Roberto Burle Marx (1909-1994) es el paisajista latinoamericano más relevante. Su obra redescubre el paisaje nativo tropical desde una perspectiva modernista. Su intercambio con el arquitecto Oscar Niemayer transformó el concepto y el diseño del espacio público en Brasil llevando la vanguardia al alcance de todos. En esta nota, presentaré tres ejemplos de esta fusión de arte, naturaleza y urbanismo.

Viaje de estudio a San Pablo. Nos alojamos en la zona conocida como Jardins, nada más auspicioso. Allí mismo se dio mi primer encuentro con el espacio público brasilero: el Parque Trianon, inaugurado a fines del siglo XIX, diseñado por Paul Villon, en el que a partir de 1968, con la intervención de Burle Marx, se implementaron varios cambios en torno a un nuevo concepto de identidad nacional, dándole total importancia a su condición de ser la única reserva de Mata Atlántica de la región, incorporando y desarrollando sotobosques selváticos con especies locales. No casualmente 1968 es el año de emergencia de la vanguardia contracultural llamada Tropicalismo, que tuvo como referentes más visibles a nivel internacional a Helio Oiticica y Caetano Veloso. El tropicalismo se planteaba como una imaginación alegórica de la modernidad brasileña en una tensión entre lo nuevo y lo arcaico, entre tecnología y naturaleza.

El parque se despliega como selva. Amplios caminos lo recorren, pudiendo hallar rincones y bucólicos senderos que extrapolan la percepción, abundantes aves aquí hallan su hogar, y sus expresiones se sobreponen al bullicio de la icónica Avenida Paulista, epicentro de la modernidad brasileña.

Tan grata me resultó la existencia de un espacio público que, a su vez, conserva y exhibe la flora y fauna nativa, formidable referencia para el ser urbano, para enamorarse de esa jungla con la que ya no convive y a la que ha logrado someter.

El diseño alterna caminos de diversos anchos todos en el clásico empedrado portugués, senderos circulares que evitan acercarse demasiado a los bordes conservando el efecto exótico y sorpresivo en la percepción de espacios, plantas y pájaros que parecieran ser descubiertos cada vez.

Esta superficie de casi cinco hectáreas está dividida por la calle Alameda Santos que dibuja dos mitades rectangulares equivalentes. Este es un formato excelente para llenarlo de curvas en su interior, que se distribuyen abarcando los paseos con mucho recorrido en relativamente poca superficie. El efecto es que el marco denso de selva de los islotes resultantes minimiza los puntos de contacto visual entre las personas, clave perceptiva en este tipo de búsqueda: la sensación de encontrarse en una selva y no en una ciudad.

Además, hay en estos paseos diversos objetos y esculturas, bebederos de piedra, bancos de madera rústicos, que contienen y descansan la mirada del caminante.

En mi recorrida me sentí saciado y guiado por el diseño, encontrando siempre puntos de atención. La mirada reposa en un poderoso Neptuno de piedra, o bien se escapa fugándose en un cielo con marco de palmeras y árboles gigantes… ningún edificio se ve desde allí, sublime de tan sutil, de tan sencillo, tan ausentes sus creadores, como debe ser, sin ‘marcas registradas’.

El espacio público se vuelve escuela, museo y solaz de todos.

Ejemplares con sus marbetes indicando su momenclatura botánica y popular, su origen y algunas historias, dan lugar a múltiples intereses o maneras de acercar al ser humano moderno a su medio ambiente y dejarse influenciar cada uno a su manera.

Un parque con esas características es un enclave cultural y manifiesto histórico, refugio de la velocidad natural citadina, espacio de amor por aquel esplendor que precedió a la cultura nacional.

La segunda experiencia fue con el Parque Burle Marx, al sur de la ciudad, en la Vila Andrada. Creado en 1995, luego que en 1990 se demoliese finalmente la inconclusa casa que su amigo personal el arquitecto Oscar Niemayer proyectó en la década de 1950, no fue inicialmente pensado como paseo público sino como jardín privado que vinculase la vivienda con el entorno salvaje y selvático.

Al recorrerlo me sucedía algo diferente que en el Trianon, la sensación era más de contemplación, un pleno de césped puro con sentaderas longitudinales permite abordar con distancia los morros frondosos, detrás de los que actualmente se asoman atrevidos edificios, que igualmente las irregulares catorce hectáreas neutralizan por contraste directo.

Cuenta con una importante construcción de alto valor histórico de estilo portugués. El trabajo de paisajismo se vuelve más definido e intensivo en torno a la casa, correspondiéndose jardines y arquitectura en un vínculo de transición indispensable para respaldar la presencia humana.

Es precisamente allí donde Arquitecto y Paisajista deben complementarse y sostenerse mutuamente, estos procedimientos en la gestación de cualquier hogar deben tomarse a la manera en que tantas veces procedieron Niemayer y Burle Marx, con respeto y unidad. Lamentablemente en la actualidad el papel del paisajista como diseñador del espacio a cielo abierto de una vivienda, se encuentra devaluada, pero en esta dupla sinérgica está la diferencia que hizo futuro en Brasil.

El complemento que muchas veces justifica los geométricos y pictóricos diseños del paisajista es la naturaleza y su orden; el parque posee senderos a diferentes alturas, con muros y escalinatas de piedra, donde lo que se planifica es por donde recorrer esa selva nativa. Senderos (trilhas) en medio del mato hacen que se pierdan las referencias arquitectónicas urbanas. Por momentos, el visitante se siente abrazado e interpelado por esa selva como un explorador.

Por último me entregué al pulmón de San Pablo, el colosal Parque Ibirapuera, producto de la intención modernista surgida principalmente del modelo forjado por el Central Park de Nueva York.

La idea se consolidó a mitad de siglo XX, Niemayer y Burle Marx fueron los elegidos para su planificación.

La zona era inundable y los lagos gigantes marcaron la escena, además de eucaliptos, que ayudaron al secado superficial del suelo. Hoy con más de 80 años, se ven algunos de estos gigantes australianos que, ya ancianos, cumplieron la tarea que se les encomendó, siendo los pioneros.

Esto me llevó a reflexionar sobre la jardinería y cómo contamos con árboles como herramientas dinámicas para ocupar espacios no aptos para la vida humana. Benditas sean las planificaciones procuradas con paciencia y observación!

Comprender los tan denostados proyectos de largo plazo y etapas necesarias previas, que en planteos a gran escala son fundamentales y deben realizarse según sus demandas, es una tarea central de los planificadores, con prioridades claras y practicables.

Volviendo al Ibirapuera, noté la importancia del desarrollo de actividades culturales dentro del predio, que se jerarquizan mutuamente: hermosa arquitectura en hermoso entorno. El frecuentar de los habitantes por múltiples factores mantiene al espacio plural y abierto, lo cual requiere un compromiso pleno por parte del Estado y la ciudadanía.

Bosques de gomeros (Ficus elastica) me conmovieron, formaciones de Alpinias+Heliconias+Strelitzias nicolai y reginae se destacaban en fondos de palmeras: todo estaba ahí para mí, lo tropical, el fondo y la figura que se recorta, lo obvio repetido, el verde permanente, lo barroco exuberante, eso sentí del jardín tropical, exagerar para sintetizar y conquistar el corazón de un pueblo que en su mayoría conserva el atavismo anacrónico del temor a la naturaleza.

Ya hemos despreciado y malogrado lo que el planeta gestó en millones de años, y eso no volverá. Ahora es nuestro momento de proponerle a lo arrasado un destino acorde a nuestra vida moderna, que definitivamente necesita complementar tanta racionalidad del pensamiento con un orden otro, fundador de todo lo otro que está vivo y no es humano.

No es por nostalgia, sino por necesidad que volvemos a la fuente. En un antiguo calendario agrícola de la China, convertido en oráculo por Confucio, y llamado Libro de las Mutaciones, se advierte que todo lo que fue echado a perder por la humanidad sólo puede ser restaurado por ella misma.