Luego que Judas and The Black Mesiah y The Trial of the Chicago 7 compitieran por el Oscar a mejor película, BBC Play estrenó la serie Small Axe y fue la gran favorita en los premios BAFTA. Este aluvión de títulos con la lucha por la igualdad racial como eje y las Panteras Negras en sus tramas dejan al descubierto los cortocircuitos, chispazos e incendios que ocurren en las interconexiones sociales, pero sobre todo, que la muerte de George Floyd no fue en vano.

“Si vos sos el árbol grande, nosotros somos el hacha pequeña, listos para cortarte”, dice una letra de Bob Marley & The Wailers que le da el titulo a Small Axe, la serie dirigida por Steve McQueen que ya se puede ver en diferentes plataformas y que con 15 nominaciones se convirtió en la principal candidata para los premios BAFTA de este año.

Esta antología de cinco episodios repasa los principales eventos que marcaron el sufrimiento y la lucha de la comunidad negra en Londres entre los años sesenta y ochenta desde la mirada de alguien que, por ser antillano, sufrió estas injusticias en carne propia. De hecho, McQueen ya exploró la temática racial en 12 Años de Esclavitud, película por la que ganó un Oscar en 2013, donde ya retrataba la idea de la comunidad como resistencia con la cultura musical de Jamaica como soundtrack y religión de fondo.

Steve McQueen durante el rodaje de Small Axe.

El primero de los cinco films de esta saga emitida por la cadena pública BBC recrea el juicio a los nueve activistas arrestados injustamente por protestar contra la violencia policial sobre la comunidad negra en Notting Hill. Mas específicamente, contra los abusos de la fuerza en The Mangrove, el pequeño restaurante de comida caribeña que frecuentaba el mundillo artístico e intelectual y que dio origen a la lucha por la igualdad racial en la capital del imperio.

Para entender el odio, hay que remontarse al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando los soldados del ejército británico salidos de Jamaica, Trinidad o Granada regresan a sus islas y encuentran sus campos arrasados por huracanes. Sin trabajo, lo más coherente era ir a Estados Unidos, pero la nuevas leyes migratorias lo hacen imposible. En 1948 zarpa del puerto de Kingston el Empire Windrush lleno de emigrantes caribeños que por primera vez desembarcan en las ciudades británicas como ciudadanos libres.

Pero estos ex combatientes descubren que sin uniforme ya no son soldados de la Reina, sino ciudadanos de segunda. Muy pocos los aceptan como inquilinos y terminan hacinados en barrios como Notting Hill o Brixton. Estos hombres jóvenes comienzan a relacionarse con mujeres blancas y así empiezan los problemas. El acoso de los fascistas y los Teddy Boys aumentan, mientras la policía mira para otro lado.

Entonces llegamos hasta el 9 de agosto de 1970. Una protesta callejera para que dejen de acosar al Mangrove termina en violentos enfrentamiento y los principales organizadores son llevados a juicio. Los 9 del Mangrove quedan al borde de la cárcel, o si tienen suerte, pueden ser deportados. Entre los acusados, estaba Frank Crichlow, dueño del icónico local y también Altheia Jones-LeCointe, líder del Partido de las Panteras Negras británicas. El aporte de esta agrupación nacida en Estados Unidos en 1966 como una organización revolucionaria, socialista y negra se había hecho popular en otras partes del mundo y Londres no era una excepción.

Judas and The Black Mesiah, el film de Shaka King que recientemente compitió en los Oscars a mejor película, reconstruye la historia de William O´Neal, un ladrón de autos convertido en informante del FBI y de Fred Hampton, el presidente de Las Panteras Negras. La trama revela ese mismo racismo institucional, capaz de llegar a los más altos niveles de los organismos del Estado, tejiendo una conspiración entre la policía, los servicios de inteligencia y los políticos que culminaban en el asesinato de Malcolm X. “Se pueden matar revolucionarios, pero no se puede matar la Revolución”, era una de las consignas que repetía Hampton, sin saber que su vida también terminaría a manos de ese engranaje conspirativo.

El Juicio a los Siete de Chicago, que también compitió como mejor película en los Oscars de este año, se sitúa en 1968, cuando ya habían pasado 4 años de una guerra absurda en Vietnam y muchos sectores de la sociedad (estudiantes y afroamericanos principalmente) se movilizaban para ponerle fin. En el aire flotaban los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy. Las represiones estaban a la orden del día y entre los siete acusados por los disturbios en la convención demócrata de Chicago estaba Bobby Seale, fundador del Partido de las Panteras Negras, que fue quien más sufrió el autoritarismo del juez representando el racismo de un sistema que tiene de todo menos justicia.

“Hemos perdido muchas cosas en los últimos seis meses de nuestras vidas. Llega un momento en el que debemos parar y pensar. Ojalá George Floyd estuviera aquí hoy. Preferiría que él estuviera aquí, pero lo único que puedo decir es que no murió en vano y que estas películas de Small Axe son parte de la narrativa de ser una persona negra en este mundo”, explicó el director McQueen en una entrevista reciente.

En el Juicio a los 9 del Mangrove, Darcus Howe y Jones-LeCointe deciden representarse a ellos mismos ante una corte que por fin determina que no cometieron actos criminales ni incitaron a la violencia. En cambio, encuentran evidencia irrefutable de odio racial en el accionar de la Policía Metropolitana. No solo habían triunfado en el juicio, sino que le habían dado a la comunidad negra herramientas para defenderse de los abusos. “No se combate el fuego con fuego, se combate con agua. No se combate el capitalismo con capitalismo, sino con socialismo”, había dicho el Che Guevara en un momento en el que todavía no se combatía con películas y series, y mucho menos, se podía imaginar a las Panteras Negras como los nuevos superhéroes.