La miniserie de Hulu, de 8 capítulos, basada en la novela de Celeste Ng, tiene como aciertos la actuación de su protagonista y productora, Reese Witherspoon, y un guion que—sin desdeñar lo melodramático— ofrece apuntes sabrosos sobre los prejuicios de clase y raza de la sociedad que retrata.

Ambientada a fines de la década de los 90, cuando gobernaba el presidente Clinton, en Ohio, en un pueblo llamado Shaker Heights, cuenta la historia de dos madres, Elena, que se casó y dejó su carrera de periodista un tanto de lado para dedicarse a criar cuatro hijos, y Mia, que lleva una vida de trashumante junto a su hija Pearl, huyendo de un pasado cargado de secretos, pero sin nunca abandonar su pasión como artista.

Que Elena sea una de las cabecillas de la comunidad— sus padres ayudaron a fundarla -, pertenezca a la clase alta y siga todas los manuales de etiqueta y conducta habidos y por haber, que haga alharaca de ser progresista en cuanto a la convivencia con otras clases y razas, no impide que someta a su marido y a sus cuatro hijos a los rigores de su perfeccionismo. Tampoco que infrinja y trasgreda todas las convenciones cuando cree que algo contraviene sus intereses.

Mia, por su parte, no puede evitar ser una cifra para los que la rodean, aún para su propia hija, que encuentra todo lo que ambiciona en el hogar de los Richardson, donde la tratan como una hija más. A lo largo de los capítulos, uno irá vislumbrando el pasado de estos personajes mediante breves flashbacks que posibilitarán que se comprenda el por qué de la aspereza y la naturaleza profundamente compasiva de la artista plástica, como también la bilis que atraganta a la periodista de segunda categoría, pese a sus logros como figurón de la pequeña y modélica sociedad en que se mueve.

La hija menor de Elena, Izzi, atraviesa una deriva muy frustante para su madre, ya que no encaja en ninguno de sus esquemas mentales… por lo que buscará refugio en los brazos de Mia. En tanto que Pearl, agotada de lidiar con la naturaleza enigmática y melancólica de su progenitora, hallará confort y estabilidad en los brazos de Elena… A partir de allí, los circuitos y los incendios estallarán por doquier.

El conflicto de Pearl —capaz de someterse a sutiles abusos con tal de ser aceptada- recuerda al de la hija de la mucama en Imitación de la vida (Douglas Sirk, 1959) , una de las cumbres del melodrama hollywoodense. Pero aquí la aversión hacia el color de la propia piel y los de su raza se troca en la necesidad de recubrirse de las apariencias materiales de la clase dirigente. Pearl y su madre no se avergüenzan de ser afroamericanas, aunque la hija padezca por ser pobre.

Las actuaciones de Witherspoon, -que puede componer en un instante a la reina de las arpías y, según las circunstancias, una mujer extremadamente vulnerable-, y las adolescentes que interpretan a Izzy y a Pearl, son destacadas. No puede decirse lo mismo de Kerry Washington, que interpreta a Mia con un hieratismo que no alcanza a expresar todas la dimensiones de su combativo personaje.

La estafa está basada en hechos ocurridos en la vida real y tiene por protagonistas a Hugh Jackman y a Allison Janney, como Frank Tassone, el super intendente de una escuela pública neoyorquina, y Pam Gluckin, su asistente, que se aprovecharon de los dineros de los contribuyentes para llevar a la institución a un alto sitial de prestigio, mientras derivaban cuantiosos fondos hacia sus propios bolsillos, permitiéndose unas vidas privadas de sibaritas.

A instancias del propio Tassone, que no puede con su vanidad y su alma de educador, una joven estudiante que está haciendo una investigación rutinaria para un periódico escolar terminará inflándose de ansias de superación y desatando el hilo de un poderoso atado de corrupción.

El film de Cory Finley (responsable de la llamativa Thoroughbreds, 2017) no se pierde en vericuetos legales y sí retrata un par de espléndidos personajes y sus contextos, mediante el recurso de una ironía suave que no desdeña ciertos apuntes sociales. A medida que el relato va avanzando, no podemos dejar de sorprendernos de hasta dónde son capaces de dejarse engañar, no sólo los contribuyentes, sino los miembros más cercanos de la familia, ya sea un esposa, un esposo o un joven amante.

Sin llegar a la sofisticación y complejidad de Seis grados de separación (Fred Schepisi, 1993), que sigue siendo uno de los mejores films sobre estafadores con apuntes satíricos, esta producción de HBO se beneficia también de un elenco de actores secundarios muy destacables, donde se llevan las palmas Annaleigh Ashford, como la sobrina avivada; Geraldine Viswanathan, como la empecinada estudiante; y el veterano Ray Romano, como el jefe de la junta directiva que representa a los contribuyentes.

Arkansas es un thriller criminal que va desgranando una bolsa repleta de trucos para embaucar no sólo a sus personajes, también al espectador. Con el aire pobretón de Simplemente Sangre (Hnos Coen, 1984) y alguna pirueta estilística a lo Perros de la calle (Quentin Tarantino, 1992), el debut en la dirección del pintoresco Clark Duke (también coprotagonista) hace por Arkansas lo que los incomparables hermanos hacían por Texas; transformarla más en un paisaje mental que un estado en el que se trafican drogas. Frog, el líder criminal, gusta de contratar ingenuos con ansias de escalar rápidamente para que le manejen el chiquitaje. Ahora, si algo sale mal, Frog puede transformarse en la más feroz de las bestias.

Y algo sale mal, muy mal en Arkansas. La pareja contratada, interpretada por Liam Hemsworth y el ya mencionado Duke, una especie de Vladimiro y Estragón que se dedican a esperar la retaliación sin saber por dónde les va a venir, se hace tiempo para establecer relaciones: con una enfermera de no tan estrictos códigos morales como en un principio hacía ver (Eden Brolin), un guardabosques que tiene la irreconocible figura de John Malkovich, y una hechicera repartidora de sobres encarnada por Vivica A. Fox.

Arkansas posee escenas muy logradas de violencia, romance, comedia y suspenso, un tono sostenido de no creérsela, y un villano de antología con las trazas de Vince Vaughn.

Más que suficiente para una opera prima.

 

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