Dos miniseries europeas, de descomunal éxito en sus países de origen, ofrecen miradas redentoras sobre cuestiones que en su momento sufrieron fuerte estigmatización. Nos referimos a la inglesa Es un pecado y a la española Veneno, la primera abarcando la epidemia de SIDA (enfermedad causada por el virus HIV) en los años 80 a través de las vivencias de un grupo de amigos gays; la segunda dando relevancia a la figura de La Veneno, una transgénero de la que se alimentó a la televisión durante 10 años, hasta su misteriosa muerte en 2016.

En Es un pecado, bajo la responsabilidad de la pluma experta de Russell T. Davies (Queer as Folk, Years and Years), muchachos que huyen de hogares poco comprensivos de las provincias se juntan con otros residentes londinenses para alquilar un departamento e iniciar su vida como adultos en el mundo del trabajo, del estudio y de las relaciones sexuales sin compromiso. Hay escenas de abundante disfrute, ya sea en cuartos privados, pubs o en discotecas, donde la cerveza corre rauda junto con otros fluidos, cercadas por las acechanzas de un virus desconocido que va cobrando su cuota, a la vez que se vislumbra la acción todopoderosa de una prensa homofóbica y la inacción del gobierno neoliberal de Margaret Thatcher. También hay espacio para representar abusos en lugares de trabajo, los efectos de la desinformación y de las teorías conspirativas –algo que vivimos cotidianamente en la presente pandemia-, la negación de lo evidente tanto por parte de los familiares como de algunos de los protagonistas, y la penalización de las víctimas, muchas veces condenadas por el estado y sus familiares a morir solos y aislados en un pabellón de hospital, tan demudado como una prisión.

Junto a los personajes uno puede revivir la angustia que provocaba en aquella época un test Eliza –que, extracción mediante, comprobaba si ya el virus estaba en la sangre- y la detención de las agujas del reloj hasta recibir el resultado, que de ser positivo, en la mayoría de los casos, equivalía a una segura sentencia de muerte, por no haberse descubierto aún un tratamiento para la enfermedad. Y también, recordar el estrechar la mano y el abrazo a un amigo en su lecho agónico.

Pero como ya dijimos, Davis borra el estigma vergonzante sobre el colectivo gay con un “quien nos quita lo bailado” y vuelca la mirada condenatoria sobre aquellos que no se sienten cómodos habitando su propio pellejo o los que –con estrechez de miras- condenan al ostracismo a sus seres más queridos o, en el caso de entidades gubernamentales o instituciones, a los ciudadanos.

Y más allá de la vitalidad que desparraman los actores –todos gays fuera de la ficción- que interpretan al cuarteto protagonista, la candidez de la amiga que los acompaña como un ángel de la guarda, el latido de los maravillosos temas que jalonan la banda sonora —a cargo de Bronski Beat, Pet Shop Boys, Cyndi Lauper, Belinda Carslile, para sólo mencionar unos pocos-, el realismo en los detalles de la vida cotidiana, Es un pecado resulta ejemplar a la hora de contar y visibilizar la tragedia que se llevó a muchos, hundidos en la más cruel de las ignominias.

Con respecto a Veneno, Los Javis —un matrimonio conformado por los juveniles Javier Calvo y Javier Ambrossi— se proponen metas más ambiciosas que las logradas por su Paquita Salas, una serie de tres temporadas que desfilara por Netflix y trataba sobre una representante de artistas de suerte esquiva, interpretada con gracia elocuente por Brays Efe. Aquí se trata de dar cuenta del recorrido de Cristina Ortiz por este mundo a medida que ella misma se lo va contando a su biógrafa Valeria (interpretada por la actriz trans Lola Rodríguez, de asombroso parecido a Juana Viale), con una dosis de imaginación a veces un tanto exacerbada.

Valeria irá escribiendo y vivenciando las idas y vueltas de La Veneno, enfrentando también el proceso de transformación de su propio cuerpo mientras pasa de ser un joven adolescente incómodo con el género que le fue asignado por la sociedad a una bellísima mujer.

Esta estructura de doble andarivel tiene ventajas (la ruptura constante en el orden de la cronología de la historia de La Veneno, la inclusión de su punto de vista que exaspera cada cuestión más allá de la exageración) y desventajas (editoriales un tanto didácticos con bajada de línea desde el punto de vista más objetivo de Valeria, inevitables en este tipo de narraciones pero que la miniserie inglesa evitaba).

El descubrimiento de La Veneno (interpretada a lo largo del desarrollo del personaje por un par de actrices trans: Isabel Torres y Daniela Santiago), una noche de 1996, en el parque del Oeste de Madrid (una especie de bosque de Palermo) donde ejercía la prostitución por parte de una periodista (excelente Lola Dueñas) tiene algo de la seducción de las heroínas de Nippur de Lagash; se la muestra como una suerte de inmensa odalisca con los pechos al aire y una larga cabellera lacia, que destaca en presencia y belleza por encima de sus más modestamente producidas compañeras. El encanto exótico se quiebra cuando abre la boca y brota una retahíla de tacos teñidos del acento de su nativa Adra, una localidad en Almería en la que se paseaba como Joselito, despertando la vocación por el bullying de muchos de sus habitantes.

La periodista la lleva al programa donde trabaja -“Esta noche cruzamos el Mississippi” —y logra con su presencia picos de encendido muy altos. Sin la fineza de nuestra Cris Miró, pero dueña de un desparpajo y una lengua filosa más diestra que la de Flor de la V, es contratada y, a poco, confrontada por su madre en cámara, que se quedó en el Joselito y no acepta su nueva identidad. Conoce al italiano de nariz tan desmesurada como su dote que será su pareja, su manager y su cruz, y además le enseñará usos poco habituales del horno a microondas. Será amparada por otra compañera de correrías –Paca La Piraña, que se interpreta a sí misma en la serie- en su triste y prolongada decadencia, que incluye diverso tipos de estafas y hasta una condena en prisión. Adoptará simbólicamente a su biógrafa y sufrirá una muerte que todavía hoy alimenta sospechas.

Todo lo que antecede y mucho más es manejado con arte de equilibrista por Los Javis, que se van constituyendo en herederos de Almodóvar en cuanto a las sobredosis de camp y rigor en la puesta en escena, aunque un tanto descafeinados en el tratamiento de sus temas. Además de subrayar la explotación de los medios de comunicación y levantarle un monumento a La Veneno como figura de avanzada en el mundo LGBTQ+ de España, logran situaciones que son capaces de producir emociones muy profundas y carcajadas brotadas del esperpento más desequilibrado, sin descuidar la humanidad de sus personajes. No es poco.