Luis Mario Vitette Sellanes, uno de los autores del mítico robo al Banco Río de Acassuso, considerado una obra maestra, repasa su nueva vida alejado del delito pero no de las joyas. También, en exclusiva, publicamos un capítulo de su nuevo libro autobiográfico «El ladrón del siglo».

Parado en cualquier punto de la línea de su vida, el futuro de Vitette es un fracaso. En el lugar donde el ladrón se detuvo para siempre, en cambio, observar el pasado, invita a la sonrisa de autocomplacencia que se concede con este libro. Lo vivió, lo intentó y lo padeció todo lo que carga en su alma y en su conciencia un ladrón convencido, escribe Victor Hugo Morales en el prólogo del flamante libro El ladrón del siglo, la autobiografía de Luis Mario Vitette.

El robo del Banco Río en Acassuso en la zona norte del Gran Buenos Aires, fue un antes y un después para mucha gente: para la policía, para los ahorristas y también para los ladrones.

Por este episodio clave en su vida lo bautizaron el hombre del traje gris. Así estaba vestido ese día de enero de 2006. Era el simpático charlatán que mantuvo a raya a los 23 rehenes y a los negociadores de la Policía Federal. Usaba alternativamente dosis de humor, timing para dilatar y falsear la negociación y una paciencia amenazante, mientras parte de la banda reventaba las cajas de seguridad, antes de huir por un túnel previamente socavado, en un verdadero acto de prestidigitación.

Antes de conocer Acassuso, era conocido como «El Hombre Araña». Era el terror que aleteaba en las cornisas de los barrios ricos de Buenos Aires. Siempre en busca del oro.

A Vitette le encanta adornar su obra maestra con momentos de ternura: «Yo decidí liberar a las embarazadas. Y a una viejita le digo que se vaya, y ella me contesta: Aquel hombre que está allá es mi marido. Sin él no me voy. Entonces yo le respondo: bueno, señora, entonces se van los dos. Y hasta historia de amor tuvimos. ¿Qué te parece?»

Luis Mario es uruguayo nacido en San José, a 100km de Montevideo, donde montó un taller de relojería antigua y joyas, y vive desde hace seis años, cuando logró la libertad tras lograr ser deportado de Buenos Aires. Tiene tres hijos, dos mayores de edad y uno de cuatro años.

© Ignacio Coló

Es muy difícil la reinserción social de una persona que abandona las drogas, el alcohol y el delito para trabajar, formar una familia y hacer las cosas bien. El común de la gente se arroga el derecho de nunca perdonarte, como si fueran dioses, y de ponerte la pata encima para que te hundas en su misma mierda. Aquí estoy yo, agradeciendo a los que sí te tienden una mano, apoyándote en tus emprendimientos laborales, sociales y familiares. Les doy un fuerte abrazo, sobre mi corazón. 

¿Cómo te sentís hoy a 13 años de aquel día?

Espectacular, enfocado, donde siempre tendría que haber vivido y nunca estuve, así que me siento muy bien, en mi trabajo, enfocado en mi hijo de 4 años, en llevarlo al jardín, que no falte el yogur, en la vida misma. Antes vivía en la tumba.

¿Volviste a hablar con el resto de la banda, o quedaron enojados?

No, enojados no, pero después de una delación imaginate que muy a gusto no. Sumado a que luego empiezan a saltar las miserias humanas, menos todavía. Sigo en contacto con Fernando Araujo (Donatello). Quedamos socios para siempre en esta historia, de hecho ahora se viene la peli y algunos proyectos. A veces viene a Colonia, comemos un poco de pescado y hablamos de algún proyecto.

¿Te metiste a estudiar teatro en la previa del robo?

Sí, estudié teatro. Y me sirvió para despistar a la Policía en el robo del banco. No puedo decir el nombre de mi maestro de teatro porque lo comprometo.

En varias notas se pone a Araujo como el verdadero ideólogo y líder detrás del robo del siglo. 

Sí por supuesto. Pero no entiendo por qué dicen «verdadero» si nunca nadie se adjudicó ser el ideólogo, siempre fue la idea de él. Lo que capaz está en discusión es el tema del líder. Ya sabemos lo que es liderazgo, hacer la punta, entrar primero, impartir directivas, y creo que eso lo ha hecho otra persona en esta historia.

Está considerado el mejor robo de la historia policial argentina y entre los cuatro mejores del mundo.

Sí, uno de los mejores sin dudas. Tremenda cabeza la de Araujo para idearlo. Una vez hablé en una nota con Chiche Gelblung, de que para mi esto fue ideado por un gil y yo expliqué lo que es ser gil, no es ser menos, es no pertenecer al mundo del delito. Creo que todo ese discurso que ahora se manda este primerísimo actor, Ricardo Darín, para vender su última película (La Odisea de los Giles) me lo chorearon de esa nota.

© Ignacio Coló

En tu relación con Araujo, ¿cómo fueron esos días cavando el túnel en el río juntos? 

Yo no lo conocía de ningún lugar ni él a mi. Ahí nos empezamos a conocer y le hablaba mucho, lo atomizaba contándole mi historia, mi relación paralela a todo esto. A Araujo le pedí la oreja prestada para contarle lo que me pasaba.

¿Hoy por donde pasa tu adrenalina?

Ya dejé todas las adicciones. Dejé el alcohol, tomaba un litro de whisky todos los días, dejé algunas drogas duras que también consumía diariamente, dejé el cigarrillo y creo que mi organismo no necesita más adrenalina. Tengo una vida tranquila, cierro mi taller de joyería y relojería Verde Esmeralda, me voy a mi casa a tomar mate, a cortar pasto, a jugar con mi niño, a disfrutar con mi esposa, a contener al niño para que ella pueda estudiar y terminar su secundario.

¿Qué te pasa cuando ves que todo se vino abajo por una mujer despechada que se pone al frente de la investigación y termina con la captura de todos ustedes?

Un día le dediqué una frase célebre a esa señora… Que le haga una fellatio a una 9mm y al momento de la eyaculación que se encomiende al señor. Es como decir que se diera un tiro en la boca, un poco más romántico. Arruinó a mucha gente con lo que hizo pero ya está.

Una vez te definiste como “un triste ladrón de gallinas”…

Sí, somos todos un discurso, un relato, somos todos millonarios, divinos, tomamos champagne, nos curtimos tremendas minas. Mentiras. Somos todos unos fracasados pobres, que los días donde nuestras familias no nos traen yerba a la cárcel no tomamos mates.

Otra vez desafiaste con que «ya no hay ladrones, ahora hay chorros».

No es menoscabar, son distintos oficios. El ladrón ve un objetivo, lo piensa, lo elabora, y lo lleva adelante. El chorro se pone todos los días un arma en la cintura y sale a la calle. Puede robar un banco, un camión, un blindado o un coche en la Panamericana. Tiene que llevar la plata a la casa todos los días. El delito mutó. Pero yo me equivoqué, sinceramente, yo no quiero que me admiren por lo que hice. En Facebook bloqueo a todos los chorros que quieren ser mis amigos. ¡Que se vayan a cagar!.

Yo robaba para tener poder y la ecuación es al revés. Hay que tener poder para después robar. El delito mutó. Ahora hay que ser poderoso primero para después salir a robar tranquilamente, estar seis meses en cana y no seis años como un triste ladrón de gallinas.

Se está por estrenar la película sobre El Robo del Siglo, te consultaron en la previa, pudiste tener acceso a las imágenes o será una historia sin tu consentimiento?

No, la idea fue de otro, no conozco ni el libreto, firmé un contrato en donde no puedo hacer publicidad negativa, ya vi los trailers, pero no tengo nada absolutamente nada que ver, solo que cobré una limosna por ceder los derechos sobre mi historia y mi imagen.

Marito bajó al subsuelo, donde lo esperaba Donatello.

— Dame el arma—le dijo cuando llegó.

Marito se la entregó, al tiempo que se quitaba la capucha y se desconectaba los dos auriculares con los que había monitoreado los acontecimientos durante el atraco. Tenía uno en un oído para comunicarse con Donatello y el otro sintonizado en la frecuencia del grupo Halcón.

Donatello salió un momento y volvió.

— Bueno, nos vamos—dijo al volver, lo mismo que le había susurrado al oído arriba.

— ¿Qué pasó?—preguntó Marito.

— No, se rompió el equipo de apertura—se refería a aquel equipo hidráulico con apoyo telescópico que Marciano y Donatello habían diseñado, ese que empujaba cinco o seis toneladas. Junto con el resto de las herramientas que usaron en el atraco, fueron introducidas en el banco por Marito y el Nene desde el Ford Escort que quedara estacionado en el subsuelo—. No podemos abrir más cajas. Igual tenemos un montón de bolsas de plata, de dinero, de joyas. Así que nos vamos.

— Bueno, nos vamos.

Se metieron en una habitación chiquitita, un depósito y cambiador para el personal, donde había un archivador fuera de lugar. Lo habían corrido los secuaces mientras Marito negociaba. Donde antes estaba el archivador, ahora había un tremendo boquete en la pared. Ese boquete conducía a una cámara interior.

Salieron por ese boquete. Con una soga, Donatello enlazó el archivador desde fuera y lo arrastró, para que tapara el boquete. Por el lado de adentro, apoyaron un portón de madera que habían fabricado, apuntalado en la pared trasera, con lo que prácticamente quedó inexpugnable, inamovible.

Unos metros más adelante, cerraron otro portón. Este tenía unos equipos electrónicos. Cada vez que se lo tocaba, sonaba un pitido: pip, pip, pip… Era una falsa bomba, una bomba de juguete, un cazabobos.

Todo esto los condujo a un túnel que descendía en las profundidades de la tierra, por dieciocho escalones de hierro, hasta otra cámara más abajo. Salieron a un aliviador pluvial con un muelle que habían fabricado con madera, sostenido por cuerdas y apoyado en un dique de cinco metros de alto, cuya función era aumentar el caudal de agua de ese aliviador pluvial que conducía al Río de la Plata.

Todo ese gran esfuerzo era el resultado de un año de trabajo constante.

Al lado del muelle improvisado, estaban los dos gomones, uno con motor fuera de borda que tiraba de otro, que estaba lleno de bolsas amarillas que Marito había comprado en un hipermercado, de esas que se usan para el escombro en la construcción, llenas. Marito no pudo ver cuántas había, pero eran montones de bolsas.

Detrás de Marito, Donatello cerró aquel portón improvisado con cuatro bulones gruesos como un dedo pulgar, por lo que, por más que la policía llegara hasta el otro lado, sería imposible que lo abrieran, al menos enseguida.

El Marciano no había entrado por la puerta del banco como los otros. Había llegado por los aliviadores pluviales desde el Río de la Plata, por el mismo camino que habían recorrido cuando construyeron el dique y el túnel. Había esperado pacientemente al final del túnel, hasta que escuchó los golpecitos que señalaban que ya estaban listos en el cuartito cambiador, y había golpeado en respuesta para indicar dónde había que romper la pared, que habían dejado adelgazada al mínimo cuando excavaron el túnel.

Romper la pared fue cosa de un momento. De inmediato comenzaron a trasladar hasta el muelle las bolsas que se iban llenando una tras otra con el botín que salía de las cajas de seguridad. Mientras tanto, arriba, la policía seguía convencida de que era un robo exprés que había salido mal.

Mientras Donatello cerraba el último portón, el Marciano no lograba encender el motor fuera de borda.

— Tené cuidado que se ahoga—le advirtió Marito. Por los nervios o por apresuramiento del Marciano, efectivamente el motor se ahogó. Donatello subió en el gomón de atrás, lleno de bolsas, y Marito en el de adelante, para ayudar al Marciano a darle correa al motor, a ver si podían encenderlo. También tenían remos, así que empezaron a remar, casi contra la corriente, avanzando casi nada. Por fortuna, de pronto el motor arrancó.

Marito tomó el control de la situación, ya que había estudiado a fondo la navegación del lugar. El Doc iba adelante con una gran linterna que con su haz de luz les permitía ver el túnel de diez metros de diámetro. Marito aceleró el motor al máximo, y se metieron en las profundidades de la tierra. No hacia el Río de la Plata, sino hacia adentro de la ciudad.

Hicieron unas diez cuadras en zigzag, porque Marito ya sabía dónde había obstáculos y fierros que podían pinchar los gomones. Luego de esas diez cuadras, llegaron hasta donde había una escalera de doce metros de alto, que conducía a otro aliviador pluvial. Era tanta la distancia entre uno y otro que habían tenido que comprar tres escaleras de aluminio y atarlas una encima de la otra para comunicar los aliviadores.

Mientras sus compañeros subían bolsa tras bolsa al otro aliviador con una soga, Marito usaba un cuchillo Tramontina para tajear a conciencia los dos gomones, que se hundieron enseguida. Cuando todas las bolsas estuvieron arriba, subieron ellos y levantaron la escalera quebrándola por trozos, porque el siguiente aliviador tenía apenas metro y medio de alto. No corría en la misma dirección que el de abajo, sino transversal, y tomaron a la izquierda.

Caminando, en incontables viajes, llevaron las bolsas trescientos metros hasta el lugar señalado, donde había otra escalera de tres o cuatro metros. Allí el agua no tenía más de diez centímetros de profundidad. Fueron apilando las bolsas en interminables idas y venidas. Cuando las tuvieron todas por fin, empujaron la tapa metálica de Aguas Argentinas que remataba la escalera… y quedaron justo debajo del piso de la camioneta Combi modificada, donde los esperaba el Paisa. El portón que habían recortado en el piso de la Combi quedaba exactamente encima de la tapa de metal del pozo, y por allí subieron las incontables bolsas de riquezas. Cuando todas estuvieron a bordo, volvieron a colocar la tapa de Aguas Argentinas, y ahí no había pasado nada.

© Ignacio Coló

Se bajaron el Doc, Beto, el Nene y Marito por la puerta lateral de la Combi. El Doc y Beto subieron a un auto negro estacionado cerca, y Marito y el Nene, a la camioneta del primero de los dos, que también estaba cerca. El Paisa, Donatello y el Marciano siguieron en la Combi repleta de bolsas de dinero. Salieron en caravana, el auto negro abriendo camino, la Combi en el medio y la camioneta de Marito cerrando la marcha.

Tras recorrer varias cuadras, llegaron al lugar que tenían preparado para el reparto. La Combi entró en el garaje, y los otros vehículos estacionaron por ahí cerca. Todos ingresaron a la casa, con enormes sonrisas.

Marito se sacó el traje gris y lo metió en una bolsa, junto con la camisa y la corbata. Se puso unas bermudas y una camisa. Abrieron la heladera, tomaron cervezas y gaseosas. Marito encendió el televisor, una antigüedad de veintinueve pulgadas, y lo primero que vieron fue al negociador del grupo Halcón hablando con un hombre vestido de traje gris y capucha negra.

Por sus lecturas preparando el atraco, Marito ya sabía que la policía les pedía a los noticieros que difirieran la transmisión de las imágenes del asalto quince o veinte minutos, que era lo que se necesitaría para una posible irrupción, evitando que si los ladrones tenían un cómplice afuera con una radio o teléfono los pusiera al tanto de los preparativos. Así que ahora estaban viendo como si fuera en vivo lo que había pasado largo rato antes. Ellos ya estaban a salvo en su guarida y se rieron mucho.

Donatello se tiró en la cama a fumar un porro. Beto ya estaba con un teléfono dedicado a caminar y a hablar, a caminar y a hablar. Los otros, inmediatamente, todos al piso en la habitación que habían previsto para esa tarea, a abrir bolsas y a sacar billetes. Nadie guarda la plata en un cofre de seguridad toda tirada, la guarda en fajitos o con las fajas de la Reserva Federal. Todo lo que iban sacando ya estaba ordenado y contado. Marito empezó a hacer pilas de dinero en un rincón de la habitación, pilas de cien mil dólares. Pronto, el rincón quedó chico, y las pilas se extendieron a lo largo de la pared.

En una bolsa iban tirando los objetos: joyas, relojes, piedras preciosas, oro… El efectivo era de todo tipo imaginable, dólares, pesos, euros, libras esterlinas…

Beto llegó con el Paisa, y Marito le entregó de inmediato un paquete termosellado con cien mil dólares, que era la cantidad acordada con él por el asunto de los vehículos y por estacionar la combi encima de la tapa metálica de Aguas Argentinas.

—Marito, ¿me regalan un reloj?—preguntó el Paisa, buscando sacar un extra. Marito se negó.

— Mirá, amigo, de esto no se toca nada. Esto puede ser un indicador de tu participación, y ya acordamos entre todos no usar ni quedarnos con nada que pueda delatar a la banda.

— Bueno, bueno—aceptó el Paisa, y se retiró con Beto, que seguía hablando por teléfono sin parar.

Siguieron contando. La una, las dos de la mañana, y seguían contando plata y apilando. Recién terminaron a las cinco de la mañana. De inmediato hicieron las cuentas. Se multiplicó, se dividió y se repartió. Ya tenían previstas bolsas de residuos, de las negras de consorcio, para guardar el dinero, cada cual con su parte.

Y allí, en esa casa, dejaron dos bolsas amarillas, de las de escombros, llenas de oro y joyas, para repartirlas después, algún otro día. Habían quedado encargados de eso Donatello y el Doc. Ahora cada uno de ellos tenía dos bolsas de residuos repletas hasta arriba de billetes.

—Bueno, muchachos, nos vamos.

—Nos comunicamos.

— Beto, acordate de que tenés que romper todos los teléfonos.

Todos dejaron allí los teléfonos que habían utilizado en las conversaciones anteriores al robo del banco para ser destruidos.

Marito y el Nene, cada uno con sus dos bolsas de dinero, salieron hacia la camioneta. Ya aclaraba, amanecía. Subieron a la camioneta de Marito, y la cara del Nene era indescriptible. La venía pasando muy mal. Había perpetrado algún ilícito, pero, como dicen en el ambiente, no daba pie con bola, no venía bien económicamente, y ahora cargaba con dos tremendas bolsas de dinero.

Cartel pegado por la banda en el Banco Río de Acassuso.

La camioneta tomó por la Panamericana, General Paz, 9 de Julio, otra vez Barracas, hasta la puerta del Nene. Se bajó y todavía no lo podía creer. Agarró sus dos bolsas, dio la vuelta, abrazó, besó y le agradeció a Marito y se metió en su casa.

Marito arrancó la camioneta, bajó los vidrios, puso música. Junto a él tenía sus propias bolsas de dinero y otra con el traje y el resto de la ropa que había usado. «Ahora sí que soy un ganador», pensó.

Tomó Marcelo T. de Alvear, Charcas, Ecuador, Santa Fe hasta el 2590, donde estacionó junto al kiosco de diarios. Se bajó, agarró aquellas bolsas, abrió la puerta del edificio y subió hasta el piso trece por el ascensor. Departamento cuarenta y siete. Metió todo adentro, volvió a cerrar, bajó otra vez, agarró la camioneta y dio la vuelta a la manzana hasta Santa Fe, Pueyrredón, Charcas, y en la esquina de Ecuador dejó la camioneta en el sexto piso de un estacionamiento.

Volvió caminando, con anteojos de sol, y llegó por fin a su casa.

En el segundo dormitorio, abrió las bolsas y empezó a sacar fajos y fajos de dinero, todo mojado. En pleno enero, prendió todos los calefactores que tenía y abrió las ventanas, para que el calor y el viento secaran los billetes.

Se metió en el baño, se sacó la ropa, se metió bajo la ducha tibia. Se cepilló los dientes dos veces. Tenía la boca pastosa por los nervios pasados, por el montón de horas que llevaba despierto sin comer. Salió de la ducha, desnudo, sin secarse, y caminó hasta el balcón. Amanecía el día sábado, 14 de enero de 2006.

Se volvió a meter en la ducha. Esta vez, un baño bien caliente. Eran las ocho o nueve de la mañana. Se tiró en la cama, otra vez sin secarse y, por fin, se durmió profundamente.

Cuando abrió los ojos, se dijo: «¿Qué pasó? ¿Soñé? ¿Es una realidad?». Salió disparado para el otro dormitorio y no, no había soñado. Allí estaban, fajos y fajos y fajos y fajos y fajos de billetes, tratando de secarse. Eran suyos, nadie los iba a tocar.

Miró por la ventana y se sorprendió: era de noche. «¿Cómo de noche?», pensó. Ya era domingo de madrugada. «¿Cuántas horas dormí? ¿Quince, dieciséis?» Un disparate de tiempo, acorde al cansancio acumulado que tenía.

Salió al balcón. Estaba muerto de hambre. En la heladera no había nada. La parrilla de enfrente, muy famosa, por la calle Santa Fe, obviamente estaba cerrada. Se volvió a tirar en la cama. Prendió la televisión, y en los informativos no podían creer las noticias que ellos mismos estaban dando: los ladrones no estaban. Habían encontrado un boquete en la pared. Las pizzas quedaron tiradas en la puerta, nunca las recogió nadie. Cuando entró el grupo Halcón al banco, hacía horas que la cuadrilla de ladrones se había ido. El boquete comunicaba con el Río de la Plata. Patrullaban el Río de la Plata. Prefectura Naval buscaba a los ladrones.

Todavía nadie tenía idea de que era la dirección exactamente opuesta por la que se habían fugado. Los periodistas decían que los policías no entendían qué había pasado. Los rehenes eran interrogados. Primero se creyó que alguno de los asaltantes podía estar camuflado entre los rehenes, pero ya se sabía que no. Tal vez pudo haber algún empleado infiel que había cubierto el boquete con ese archivador metálico. Se investigaba, en medio de la desazón.

Los ladrones desaparecieron, se los tragó la tierra, literalmente. Ya habían encontrado el túnel, dieciocho metros de profundidad, que daba al aliviador pluvial por donde podría circular un camión. Ya se informaba que habían construido un dique para navegar por ese aliviador y que ya habían encontrado un gomón flotando, todo roto.

Marito apagó la televisión y quedó entresueños. Cinco, seis, siete de la mañana. Ya no aguantaba más. No aguantaba más. Solo podía pensar en Gisselle.

 

Capítulo «El asalto III» del libro El ladrón del siglo,la autobiografía de Mario Vitette, publicado esta semana por Editorial Planeta, que contó con la edición de Tomás Lynch, y el prólogo de Víctor Hugo Morales.

Foto portada: Matilde Campodónico