La playa está peinada a raya. Hace días que nadie la recorre. El mar se relame pero hasta ahí.

Anoche sonó el teléfono de línea. Hacía meses que no se lo escuchaba. Era tu mamá. La voz muy cascada, apenas un hilito. La reconocí enseguida después de cuánto… ¿30 años?

Me dijo que tu papá había fallecido, que ni tiempo tuvieron de ponerle el respirador. Que no quiso ir al hospital hasta el último momento y que, a los minutos de ingresarlo, partió. Ella no pudo despedirse, por las restricciones que hay. Que pensó que yo querría saberlo.

Bueno, ella por lo menos pudo tenerlo una eternidad a su lado. Nosotros apenas tuvimos un par de años hasta que te fuiste.

El cielo está irisado, la brisa es fresca, la arena se opone a las zapatillas.

Te cuento lo de tu papá por si te lo encontrás por ahí. Espero que no le guardes rencor por no haberse despedido de vos… Siempre nos la hizo difícil, pero bueno, quizás tu pérdida lo haya cambiado un poco. O el paso de los años. Se la notaba triste a tu vieja. La voz que le escuché no encajaba con la imagen que tenía de ella, sostenida de la cartera, a los pies de tu cama, ésa con las barras de metal.

Mirá cómo se dio maña para ubicarme. Me habrá rastreado por la Capital y alguien, quizás mi hermano, le habrá dicho que estaba en la casa de la playa, ésta que te gustaba tanto y en la que llegaste a planear que sería el lugar ideal para que habitáramos.

Estábamos en la playa, sobre la arena, de cara a este cielo, y me decías que yo era la luna y vos el sol. Que bajo este cielo debíamos permanecer, lejos de la agitación, los embotellamientos y los no de los demás. Recuerdo haber sentido esa noche, en ese momento, que nuestro amor era el paraíso, fuera acá, en la Quiaca o en Madagascar, pero no quise contrariarte.

Al poco tiempo te empezaste a agotar con las toses y nos tuvimos que volver. Fueron semanas hasta que esa piel que tanto acariciaba se pobló de géiseres secos y oscuros, y los médicos, entre azorados e incapaces, recomendaron la internación.

Te resististe lo que pudiste, hasta que tu delgadez sobrepasó la de los anacoretas y, una mañana, tuve que cargarte en una alfombra persa amarilla y negra que, atravesando la ciudad, nos entregó al hospital. La tos te ahogaba entre mis brazos y supe de qué color era tu sangre sobre mi remera. Al mismo tiempo, como en rebelión, otra pandemia atacaba a los precios, y las góndolas no paraban de acercarse al cielo de los supermercados.

Mientras te apagabas, el país entraba en convulsión, una de tantas. Yo sostenía tu mano de cera e intenté un par de veces transfundirte un poco de mi alma con los labios, pero los médicos dijeron que no había remedio. Uno de ellos, cuando advirtió lo que intentaba hacer, me ordenó que me dejara de hacer porquerías. La enfermera morocha siempre fue más comprensiva; estaba acostumbrada a los intercambios de fluidos, sus ojos habían olido demasiada miseria espiritual en esas camas que nos rodeaban. De repente, como un barco quieto, el tiempo se estancó a tu alrededor. Tras una noche de estertores y más furor bermellón sobre las fundas, las sábanas, esa mañana, entre las 8.23 y las 8.25, nunca lo pude precisar, me dejaste sin paraíso y me regalaste un purgatorio.

Hasta hoy, tu presencia me ronda, brota de un hueco profundo y me habita.

Levanto la vista y veo la luna, pero todavía falta el sol.