La primera vez que fui al cine Doré estaba más cerca del after que del descanso y Madrid ardía con casi 40 grados. Mi amigo yo vagábamos cual yonkis en busca de un refugio carecidos de energía para trasladarnos hacia un alivio aledaño:

– Necesitamos algo cerca, frío, oscuro, y donde se pueda tomar una copa. Y que no sea un spa (ese plan ya estaba agotado), le dije.

– Vamos al Doré. Te va a gustar.

El Cine Doré es un cinematógrafo de 1912 que se transformó modernista en 1923 y es, desde hace treinta años, cede de la Filmoteca Española. Lo guió la fascinación por la imagen en movimiento que existía desde que un concesionario de Lumière instaló el primer cinematógrafo de Madrid en el desaparecido Hotel de Rusia, en 1896.

Para ese entonces, las películas se proyectaban en teatros o salas itinerantes y a medida que aumentó el metraje, se fueron construyendo salones especiales, fundamentalmente de madera pero que dejaban entrever aires monumentales para atraer al público: decorados de escayola, adornos dorados, mármoles relucientes, columnas corintias, palmeras Kentia fueron algunos de los elementos preferidos y que el Doré aún conserva.

No estaba segura si un cine era la perfección para nuestro alivio, pero la inexistencia de mejores opciones y la descripción de mi amigo ocultaron mi duda. Además, vermut pre -y post- función y una cartelera alternativa (con films independientes, extranjeros, cine de culto, de autor, documentales, cine experimental y algunas premiadas más mainstream) parecían confirmar la decisión.

Inherent Vice

Chequeamos los horarios (sólo se proyectan tres películas por día) y aún estábamos a tiempo de llegar a la función de las 18: Inherent Vice, dirigida por Paul Thomas Andreson, basada en la novela de Thomas Pynchon y protagonizada por Joaquín Phoenix. Si bien se estrenó en el 2014 ninguno de los dos la había visto y parecía tener todos los condimentos que pedíamos: misterio, sexo, asesinatos y drogas, con flavours de GTA Vice City y cuotas de Scorsese y Tarantino.

Por supuesto, llegamos sobre la hora y esos primeros tragos del vermut que nos reviviera tenía que esperar.

Unos pocos minutos en la sala-bar, fueron suficientes para captar el anacronismo y halo nostálgico del Doré, reflejado en la infraestructura de columnas griegas y azulejos azul Francia y en parte de su concurrencia, que si bien obviamente ninguno databa 1923, algunos parecían añorar tomar su vino en el ya inexistente cine de verano que guardaba el patio en la época de más esplendor.

Nos tocó la sala 1, reconstrucción de cuando Cine Doré era Salón Doré. La magnificencia de esos años en los que la imagen en movimiento tenía, solo por el carácter novedoso, más magia que en la actualidad se mantiene intacta en ese espacio. Suavizados por el medio y aliviados de extinguir el ahogo, nos hundimos nuestros restos en las butacas designadas.

El film duraba tres horas o más y antes de la mitad mis ojos que tanto tiempo abiertos suelen mantenerse, necesitaban un poco de black out. Traté de no ser vencida, sobretodo porque todavía no estaba claro mis sentimientos encontrados con respecto a la proyección. Pasaron varios minutos de guerra entre mi sueño pospuesto y mi voluntad de vigilia y cuando estaba por confesárselo a mi amigo, él se adelanto. Abandonamos la sala aniquilados (algo que jamás había hecho) y me fui intentando contener esa mística del lugar.

Volví a ver Inherent vice dos veces más, ya en Buenos Aires. No puedo decir que me gustó, tampoco que no lo hizo. Ni admiración ni desagrado. Mas bien incertidumbre por la presencia de esa cierta indiferencia que me pasaba aún cuando estaba todo lo que tenía que estar. Tal vez que mucho bodrio aplacó el delirio, la adicción y cierta ironía y quedé desorientada.

Pas de repos pour les braves

Unos meses después, de vuelta en Madrid quise volver al Doré. Googlié la cartelera y Pas de repos pour les braves, sería la elección para volver a las filas y butacas numeradas de, esta vez, la sala 2 (en total son tres). No había leído ningún review de la peli, ni iba a hacerlo. Muchas veces me gusta no saber lo que me espera.

Mismo horario que mi primera vez: 18 horas. Estaba recién aterrizada de Berlín, con una acumulación aguda de intensas horas de celebraciones y con un intento fallido de dormir ese rato de avión que suponía ser mi power nap. El último disco de Yak “Pursuit of Momentary Happiness” fue el responsable de mi distracción sonámbula abordo.

Otra vez llegué sin tiempo para ese vermut imposible. Entré a la sala (más moderna, nada que ver con la 1) y me senté en el lugar asignado: fila 8 butaca 5. Cuando las luces se apagaron y vi un lugar libre en la butaca de adelante -la 7- me cambié. Veía mejor y ahora que lo pienso, el número me gusta más.

No pasó tanto tiempo para que el absurdo del cansancio empezara a hacerse notar. Aunque me enojaba repetir el “patrón doré” más aún cuando el sueño no suele afectarme, una bella coherencia frenó mi indignación: la trama se basaba en el padecimiento de un chico que soñó que si volvía a soñar, moriría y para sobrevivir intentaba quedarse despierto.

Que la situación trascendiera la pantalla y me perteneciera me pareció grato. También me llevó a pensamientos que tenía de chica sobre la realidad/ no realidad onírica/ no onírica y la caprichosa designación humana al respecto. Es más, antes de viajar encontré en mi campo unos cuadernos de mis once y doce años y uno de ellos explicaba (aún correcta) la teoría:

WHAT IF YOU DIE AND THE YOU WAKE UP?

Logré terminar la película entre desmayos sin la seguridad de si me había gustado mucho o un poco. Aún así rescaté lo positivo: la quietud me devolvió la energía para salir con un amigo que pasaba de visita por Madrid unas pocas horas.

Ir al cine se parece a ciertas ilusiones (y por qué no, sueños). Las figuras y formas son espectros que despiertan algo de lo que nos subyace. Hay películas que mas que contar una trama, crean sensaciones a través de la creación de una atmósfera. En este sentido, el Doré repercute demasiado: Fritz Lang, Alain Guiraudie, no importa quién o qué se proyecte. Todos será, inevitablemente más afectado que en un cinema “neutro”.

Walter Benjamin, con la intención de indagar en la estética profana, propuso la noción de aura como producto de la fruición del espectador y es una noción privilegiada para entender el lugar del arte después de lo sagrado. Haciendo una lectura opuesta, sigo sin saber si el contundente éter del Cine Doré fue lo que me trasladó a un estado poco común o si simplemente fui con mucho sueño. Para averiguarlo tendré que volver a ir…Como canta Fred Bongusto, che bella idea.