Una de las virtudes de Atrapado sin salida (Milos Forman, 1975) era el trabajo de Louise Flechter como la enfermera Ratched que, con economía de recursos contrarrestaba los fuegos de artificio de Jack Nicholson en una de sus interpretaciones más icónicas, encarnando a Randle McMurphy, un preso común encerrado en una institución psiquiátrica. Entre ambos personajes se desarrollaba una lucha entre los impulsos libertarios y anti conformistas de él y la férrea voluntad de ella, personificación del orden, el control y la norma llevados a su máxima expresión. El film tenía un tratamiento realista, un tono tragicómico, sus vertientes góticas atenuadas hasta la invisibilidad, con colores en la gama de los marfiles y los azules. Fue un gran éxito de taquilla y arrasó con los 5 Oscars principales de ese año.

Ratched, la nueva producción de Ryan Murphy para Netflix, se presenta como una suerte de precuela del film, y tiene a la enfermera como protagonista. El presente de la historia transcurre en 1947, con flashbacks que se retrotraen a su infancia o a su desempeño durante la guerra, estableciendo la asunción de que el futuro que narra la película –basada en la novela de Ken Kesey- sería consecuente con el accionar de Ratched en los años 60.

Nada que ver. Murphy tiene una agenda sobrecargada en esta ocasión, muy lejana al equilibrio de envíos anteriores como Feud o El asesinato de Gianni Versace. Si el gótico suele asociarse al exceso, en este caso estaríamos ante un espectáculo pornográfico, una sucesión de asesinatos, trepanaciones, seres humanos hervidos en agua o desmembrados, abusos infantiles, incestos, que desfilan impúdicos por la pequeña pantalla sin escandalizar a nadie, salpicando como los picos de un electrocardiograma una trama narrativa descuidada. En este sentido, estaríamos más en el territorio desmesurado de Brian De Palma que en el de Alfred Hitchcock, aunque abunden las alusiones a ambos maestros (la banda sonora compuesta por Bernard Herrmann para Hermanas diabólicas, los filtros de colores para estados emocionales exaltados de Vértigo y Marnie, los conflictos psicológicos de los enfermos tratados con el mismo nivel de ingenuidad que en Cuéntame tu vida). Pero en Ratched tales estridencias conforman –como un resultado- un nivel de monotonía, dado que no se alcanzan los paroxismos a los que esos directores nos tenían acostumbrados, ya que mucho se impone en virtud del efecto y no del suspenso.

Sin embargo, Ratched tiene sus méritos en la detallada puesta en escena que se columpia entre el kitsch más descarado y el camp más tamizado, también exacerbada en su paleta de colores –las escenas que transcurren en la mansión del personaje de Sharon Stone son un imán para los ojos; el vestuario y las escenografías en general son magníficos- y en las caracterizaciones de los actores. Sarah Paulson (Mrs. America) se luce hasta donde los esquematismos y los virajes de timón que dominan a su personaje se lo permiten, aunque hay situaciones –como las que juega con Cynthia Nixon (Sex and the City, Una serena pasión)- que le permiten desplegar recursos más sutiles. En el apartado “grotescos”, está la siempre disfrutable Judy Davis (Pasaje a la India, Maridos y esposas), componiendo puro gestos espásticos y corrosiva ironía, a la jefa de enfermeras del asilo al que va a parar Ratched tras perseguir los rastros de alguien a quien quiere en demasía. Amanda Plummer (Pulp Fiction) como la excéntrica dueña de un motel, disfruta espiando a la protagonista y diseñando traiciones. Sharon Stone (Casino, Bajos instintos) produce escalofríos como la dúplice madre que lleva a su hijo al desastre y debe pagar una cuenta exorbitante por ello. Vincent D´Onofrio (Full Metal Jacket) exhibe su redondez a lo Orson Welles como un decadente gobernador en busca de votos. Y Jon Jon Briones –el director del psiquiátrico- destaca como el sosías filipino del doctor Frankenstein, admirador de los inventos suizos.

Parte de la agenda del productor radica en la naturalización de las prácticas LGTB para las grandes audiencias. La mayoría de las víctimas en Ratched son hombres heterosexuales, hay una romantización de lo lésbico y de la hermandad entre mujeres, y una zona de conflicto muy interesante pero poco explorada en la bisexualidad de la protagonista. Con sus desniveles, Ratched se constituye en una experiencia mucho más atractiva que Hollywood, el envío anterior de Murphy para Netflix, donde todo lucía demasiado forzado y poco creíble, los muchachos parecían pollos engordados artificialmente con hormonas, y las mujeres, caricaturas.