Aunque, minutos antes, me había parecido que esa mesa de afuera me estaba esperando, la cuestión definitoria para finalmente sentarme fue la presencia de rosé seco y queso de cabra en la carta. No fue en absoluto mala idea. Tal agrado me mantuvo fumando un pucho extra con mi plato aún no levantado, mientras me sometía a escuchar “Inside out” en loop que sonaba desde adentro, y curiosamente me tornaba más sensible que lo habitual.

Levantar la vista y ver los maceteros con pseudo-malvones del hotel enfrente me atinaba. Mi Gitanes corto se consumió lento en el cenicero del restaurant que encontré en el Mitte aledaño al Boros.

WHAT ARE WE GONNA DO IF WE LOSE OUR FIRE?

Fue la pregunta que de la nada me ultrajó. No era el momento de resolverlo. Faltaban dos minutos para las 16:30, mi horario de cita en el búnker de Berlín y yo me encontraba, precisamente a dos calles.

Me acerqué a pagar a la barra y caminé a paso veloz por las calles que me conducirían, por primera vez, a la colección de arte contemporáneo de Karen y Christopher Boros (la pareja que adquirió el búnker para alojar sus piezas en 2008 y construir el penthouse en donde viven, inspirado en Mies van der Rohe y Tadao Ando).

— “Tenés que pedir cita con un mes de anticipación”?—?,?—?“No vayas con mucha gente porque no vas a encontrar appointment”?—?, eran algunas de las recomendaciones que había recibido y que, en algún punto, me recordaban a la catarata de habladurías (la mayoría en vano) que había escuchado hacía un par de años previo a mis primeras incursiones en Berghain.

Aparentemente la suerte -cosa en la que no creo- estaba de mi lado y el día en que pensé en el Boros, bookié mi lugar para precisamente, dos días después. La facilidad no me quitaba entusiasmo. Después de todo esa implicada que llaman suerte, suele ser mi amiga.

Llegué a la puerta lateral, en Reinhardtstr. 20. Podría haber sido la entrada a cualquier antro, pero no. Era la de una de las colecciones de arte contemporáneo más codiciadas del mundo, dentro de un imponente búnker de cinco pisos, tipo M1200 (número que indica su capacidad) pero con registros que aseguran el resguardo de 4.000 personas. Fue nada menos que Hitler quién le encargó el diseño a Karl Bonatz, que tuvo que ajustarse a las premisas de Albert Speer, el arquitecto jefe de la Alemania nazi.

Atravesé un corto pasillo de concreto. Un cartel con “NO WIFI- NO INTERNET” escrito a mano con Edding 3000 o alguno por el estilo, se apoyaba en el mostrador de cemento de “recepción”, donde una chica con pelo albino y camisa de seda (sino me equivoco de Acne studios) me dio la bienvenida. Me preguntó mi nombre, lo tachó de la lista y me dio una ficha para que dejara mi cartera y tout dónde guardaba el libro que aún no terminé de leer y mi cuaderno. También exteriorizó el típico “NO PHOTOS” que suele escucharse en varias fiestas/discotecas y me indicó que no había ningún problema con tomar notas. Es como si el hecho de reducir a la retina el registro (y testimonio visual) cargara la seguridad del secreto. Me hace pensar en el valor del relato y la palabra contra la videncia, lo permanente. Y en cuales son esas situaciones en las que se sobrevalora a la imagen sobre la palabra

Dejé mis cosas en el locker y me encontré con un guía con un impoluto monocromo negro que contrastaba su atrapante palidez: vestía una camisa de shantung negra con un palazzo de seda de tono exacto y brillo dispar que dejaba entrever la exagerada punta de sus relucientes botas de cuero. Un delineado sutilmente perfecto resaltaba sus ojos ámbar y una colita tirante y bien baja raya al medio sujetaba su luminoso pelo azabache. Podría haber sido un personaje de “Una Nueva Esperanza”, el Episodio IV de la Guerra de las Galaxias o un modelo de Rick Owens, quizás. Nos sonreímos y me condujo a través del brutalismo hacia una recepción con libros, publicaciones de arte y una bandeja con botellas de agua con rodajas de limón y pepino y unos vasos simples y lindos:?—?“Your guide is about to come. You can wait here”?—?.

Me parecía escuchar a lo lejos un ruido intermitente, como de una tecla. No entendía si estaba flasheando o qué. Por supuesto que el hermetismo de la construcción impedía percibir cualquier sonido proveniente del mundo exterior.

Estaba entretenida ojeando un libro de Tracy Emin cuando llegó la persona que me llevaría a mí y otros once por los pasillos de esa hermeticidad. Era una chica hermosa, llevaba un vestido que me recordaba al de Kate Moss en “Some velvet morning”, aunque mucho más largo y oscuro. Nos encaminó al sector de al lado, al cual a medida que nos acercábamos, sonaba más fuerte ese sonido de tecla que creía haber inventado en mi mente.

Llegamos a un cuarto (igual a todos, claro) donde había sillas de hierro negras enfrentadas a una gran obra incrustada en la pared. Parecían fichas alineadas, todas negras, macizas que formaban un gran rectángulo cual pantalla de cine. La guía empezó a contarnos la historia de esa inmensidad de hormigón que además de haber sido un refugio antiaéreo nazi (1942), prisión de los servicios secretos de Stalin (1945) y almacén de frutas exóticas cubanas (de ahí el nombre de Banana- Búnker), fue uno de los clubes más hardcore de la época (1992) y ofreció, hasta que la policía lo cerró, cuatro años de techno, vehemencia y fiestas sexuales. Cuando pensaba que mi Berghain-sensation al ingresar había sido acertada, las teclas otra vez. Ahora innegables.

Los doce visitantes miramos al frente y vimos como una línea de fichas de la enorme obra de Kris Martin que creíamos quieta se movía, ocasionando esa onomatopeya que perseguía. Suponía asemejarse al display de las estaciones de tren, a la espera de la información del afuera, a la espera de un tren, de un horario, de algo. De esperar a Godot. De todo lo absurdo. Me gustaba.

Además de enterarme del uso de ventanas falsas para despistar al exterior, del sistema de temperatura estable y de ver desaparecer a parte del contingente para luego llegar al mismo sitio a través de un sistema de escalinatas creado por Leonardo Da Vinci, me sumergí en la delicadeza de Andreas Erikson y en las transformaciones de Uwe Henneken, pasando por la seductora ironía audiovisual de Guan Xiao, la desesperación de Whilem Sasnal y la contundencia de Michael Sailstorfer:

IF I SHOULD DIE IN A CAR CRASH, I WAS MENT TO BE A SCULPTURE.

Una visita al boros va desde fungi y humedades producto de bombas de la guerra a un minimalismo moderno digno del nuevo Celine. Es inhalar Hitler, dark rooms, Stalin, frutos cubanos y Art Basel. Es creer que será de noche al salir y que aún sea de día (otra que puede pasar en Berghain).

Salí contenta a tomar un café por Kreuzberg antes de pasar por en aquel entonces casa a darme una ducha y vestirme para una cita. Sentada en el patio de Obermaier, entré a la web de Voo Store. Fue curioso encontrarme con que la chica del Animalier Coat de Miu Miu, entre muchos otros looks era mi guía del Boros.

Cuando todo está tan integrado, da que pensar. O no…la confluencia al final es simpleza. Tomé el U-bahn a Neukolln escuchando The White Stripes. Sólo debía elegir qué ponerme y dónde iríamos por más rosé seco.