Una familia va de vacaciones a la casa que tiene en Santa Cruz, California, cercana al parque de diversiones en el que la madre (Lupita Nyong’o, magnífica) sufrió una experiencia traumática en la infancia. Poco después son atacados en la casa por sus dobles, vestidos de rojo como si pertenecieran a una secta, llevando cada uno de ellos una tijera intimidante por su tamaño y posible funcionalidad.

El nuevo film de Jordan Peele, responsable de la admirada ¡Huye! (2017), no ahorra sustos al espectador, ya que construye un suspenso indeclinable, sólo atenuado de a ratos por el humor para aliviar tensiones, a la manera de Hitchcock. Sin embargo, lo más atractivo del film es su capacidad de generar alusiones, no sólo a otras películas, sino también a distintos contextos políticos.

Que los dobles vengan “de abajo”, vistan de rojo y vayan aniquilando gente de un pasar privilegiado pero bastante alienada en ver quien se hizo tal cirugía facial o quien posee el bote más grande, ya nos pone en relación con la lucha de clases y la opresión económica. La espléndida toma final, con su referencia a La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993), donde sobrevivientes del exterminio nazi formaban una larga hilera, trae a la mente otro tipo de opresiones. Que el primer ataque a la ahora madre se haya dado en 1986, cuando estaba el conservador Ronald Reagan en el gobierno de los Estados Unidos, se repita aumentado a la enésima potencia bajo otro gobierno conservador como el de Donald Trump, alude a la grieta que divide a los habitantes de ese país.

Si hay un tropo recurrente en el cine de horror es el del doble, que siempre es una forma de presagiar la muerte, la finitud del yo, de aludir a aquella parte oscura de nosotros mismos que no queremos ver, la sombra en términos junguianos. Aquí está utilizado de forma inteligente, en conjunción con otro motivo del género como lo es el retorno de lo reprimido por la conciencia: no son pocas las referencias a El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), no sólo por el par de gemelas que son descendientes del matrimonio blanco, o porque tras el desenlace uno pueda pensar que un personaje siempre estuvo allí, como lo estaba Jack Torrance a través de sus virtualidades en el hotel Overlook. También por la referencia a que la sociedad estadounidense pudo haberse construido en base al aniquilamiento de minorías oprimidas (un cementerio indio era el basamento de ese hotel).

Algunas puestas en escena, la paranoia que suscita la desaparición de un niño en la playa, recuerdan a las realizadas por Steven Spielberg en Tiburón (1975); algunas conductas de los dobles, y el paisaje de destrucción que dejan a su paso, al accionar de los zombies de George A. Romero (La noche de los muertos vivos,1968).

Gran cinéfilo y demiurgo, Peele se apoya en una banda de sonido que entre temas de rap originales (I got 5 on it, de Lumiz) y sus versiones remozadas, otorgan a la experiencia un aura siniestra. No hay más que vivenciar la ansiedad que causa el entrecortado “Himno” de los títulos iniciales, y la cándida interpretación que hace Minnie Riperton de Les Fleur en los finales, para darse cuenta –entre una miríada de detalles- que el joven director domina los recursos expresivos del cine de manera acerada. Nosotros es un gran entretenimiento, que deja mucha tela para cortar y que merece ser explorado.