Por Lara Kitlain  @larakitlain

Si hay algo que me generó el último año de pandemia fue la sensación de extrañar viajar. No saber cuándo volvería a subirme a un avión ni con qué destino. Sin embargo, me di cuenta que lo que más necesitaba era reencontrarme con los míos, compartir, y descansar para iniciar este nuevo año con energías renovadas. Ante esa necesidad, surgió la idea de volver a uno de mis lugares favoritos en el mundo junto con mi familia: Punta Cana.

Playas paradisíacas, arena blanca, agua transparente y un clima cálido que no solo me brindaba el lugar sino que también su gente, que nos hizo sentir como en casa desde el primer momento que llegamos.

En esta ocasión, elegimos hospedarnos en el hotel Bahia Principe Luxury Ámbar, que está situado en la playa Bávaro de Punta Cana, República Dominicana. Es un hotel 5 estrellas, que ofrece plan all inclusive, piscinas, deportes acuáticos, mini golf, gimnasio, excursiones a las distintas islas, entre otras actividades.

También cuenta con un amplio repertorio de restaurantes, entre ellos está el de comida griega, italiana, mexicana, carnes, pescado, todos con una gran diversidad en sus menúes.

En cuanto a las excursiones, en nuestro caso optamos por volver a la paradisiaca Isla Saona, famosa por ser el set de grabación de varias películas, entre ellas Piratas del Caribe.

Para llegar a dicha isla, recomiendo ir bien descansados, ya que el trayecto no es corto, requiere de un autobús de aproximadamente 2 horas y media, y un viaje en catamarán de otras 2 horas. Afortunadamente el staff de la excursión nos mantuvo entretenidos bailando y degustando distintos rones, por lo que el viaje se hizo mucho más llevadero. Es una isla que realmente vale la pena conocer, totalmente virgen, con una vista tan impactante como preciosa.

Mi viaje coincidió con el famoso Spring Break en Estados Unidos, por lo que dentro del hotel se observaba un choque cultural abismal. Por un lado, la pureza y naturalidad de los locales, que nos hacían vivir un sueño caribeño de la noche a la mañana. Y por otro lado, los americanos que buscaban divertirse entre amigos, olvidarse de sus responsabilidades y por supuesto también conocer gente nueva. Algo que también llamó mucho mi atención, era un pequeño porcentaje, pero no menos importante, de grupos de jóvenes que iban de visita desde países de Europa oriental.

Un dato no menor, es que, si bien las restricciones se están flexibilizando, aun seguimos atravesando una pandemia, por lo que el viaje en sí no pudo ser exprimido en su totalidad. Todo el transcurso de la ida y vuelta, desde Ezeiza hasta Dominicana, pasando por Lima, tuvimos que hacer uso obligatorio de mascarilla y face shield, que es una máscara superior de plástico que no se caracteriza por su comodidad.

Las limitaciones en el hotel no eran tantas, principalmente se basaban en el horario o evitar la aglomeración de personas. En cuanto al protocolo, ya que tuve la oportunidad de experimentarlo en primera persona, pude comprobar que es un lugar recomendado para visitar ya que cumplen con todos los cuidados necesarios, mascarilla para transitar dentro del hotel, distanciamiento en todos sus espacios, y ciertos cambios como por ejemplo la eliminación del autoservice, donde ahora debes esperar a que personal del hotel te sirva, para evitar el constante contacto con el otro y que no todos manipularan los utensilios de cocina. También cuentan con una sala medica donde ahí mismo pueden realizarte el estudio de PCR.

En esta situación excepcional que es la pandemia, que trasgrede los continentes, hay un denominador común que va más allá de las culturas, nacionalidades y edades, y es la emoción de encontrarse y esa necesidad de poder sentirse libres, de estar en contacto con la naturaleza, de no perder la conexión humana, aunque sea con todos los cuidados.

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