Pasan los años, pasan los jugadores, dicen las canciones del fútbol vernáculo, pero los que siempre estarán presentes son las barras bravas, una subcultura especial que se da a nivel global pero que en Argentina llegaron a ser dominantes. Grupos que se denominan así mismas con nombres fantasía y se incluyen en las letras que componen. Tal es el caso de Los Borrachos del Tablón, la barra de River que volvió a ser noticia hace dos semanas por los incidentes con la policía en la previa de un partido por la Copa Argentina.

Pero la historia de los muchachos bravos del millonario y sus problemas con la ley son de larga data, y tiene varios capítulos. Prácticamente podríamos hablar de un eterno retorno donde los goodfellas eligen una y otra vez las mismas lógicas de comportamientos y actitudes violentas para defender lo que dicen que les pertenece (el negocio) y para seguir haciendo lo que ellos llaman «el aguante» y la fiesta a su equipo.

El punto de inflexión a partir del cual tuvieron una notoriedad pública que persiste hasta el presente fue con el crimen de un hincha de River, Gonzalo Acro, en el año 2007. Se lo acusó de haber instigado y de ser partícipe necesario del crimen al por entonces líder de los borrachos Alan Schenkler, un personaje bastante particular en esta historia.

Contrario a la imagen estereotipada que se tiene de los barras en general, a base de asados y burundanga, Alan y su hermano William, tenían otro perfil. Ambos vivían en las cañitas y en el caso de Alan, estudió en la Universidad de Buenos Aires(UBA) donde se graduó de Ingeniero Agrónomo.

Luego del proceso penal al que fue sometido se lo condenó en un primer momento a 12 años de prisión y luego a cadena perpetua por el crimen de Acro. Además, tuvo una causa donde se lo acusó de haber asesinado al dealer de su hermano William. Actualmente cumple su sentencia en la Unidad Penitenciaria N°6 de Rawson.

Pero el SXXI nos permite estar en contacto permanente y enterarnos de las noticias de lo que pasa en el mundo, pero también tras las rejas.

Podemos comunicarnos con familiares que están en el otro extremo del mundo, pero también con los que están presos. Aunque la ley lo prohíbe, hace unos días lo hizo Nahir Galarza desde la cárcel de Entre Ríos, quien también cumple cadena perpetua, y Alan no se queda atrás y usa su cuenta de twitter para dar sus opiniones y mostrar sus valores vinculados fundamentalmente al submundo riverplatense.

Resulta muy shockeante ver las frases principales de su bio de Twitter: Ingeniero Agrónomo (UBA), condenado sin pruebas por enfrentar a la mafia que saqueo a River. Solo pido JUSTICIA. Mis documentales en YouTube son atrapantes.

Es inquietante la autopercepción que tiene Alan de sí mismo y del rol que cumplía cuando comandaba a la barra. En una entrevista con un diario dijo: «Nuestra barra tenía una bandera con un signo tachado y en el medio un arma. Ese era nuestro lema, pelearnos sin armas y siempre adelante de todos” (…). No considera que conformaba parte de una banda o asociación ilícita que cometía delitos, sino que se veía como aquel que iba a impedir a los verdaderos violentos copar el club y al mismo tiempo garantizar la fiesta y el folklore futbolero.

Profesionales de diversas áreas estudiaron el fenómeno de la violencia del fútbol para lograr entender en profundidad este mal que persiste y se profundiza con el paso de los años. José Zucal, investigador del CONICET y licenciado en Ciencias Antropológicas (UBA), sostiene que los barras ven a la violencia como un recurso para acceder a determinados fines, es decir la perciben como un medio, por eso no la consideran algo propio de su ser sino simplemente como un medio externo en pos de lograr ciertos objetivos.

Además, sostiene Zucal, si fuera una cuestión esencial propia de las personas, la única salida seria la cárcel o el manicomio, en cambio sí se ve como algo que es modificable, entonces, la posibilidad de transformar a esa persona a través de políticas públicas (educación) es posible.

En la misma línea habla de la “cultura del aguantela cual pregona que para ser barra tenés que agarrarte a piñas y defender a los tuyos. Ya sea contra la policía, barras de otros clubes o una facción interna: “si un hincha se sube a un paravalancha para sostener un trapo tiene que ir al frente cuando sea necesario. Si no lo hace, no puede volver nunca más a una barra brava”.

Esta lógica del aguante trae consigo la posibilidad del ascenso social, es decir, para escalar posiciones dentro de la barra es necesario saber trepar con el manejo de la violencia y la concentración de poder, además de ir haciendo una agenda de contactos a todo nivel, político, judicial, etc.

Verónica Morerira, Doctora en Ciencias Sociales e investigadora del CONICET, sostiene que de cierta manera también está la cuestión del prestigio, es decir, ser barra le da un poder simbólico y una supuesta legitimidad social a quien se precie como tal, dentro de cierto círculo. Por eso es un fenómeno complejo e interesante de abordar.

El caso Acro significó una vez más poder desnudar el trasfondo de negocios y asociación criminal de un grupo de barras del fútbol, en este caso, de uno de los de más trascendencia en el país.

En 2011, el Tribunal Oral en lo Criminal 15 condenó a perpetua además de los hermanos Schlenker, a Ariel «Colo» Luna, a quien se acusó de ser el autor material del asesinato de Gonzalo Acro, y a Rubén «Oveja» Pintos y a Pablo «Cucaracha» Girón, como coautores.

Acro murió en la mañana del 9 de agosto de 2007 en el Hospital Pirovano a raíz de los dos disparos recibidos 48 horas antes cuando salía de un gimnasio en Villa Urquiza. El crimen se produjo en el marco de una interna por el poder de la barra que disputaban la fracción que lideraba Alan Schlenker y la que respondía a Adrián Rousseau, a la que pertenecía Acro.