Los talibanes volvieron al gobierno en Afganistán el 15 de agosto a partir del ingreso y conquista de la ciudad capital, Kabul, y de la toma del palacio de gobierno. Hablamos de un retorno al poder ya que gobernaron por primera vez entre 1996 y 2001 aplicando la interpretación mas radicalizada de la ley islámica. En ese entonces entre los castigos habituales se podían observar las lapidaciones a quienes practiquen adulterios o la amputación de las manos a aquellos que hayan cometido un robo.

Los talibanes, un grupo fundamentalista islámico que combatió con éxito la invasión de la URSS en 1989 y que luego de triunfar en la guerra civil interna llegó al poder en 1996, más allá de su voluntad de consolidar una nación decididamente religiosa aplicando una versión restrictiva de la Shariah (ley islámica), el hecho maldito de su gobierno y que culminó con su caída y pérdida del poder fue el atentado a las torres gemelas en septiembre de 2001. El mismo fue planeado por el grupo terrorista Al Qaeda que tenía una de sus bases en Afganistán y que contó con el apoyo logístico y complicidad del movimiento Talibán.

NY, 2001.

20 años pasaron para el regreso – ¿definitivo? – al poder de esta facción islámica; sin embargo este retorno se da en el marco de un nuevo mundo. En este lapso el territorio afgano fue uno de los centros desde donde se reconfiguró la geopolítica internacional: luego de los ataques del 11 de septiembre, EE.UU. y sus aliados de la OTAN invadieron el país en pos de eliminar a las células terroristas responsables del atentado con el fin último de garantizar la paz y la estabilidad del mundo en general y de occidente en particular.

La invasión perpetrada se convirtió en una trampa mortal; ya que, si bien lograron expulsar a los talibanes hacia otros países, acorralar y matar a Osama Bin Laden, no lograron consolidar una democracia ni desarrollar instituciones de gobierno fuertes que garanticen el respeto y la convivencia entre las más de 50 etnias y grupos tribales que hay en el país. A medida que pasaban los años el caos social interior aumentaba, multiplicándose la muerte de afganos, pero también de soldados americanos (se registran oficialmente más de 2000 muertos).

Afganistán, 2021.

Durante la invasión l, Estados Unidos buscó aliarse con un sector de la etnia mayoritaria local – los pastunes – apoyándolos militar y financieramente en pos de que consoliden su poder; sin embargo, el dominio efectivo de este gobierno afgano era la Capital y algunas ciudades del interior que eran custodiadas por fuerzas militares internacionales.

Con el paso de los años el apoyo de las potencias occidentales e incluso de los propios ciudadanos norteamericanos fue disminuyendo hasta convertirse en una proclama internacional la necesidad de repatriar a los soldados a sus respectivos países y ponerle fin a una guerra sin solución de continuidad cuya única certeza era el número de muertes que crecían día a día.

Con este panorama el gobierno de EE.UU. convocó a un dialogo internacional con los talibanes para ordenar los términos de la retirada en pos de garantizar que estos no vuelvan a conspirar y a amenazar el orden internacional con nuevos atentados terroristas: estos diálogos quedaron plasmados en el denominado “acuerdo de DOHA” firmado en Qatar en febrero del 2020.

La realidad es que el movimiento Talibán a pesar de haberlo suscripto lo entendió como el reconocimiento del fracaso norteamericano y como la oportunidad de recuperar el liderazgo perdido. Al poco tiempo comenzaron a reorganizarse y desde comienzos del 2021 iniciaron enfrentamientos contra las fuerzas del gobierno local, apoyadas por EE.UU., a quienes derrotaron en pocos meses y casi sin ofrecer resistencia.

Kabul, 2021.

Una vez tomado el palacio de gobierno la opinión publica occidental quedó en estado de shock y asustada ante una posible nueva ola de terrorismo islámico y se instaló un manto de incertidumbre sobre las mujeres afganas respecto de su futuro inmediato: si podrán conservar sus libertades individuales básicas tales como desplazarse sin un acompañante familiar hombre, asistir a la escuela, elegir su vestimenta y asistir a sus puestos de trabajo: estas cuestiones elementales, que en occidente a ninguna mujer se le ocurre planteársela a sí misma, a pesar de existir otros problemas no menores, pasan ahora a estar en tela de juicio y a la espera de los comunicados del nuevo gobierno.

Entendiendo que hay un nuevo contexto caracterizado por la difusión veloz de la información y la consolidación del movimiento feminista alrededor del mundo, los talibanes ya manifestaron que no tienen de qué preocuparse; que ellos han vuelto al poder con nuevos aprendizajes asimilados y que “los derechos de las mujeres en Afganistán serán respetados dentro del marco de la ley islámica”.

Kabul, 2021.

Esta frase muestra que entienden la importancia estratégica en torno a las nuevas conquistas del SXXI, pero no es del todo auspiciosa porque no se sabe qué versión de la ley islámica aplicarán: si la más restrictiva, como en su primer gobierno, o alguna más moderada como la que se aplica en otros países de oriente por ejemplo Arabia Saudita donde las mujeres fueron ampliando paulatinamente sus derechos en los últimos años.

Dicen que volvieron mejores, esperemos que no estén parodiando ese chiste en donde un hombre hace terapia porque le pega a su mujer. Pasado un par de meses los amigos le preguntan si pudo solucionar el tema y él termina contestando: estamos diez puntos, ahora ya se por qué le pego.