me dediqué a la vida de montaña. Antes de filmar volví a recorrer en solitario esos paisajes, con una camarita pequeña y un trípode. Y mientras filmaba, algo fallaba. La pregunta se había instalado: cómo filmar esos lugares conocidos con la misma potencia que se habían instalado en mi historia. Intentar que la lente y los micrófonos los volvieran nuevos, les devolvieran, al menos para mí, esa potencia espiritual. Y si bien ambos filmes nacieron de ambiciones documentales en algún momento, casi de manera inevitable, apareció la ficción. La ficción como una tela donde dar armonía a aquellas ideas, paisajes, rostros, modos de habla, esa relación con lo real a la que anhelo ir al encuentro. Es en ese lugar opaco, entre la experiencia y la imaginación, desde donde éste filme se fue construyendo.

Entre esas imágenes, de aquel filme trunco, apareció una que me develó un posible orden narrativo, un juego argumental: el volcán Maipo reflejado sobre la Laguna del Diamante, en dos triángulos perfectos. Así se terminó de armar la historia: un triángulo amoroso, la muerte de una mujer y el reflejo invertido de ese triángulo. Ante el vacío de un amor perdido aparecía el misterio, lo inexplicable, el miedo. Apareció el relato fantástico, el Monstruo. Dos hombres y una mujer, dos hombres y el Monstruo.

Inevitablemente esta película tiene que ver conmigo, con mi historia, con cierta vida de provincias y con una cultura masculina determinada, de cariz violento y conservador; de ciertas formas de poder históricamente masculinas, frente a las que siento tanta incomodidad como inevitable pertenencia. Fui testigo de la reconversión económica de la región, vi como las tierras áridas se transformaban en oasis productivos vitivinícolas y pude ver también como mucha gente se quedaba fuera de esa transformación, acrecentando las diferencias sociales. Será ésta, entonces, una película de Mendoza sin viñedos. Y así como los espacios que acompañan y construyen esta ficción, los personajes de este filme también parecen signados por un destino de marginalidad e indiferencia. Criaturas frágiles buscando desesperadamente el amor, tan poco aptos para el desarrollo interior, el éxito o la felicidad. Siempre me interesaron aquellas experiencias que ponen al hombre en el límite de su condición social. Aquellos que, por decisión u obligación, se ven obligados a correrse del fluir de las cosas. ¿Acaso no han sido los monstruos, a lo largo del tiempo, los más marginales de todos, los expulsados? ¿Acaso no hemos puesto en ellos todos los miedos y ansiedades que no hemos podido domesticar para tranquilizarnos? Quizás este cuerpo extraño que la película presenta pueda dar cuenta, mediante el artificio y la fe en las imágenes, de aquel horror al que el lenguaje no puede acceder.

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