Una bella princesa, pasada de alcohol, languidece bajo las luces de un boliche, despatarrada en un sofá. Un joven y prometedor príncipe acude en su ayuda, se ofrece a acercarla a su casa para, desviándose en el camino, depositarla en la cama de su departamento de soltero. La princesa, cínica, se transforma en bruja y le enrostra al varón su conducta, mucho más difundida de lo que uno cree. Cassie (Carey Mulligan) nunca había perdido la conciencia; lo suyo era una simulación, una audaz trampa caza bobos que transforma en impotentes a los aviesos depredadores.

Con esta actitud Cassie va tachando palotes en una libretita. La motiva un hecho traumático que vivió cuando estudiaba Medicina con excelentes promedios y provocó?—?entre otras cosas?—?que abandonase la carrera. No se detendrá hasta cargarse a los responsables.

Lo que luce como una tópica trama de thriller de venganza, en manos de la debutante Emmerald Fennell (responsable de la temporada 2 de Killing Eve) se transforma en una de esas bombas que?—?al estallar?—?arrojan dardos ponzoñosos en distintas direcciones. Si el thriller en algún punto se distingue por jugar con lo que ocultan las apariencias, el objetivo aquí son esos varones educados, cirujanos, pediatras, abogados, que tienen un excelente concepto de sí mismos y que se han confabulado?—?casi naturalmente?—?para que sus crímenes queden impunes, mientras circulan disfrazados de corderos, apoyados por otros varones insospechados, instituciones y algunas mujeres que hacen del “no me va a pasar a mi” un escudo.

La venganza de Cassie tiene un clímax que es difícil e incómodo de ver, pero hemos llegado hasta ahí atravesando sarcasmos e ironías varias, hasta una parodia de romance empalagoso, que hace que nuestro paseo sobrepase baches y áreas turbulentas con la ligereza de una fantasía tan colorida como el esmalte de las uñas de la heroína.

Y decimos “fantasía” porque los colores están saturados como recargados los peinados de Cassie, o el interior de la casa en donde habita junto a sus padres, que parecen moverse en cámara lenta y anclados en un temporalidad arcaica. Las elecciones musicales con que la protagonista subraya sus peripecias podrían pertenecer a un cuento de hadas, a un musical de Broadway o al más tóxico de los temas pop.

La fiereza con que Mulligan se aferra a un papel por demás jugado y comprometido nos recordó a la gran exposición que sufrieron Kathleen Turner en Crímenes de pasión (Ken Russell, 1984), Jodie Foster en Los acusados (Jonathan Kaplan, 1988), y Theresa Russell en Contratiempo (Nicolas Roeg, 1980). Por su variedad de recursos y la plasticidad con que esta joven actriz los despliega, merece una nueva nominación para el Oscar en su incuestionable carrera.

Y si este comentario ofrece poca data es para que disfruten y se sorprendan y padezcan con lo que la directora-guionista les tiene preparado. Un film tan inteligente y ácido se produce muy de vez en cuando.