Petroleros o bananeros, da igual. Qué es eso llamado Venezuela, será Catherine Fulop enseñándonos a elongar bíceps desde los lagos de Nordelta, serán esos chicos que vinieron exiliados a Buenos Aires y terminaron repartidos en Rappi, o será Ricardo Montaner que en realidad tiene autotune de venezolano pero es de Valentín Alsina. Reina la confusión y la bachata de Grammy Latino.

Al Caribe le cabe ser tierra de piratas ya no de barcos sino de bankos, también es arena caliente donde se dieron los incendios políticos más insoportables de los últimos tiempos. Lo que está pasando en Venezuela no es de hoy ni de ayer, son años de una pandilla interna con amigos, enemigos y en el medio una montaña de muertos colocados justo en el baldío que plantean siempre las grietas.

Una trama de personajes maléficos que la juegan de inteligentes y son un zafarrancho de dictadores nivel Chaplin, donde lo bizarro no quita lo asesino. No estamos hablando de una serie de eventos desafortunados. Estamos hablando de un presidente que hablaba en cadena nacional con un pajarito. El mismo jefe acusado de mandar a matar y secuestrar cientos de opositores.

Ahora que todo este país haya quedado a merced de inflables descartables que buscan sangre y pozos con petróleo a costa de entrar al récord guinness de la mala leche más cara del mundo, verlo por streaming es presenciar la autodestrucción de una sociedad pisoteada por el ego de sus dictadores de turno que actúan como capos y son títeres de grupos externos paraculturales que se mueven bien lejos de Caracas.

El telón de fondo de este melodrama: un tal Guaidó se declaró a sí mismo como presidente interino de Venezuela en enero y fue rápidamente reconocido por los Estados Unidos y una serie de otros países, pero Maduro mantiene el control remoto sobre el poder. A todo esto, los peces gordos de Washington quieren mojar el pan en el baño de sangre y tanto Trump como el Congreso respaldaron el movimiento de alto riesgo de hoy, mientras que los personajes principales del gobierno venezolano denunciaron lo que han descrito como un «intento de golpe de estado inútil». En Buenos Aires para no ser menos, hubo más escenas chaplinescas afuera de la Embajada de Venezuela en Palermo, entre militantes kirchneristas defensores de la dictadura actual y venezolanos exiliados.