Una mujer se lanza a la ruta en su furgoneta. El lugar en el que habitaba se ha poblado de fantasmas desde que cerró la fábrica que lo mantenía vivo. Para peor, el compañero de los últimos 30 años también se fue, aunque ella lo mantiene respirando a través de objetos y otros recuerdos.

Fern ha pasado a ser una nómade, una de tantos estadounidenses que se desplazan por las rutas del país que solía ofrecer grandes oportunidades a todos sus habitantes. Hoy, hay unos cuantos que sobreviven con trabajos temporarios muy precarios (guardando objetos en cajas dentro de enormes y despersonalizados hangares de Amazon, limpiando baños de estaciones de servicios, cargando papas en camiones), permaneciendo “houseless” que no es lo mismo que “homeless”.

Fern acondicionó su furgoneta con todas las posibilidades que permite tan exiguo espacio. Es su hogar. Hay un anaquel para los platos que le legó su padre, una cucheta con un colchón duro, un inodoro que puede desaparecer rápidamente de la vista de algún visitante. Sus vecinos cambian según la localidad en que le permitan trabajar o estacionar. De otras furgonetas saldrán Linda May y Charlene “Swankie” Wheels, dos mujeres de más de 60 años, una que se resiste a no poder jubilarse y, la otra, a morir en un hospital.

De alguna manera, estos personajes son remanentes de los cataclismos de un capitalismo basado más en la especulación financiera que en el bienestar de la sociedad con cuyas fuerzas productivas lucran. Son parientes de los personajes de Viñas de ira (John Ford, 1940), que tras el crack de la bolsa en 1929 se ven desplazados de sus tierras por una sequía para emigrar a California, o de los de Esta tierra es mi tierra (Hal Ashby, 1976), un biopic sobre el cantante folk Woody Guthrie, también ambientado durante la Gran Depresión. De hecho, una toma de Nomadland homenajea el film de Ashby: Fern se pasea por un campamento de furgonetas como Guthrie –en el primer plano secuencia registrado con una cámara Steadicam- lo hacía por otro de pobres harapientos a la espera de un trabajo.

Las reuniones alrededor de la luz de un fogón, la austeridad que los mancomuna, la revalorización de la naturaleza y el aborrecimiento de las grandes ciudades también enlaza a los nómades con los protagonistas de Busco mi destino (Dennis Hooper, 1969), aunque los hippies de este film huían del exceso de materialismo de una sociedad que no hacía más que regurgitar su bonanza.

El film dirigido por Cloé Zhao, -nacida en 1982 en Beijing pero educada en Londres y Estados Unidos, graduada en ciencias políticas entre otros títulos-, reactualiza muchos de los principios del neorrealismo. Si bien hay actores profesionales (Frances McDormand y David Strathairn), la mayoría –como Linda May y Swankie- son verdaderos nómades, ya entrevistados para su libro por la periodista Jessica Bruder, que colabora en el guion con la directora. De manera casi documental registra los hábitos de estos seres, sus labores, sus alegrías y aflicciones, permitiendo que el espectador adopte una postura no meramente contemplativa, sino crítica de lo representado. La cámara -a veces inquieta- interroga rostros y paisajes con ásperas y polvorientas arrugas. El remozamiento de aquellos principios viene dado por elecciones que no desdeñan un montaje vivaz, un uso de la iluminación más en pos de lograr ciertas atmósferas, o las filmaciones crepusculares que cortan el aliento. Pero hay detalles de continuidad –todas las cabelleras de los personajes lucen aterronadas por el uso de aguas duras en su lavado- que expresan una finísima capacidad de observación.

Nada de esto sorprende porque ya Zhao se había lucido en The Rider (2017), donde una joven figura del rodeo quedaba fuera de su actividad debido a una terrible herida en el cráneo. Cuando uno acudía a ver quién interpretaba al personaje, se encontraba que era un aficionado que no hacía más que recrear su historia en pantalla, acompañado por su propia hermana y su propio padre.

Otra vez en Nomadland, la simbiosis entre ficción y documental logra una alquimia perfecta en manos de la realizadora, pero somos conducidos por Fern, que es un personaje de ficción creado para la película e interpretado por la gran Francis McDormand, y todo lo observamos desde su punto de vista, teñido de una melancolía que se abraza a lo que ha perdido y deja muy poco espacio para que entre lo nuevo.

McDormand, especialista en interpretar personajes lunáticos como los que le escriben los hermanos Coen, o grotescos como la maestra de Olive Kitteridge (2014) o la madre de Tres anuncios para un crimen (2017), en esta ocasión revela una parquedad expresiva contrariada por sus ojos saltones, las comisuras alrededor de la boca, los pliegues en la frente, un cuerpo tensado por unos nervios ceñidos por tenazas invisibles. Con destreza, la actriz maneja las esclusas de un dique que, de a ratos, amenaza desbordar. La acompaña con la delicada cortedad que suele lucir en films románticos, David Strathairn, que representa a Dave, un hombre sensible que se le acerca tentativamente, temeroso de sus evasivas. El amable minué que esboza su relación es una de las delicias del film.

Alguien dice en un diálogo que los nómades son los nuevos pioneros de los Estados Unidos. Individualistas –como los héroes del western que también vivían desplazándose sin una compañera, con el vasto paisaje como único y privilegiado amante-; quizás sea esa misma característica los que lo lleve a extinguirse en un horizonte sin fin.