Una de las virtudes de la vida en eterna cuarentena son los botines que se disponen ante espectadores indiscretos. Dos documentales recientes, El silencio es un cuerpo que cae (2018), de Agustina Comedi, y Un sueño hermoso, de Tomás de Leone, fueron exhibidos, el primero por el canal Encuentro, el segundo como estreno en la plataforma Cine.ar. Si bien las materias que tratan son disímiles, poseen varios puntos de confluencia.

Una cámara de video ausculta el David de Miguel Ángel con curiosidad glotona para descender hacia una mujer y una niña que sonríen receptivas hacia quien la empuña. Ese barrido desde el hombre ideal del Renacimiento hasta la esposa y la hija esquematizan el desplazamiento entre el deseo por los hombres entre los años 70 y mediados de los años 80 hasta el enclave en el matrimonio hetero normado de Jaime Comedi, un abogado reconocido de Córdoba, fallecido en 1999.

Indagando entre cientos de horas que su padre registró en video, realizando entrevistas a sus familiares y conocidos, reconstruyendo poéticamente en super 8 los huecos que el pasado silenció, Agustina, aquella niña junto a su madre, Monona, es ahora quien empuña la cámara que reproduce, reforma, interviene e interpela las imágenes heredadas.

Compañeras lesbianas del pasado de Jaime como militante comunista mencionan la esquizofrenia de pertenecer a esas organizaciones de izquierda, donde se pujaba por la liberación de los oprimidos por el imperialismo y se velaba cualquier disidencia del modelo hegemónico heteronormativo. Las hermanas de Jaime mencionan que de pequeño todas notaban que era un niño especial, un Mesías. Otros, sin mostrar el rostro -siguen aprisionados por barrotes invisibles- recuerdan que tuvo su primera pareja con un juez, cuando tenía 16 años, que lo instó a que estudiara. Nos enteramos también de que el testigo de casamiento con Monona fue su pareja durante 11 años y el obstetra que ayudó a traer al mundo a la directora. La esposa recién se enteró del pasado del marido años más tarde, a través de un anónimo…

Hay muchas imágenes que conmemoran los banales ritos familiares y sociales que tienen como centro a Agustina captados por la cámara de su padre. Hay muy poco testimonio gráfico de Jaime… Pero registrar a Agustina es hablar del fuerte deseo de su padre de tener un hijo y escapar de los barrotes que imponían la pandemia del VIH y el prejuicio machista, inoculado desde pequeño por la familia y la sociedad.

El logrado montaje de Valeria Racioppi dispara asociaciones irreflexivas en el espectador. En una jineteada hay un brioso caballo que se resiste a ser arreado, protesta con sus tacos sobre el suelo de tierra cordobesa, nos condolemos de la pobre bestia. ¿Sería Jaime un personaje pleno mientras gozaba su cuerpo con otros hombres, con un transgénero, con una mujer?

Dicen que en plena dictadura no temía abrazar a un amigo en plena calle o cruzarse del barrio de la derecha -donde anidaba la familia- al de la izquierda, la villa, que una de las hermanas da a entender que era como un lupanar, el harem pasoliniano, el lugar de lo prohibido.

Lo cierto es que Jaime se casó y ese pasado quedó silenciado, por él, por los demás, hasta que removiendo debajo de las piedras Agustina hizo un poco de luz ante tanta oscuridad. Su ensayo es bello, triste, irritante de a ratos… Queremos ver más de ese Adonis cordobés en su juventud, conocer un testimonio parido por los labios de Monona.

La vida de Alejandra Podestá es escueta en datos. Hay profusos testimonios fílmicos de cuando intervino como protagonista en De eso no se habla (1992), elegida a los 18 años y sin ninguna experiencia previa en la actuación por María Luisa Bemberg para formar pareja con Marcello Mastroianni. Ahí se la ve como una princesa, mimada por la directora que oficiaba como un hada buena que le hizo conocer el reino de Oz. También tuvo una pequeña participación en La dama regresa (Jorge Polaco, 1996). Pero después quedó encerrada junto a su madre, que de alguna manera siempre le reprochó el haber sido abandonada por su marido cuando descubrió que había engendrado a alguien de estatura poco común, y no pudo evitar inocularle el veneno hacia los de su propia condición. Es así que, después de haber tocado el cielo con las manos, Alejandra, tan poco preparada para la vida, quedó condenada a permanecer junto a su progenitora -una peinando a la otra, sin solución de continuidad- hasta que la mujer falleció. De ahí en más, algún puesto atendiendo en una zapatería, en algún McDonald’s, la alejó cada vez más de la fábrica de los sueños.

Quiero una familia, quiero hijos y un marido, le confesó más de una vez a otra enanita conocida. Se fue enclaustrando en el PH familiar en una telaraña de alcohol, hombres altos de la especie taxi boy, siempre enfundada en una terca depresión. Los rejas de las ventanas nunca dejaron pasar la luz para ella. Fue encontrada asesinada en esa vivienda que habitara con su madre, apuñalada, rociada con alcohol, chamuscada como sus sueños, una mañana de 2011, a los 37 años.

Tomás de Leone inicia su film con una semblanza de la insigne María Luisa Bemberg, del acontecimiento que supuso aquella producción internacional, el testimonio de los involucrados en la filmación -guionista, montador, vestuarista, un par de enanos que figuraban en el casting, entre otros-, alguna grabación con la voz de la muchacha, alguna entrevista a una conocida, fragmentos de noticieros de la época del estreno y de su repercusión en Europa, también de la época en que fue asesinada.

El tratamiento es convencional, pero lo narrado seduce a la atención. Es una historia sencilla pero que hace ahínco en los malos tratos de nuestra sociedad hacia los diferentes, las miradas prejuiciosas tanto externas como internas, y las trampas del pensamiento mágico.

Tanto Jaime y Alejandra tuvieron vidas a medio vivir, uno encerrado en una jaula donde se asomaba la luz en la estampa de su hija, la otra tapiada en vida en las más oscura negación. Ninguno -parece- alcanzó todo lo que podía dar de sí.

En ambos casos no es impertinente preguntar el por qué.