Si uno quiere sentir lo que experimentaba Van Gogh en el último tramo de su vida, el nuevo film de Julian Schnabel (Basquiat, Antes de que anochezca, La escafandra y la mariposa) es el vehículo adecuado.

Especialista en biografías de artistas o personas con discapacidad, él mismo pintor, Schnabel nos sitúa en la percepción de uno de los virtuosos más torturados; cómo siente la naturaleza –se trate de paisajes, personas u objetos- y la concreta en sus cuadros con el brazo convertido en un rayo que cae sobre la seca superficie del lienzo. Para eso recurrirá a un lenguaje de tipo expresionista para representar al último de los impresionistas, filtros en la imagen para dar cuenta que lo que ve el pintor tiene una marca subjetiva, cámara alocada para trasladar al espectador el frenesí y la sed de vivir del protagonista, diálogos que se repiten en su cabeza como si fuera una cámara de resonancia.

Algunos de esos recursos para darle forma a la locura pueden terminar agotando al espectador (la cámara vivaz), otros parecen salidos de una película de 1945 (las voces). Así y todo, Schnabel destaca más por las imágenes que por los diálogos: a veces pone en boca del pintor frases de un alto nivel de auto conciencia de su lugar en la historia del arte, del tipo “soy un pionero y por eso nadie me comprende”.

Las cimas de alto voltaje emocional -una joven que se niega a posar de la manera en que Vincent desea, llevando a que él la articule como si fuera un muñeco confeccionado con piezas de mecano; la irrupción de una excursión escolar cuando está en plena tarea creativa, fundido con el paisaje, su brazo un traductor de un trazo abrupto alzado por la iracundia-, están bien concebidas. También las escenas con Gauguin –una suerte de médium con el espectador para enhebrar las ideas artísticas de Vincent- y aquellas en las que aparece su hermano, Theo. Otras, como el interrogatorio de un cura, se vuelven tediosas por la banalidad del intercambio.

Párrafo aparte merece la interpretación del loco del pelo rojo que hace Willem Dafoe (nominado para el Oscar), la cara llena de arrugas a lo persiana veneciana, los ojos capaces de expresar tanto las bondades de un día soleado como los postrimerías de la noche oscura del alma. Dafoe es uno de los grandes actores contemporáneos y sabe trasuntar como alquimista lo beatífico y lo demoníaco. Su cuerpo de a ratos muestra la contundencia espasmódica de la gelatina, de a ratos el escozor del alambre. Contribuye el estar rodeado de un elenco de notables intérpretes europeos que le dan carnadura a personajes más perecederos que el bloque de percepciones que encierra cada una de las obras del pintor: Niels Arestrup se luce como un roommate en un manicomio, Oscar Isaacs como un Gauguin de razonamiento lúcido, Emmanuelle Seigner como una dueña de posada comprensiva, Rupert Friend como el amado Theo, Mathieu Amalric como un médico de expresión lunática, Madds Mikkelsen como el sacerdote de rasgos esculpidos en piedra. Todos ellos elegidos más en virtud del physique du rol que de otras cualidades.

El Van Gogh de Schnabel atraviesa la época en que los girasoles ya están secos y con el tallo quebrado, pero la labor hipnótica de Dafoe lo hace altamente meritorio.