Por Jazmín Iturriaga

Un concepto de composición como laboratorio y exploración permanente atravisa el nuevo álbum de Nicolás Moguilevsky, La forma de estos días. Después de su primera grabación (Los peligros que nos rodean, Metamusica, 2015), el músico vuelve a trabajar desde la indeterminación, bordeando los terrenos baldíos de la tradición, y cortando con algunos de sus pesados lastres.

La apuesta del disco se enmarca en la discográfica Metamusica, dirigida por Ulises Conti. El sello tiene un catálogo extenso: comprende música de películas, proyectos que recuperan discos históricos y una enorme cantidad de diversos géneros musicales (ambient, IDM, canción, rock alternativo y experimental, pop, entre otros). Este año, junto con el disco de Moguilevsky apareció Máscara, de Andrés Ravioli, más cerca de la canción contemporánea con impronta rockera. El colectivo liderado por Conti apuesta por los experimentos, y el de Moguilevsky, con su concepción compositiva ligada a la experimentación, se inscribe en esa línea.

Los (dos) discos      

No es tan fácil adivinar que Los peligros que nos rodean es un disco de improvisaciones. Hasta cierto punto se podría decir que no hay formas meditadas. El trabajo es puro laboratorio: Moguilevsky fue al estudio a buscar una experiencia. De chico –según cuenta él mismo– le gustaba sentarse al piano y probar teclas, sonidos, solo por el afán de tocarlo: el costado lúdico siempre pegado a ese acercamiento. En el año 2014 –en el estudio de Ulises Conti– se sentó a revivir esa experiencia. Improvisó, siguió las pistas de su intuición y seleccionó algunas de las grabaciones.

En La forma de estos días se trata de igual concepción compositiva: decir algo a partir de la espontaneidad. El disco lanza de inmediato una pregunta sobre la naturaleza de la composición artística: ¿puede surgir una composición en el acto, sin ideas previas ni partituras? Moguilevsky, admirador de Enrique Villegas, bien podría responder con sus palabras: “La música, como la conversación, debe ser algo espontáneo.” El azar y la improvisación son el núcleo de su música, y tal vez sea porque Moguilevsky entiende algo sobre la forma: no son entelequias fuera de nuestro mundo, sino experiencias tangibles que modifican el ritmo de nuestros días.

Los dos discos contienen –en simultáneo– dos sentidos diferentes de la palabra improvisación. Es decir, por un lado se trata de improvisar como una forma de intervenir una pieza repentinamente (por ejemplo, una improvisación sobre un standard de jazz), pero al mismo tiempo se trata, además, de hacer algo sin demasiada preparación (como un trabajo por primera vez).

La forma      

De un disco al otro, el resultado está de alguna manera, transformado. En La forma de estos días se abordan los finales de los temas de manera distinta: en modalidad de desgaste (“El trabajo”) o tejiendo puntos de una cartografía (“El mapa”), pero en todo caso, los finales son más conclusivos que en su antecesor. Tal vez, esta idea de la determinación se traduzca también en los títulos, que de un disco a otro dejaron de ser entidades abstractas (números) y pasaron a ser sustantivos –siempre recortados con artículos definidos–: “La nota”, “El precio”, “La lista”.

En “La señal” el piano suena sin acompañamientos. Este tema puede dialogar con “4”, de su disco anterior. Algo del orden de la prolongación es perceptible. No sólo por la extensión, sino porque la sonoridad en eco está profundizada. Sin embargo, en su último trabajo, las progresiones de la armonía con las notas pedal son más inquisitivas que resolutivas, y parece como si algo de la ansiedad que produce el peligro hubiese decantado.

En palabras del propio Moguilevsky: “esa cadencia de la espera al preguntar/ marcará un camino por momentos/ angustiante y sin dudas excitante” (Todavía no amanece, Ascasubi, 2019). Es que en poesía o al piano, el autor juega con las plataformas, se desliza por ellas y experimenta como si fueran verdaderos laboratorios del campo real. Los poemas o las composiciones de Moguilevsky trazan líneas de fuga constantemente. Y un murmullo de aquella frase de Bob Dylan, acerca de que el artista está siempre en estado de partida, se percibe de fondo. O como diría Fabio Kacero: “De pronto, justo antes de pulsar la primera tecla, empezó a escuchar en su cabeza una melodía, tan clara y nítida como desconocida. Se levantó (…) y salió al jardín, pensando –o queriendo pensar– que tal vez la música podía venir de afuera. Comprobó que no y volvió a entrar.” (“La melodía”, Salisbury, Mansalva, 2013).

Los días      

Una postal de invitación enviada por Ulises Conti para uno de sus conciertos inscribe un texto que podría servir como perfecta invitación para escuchar este último trabajo de Moguilevsky: “Espero que todos ustedes puedan presenciar este experimento sonoro en forma de concierto-conferencia para piano invisible.”

En conjunto, La forma de estos días conserva algunos de los motivos musicales que se trabajan en el disco anterior. Mientras que En los peligros que nos rodean se exploran las texturas del neoclasicismo o del jazz ambiental, ahora se trata de ir del monólogo al diálogo (en esta ocasión, Moguilevsky está acompañado por Mariano Malamud en viola). El resultado es una meditación sonora introspectiva (por momentos recuerda al Feldman de las Triadic Memories), pero también puede crear climas punzantes y nerviosos, algo que Malamud interpreta con tacto y sutileza.

En este último proyecto, Nicolás Moguilevsky decide usar su oído como un radar, afirmando así uno de los principios más ricos de la música: el azar y la indeterminación. En los impromptus de Schubert o en las improvisaciones de Coltrane, este principio funcionaba como momento originario y dador de unidad. La hipótesis de Moguilevsky resulta osada: improvisa, porque no hay otra opción. Es ahí donde se corre de cierta categoría, para afirmar algo: lo que en la música no se puede controlar.