Qué loca que sos”, era el comentario habitual que me hacían en mi adolescencia.

La supuesta locura estaba asociada a hablar con las plantas o a considerar hermosos a los insectos o a afirmar que la vida en una tribu nómade era preferible a la violencia permanente de la ciudad. Esta última, sí que me parecía una locura, pero, en fin. Mi manera de ver las cosas no estaba alineada con el pensamiento consensuado y –hasta hoy– algunas de mis opiniones siguen generando comentarios impugnadores y sonrisas nerviosas.

La locura es un estigma que no suele estar asociado directamente con el diagnostico de un profesional de la salud mental. En nuestra sociedad, se rotula como loca a cualquier persona que actúa por fuera de los estándares habituales.

¿Cuánto daño hace a nuestra psiquis que naturalicemos esa etiqueta? Quizás algún profesional de la salud mental pueda investigarlo, si le interesa.

Y es bravo que te tilden de loco. Porque ya sabemos lo que le pasa en nuestra sociedad a las personas que son diagnosticadas con desordenes mentales. Llevamos siglos viéndolo. Está en nuestra memoria familiar y cultural el terror a la persecución, el encierro, el aislamiento, la tortura. Claro que, a lo largo del tiempo, los “métodos” y “abordes” se han humanizado mucho, pero ¿y si hubiera algo más detrás de nuestros procesos psíquicos que no hemos visto?

¿Y si la locura no fuera algo indeseable, sino la señal de que algo espiritualmente poderoso está sucediendo en nosotros?

Lo que te contaré en esta nota, es la mirada de las culturas ancestrales sobre la locura. Una vez más, parece que siempre es posible encarar los asuntos del alma humana desde una perspectiva más natural y sanadora.

Una voz en el desierto

Es doctor e iniciado en la sabiduría profunda de los Dagara de África. Tiene 3 masters en la Sorbona y otros centros de estudios occidentales. Es canalizador de los espíritus de los ancestros. Se llama Malidoma Some y es quien lleva la voz cantante en esto de cuestionar las formas occidentales de tratar los desordenes psíquicos.

No ha sido el único. A lo largo de mi propio camino de encuentro y estudio de las sabidurías de distintas culturas, me he encontrado muchas veces con esta idea: la locura como manifestación de un don extraordinario, que?—?si se entrena adecuadamente– puede ser muy útil para la comunidad.

En las culturas ancestrales, la locura no se considera un mal en sí mismo, algo que deba ser regulado, controlado o curado. El concepto de locura no existe. La persona que expresa un comportamiento no habitual no está enferma, por más que las manifestaciones de ese comportamiento sean llamativas y extravagantes. Es una persona que está trayendo algo a la tribu que no estaba antes. Está comunicando en un lenguaje que no por ser incomprensible para la mayoría de las personas deba ser descartado o rechazado.

Está tratando de integrar una información que viene en un formato diferente al ordinario, y por lo tanto, necesita que lo ayuden a decodificar, no a silenciar ese mensaje.

El “loco” como mensajero del otro lado

Lo que nosotros llamamos locura, en las culturas ancestrales como la Dagara, es considerado el “signo del sanador”. Todo desequilibrio de comportamiento es observado como un despertar, un emergente espiritual. Es un aviso de que está surgiendo el potencial sanador en esa persona. Lo que nosotros llamamos “enfermedad mental” ellos lo llaman “buenas noticias del otro mundo”.

La persona con una crisis mental está haciendo de puente entre la realidad ordinaria y la no ordinaria, –a menudo recibiendo esa comunicación sorpresivamente–, y este esfuerzo por integrar ambas dimensiones es el que hace que le “salte la térmica”. Necesita una red de contención, que en las sociedades tribales es la misma comunidad, que lo cuida y escucha con atención y validación, sin juicios y sin represión. Acompañándolo en el descubrimiento de la medicina que está trayendo. Sin intentar “arreglarlo”, porque no hay nada roto en él o ella.

A los maestros de culturas ancestrales con los que yo estudié, les causa gracia que nos privemos de la valiosa información y recursos que puede traer una persona que opera en los márgenes del pensamiento ordinario. “¿Por qué hacen eso?”, se preguntan. “¿Por qué no aprovechar para insertar algo de creatividad inusual en el oxidado mecanismo de mismas recetas = nunca soluciones en que se ha convertido esta sociedad?” A todos, en definitiva, les resulta indignante que encerremos a las personas que llamamos “mentalmente desequilibradas”. Para ellos, es como encerrar a los visionarios más capaces de una comunidad.

La controversia como oportunidad

Estas ideas suenan muy revulsivas a nuestra rígida cosmovisión actual. No es para menos: todavía no hemos incluido los aspectos inmateriales de la existencia dentro del inventario de lo real (a pesar de que la física cuántica viene gritándonos que nos dejemos de buscar lo sólido, porque no lo vamos a encontrar… y aquí invito a que lean a Max Planck…), y nos da terror pensar que el velo que separa lo visible de lo trascendente pueda ser tan finito como para ser atravesado como quien se cruza de vereda.

Pero al observar cada día las noticias y ver cómo caemos al vacío indolentemente, golpeándonos unos a otros en el camino hacia muertes absurdas y ríos de lágrimas, me pregunto: ¿hasta qué nivel de auténtica locura tenemos que llegar para empezar a plantearnos que quizás nuestras recetas para el bienestar no han servido para dar cauce a las necesidades del alma? ¿Qué hace falta para reconocer que la tenacidad en aferrarnos a definiciones de lo humano que son cerrojos para la auténtica libertad de ser es la explicación del fracaso de nuestros sistemas sociales, políticos y económicos?

Estamos en un tiempo de integración.

Una visión no tiene por qué anular los aportes de las otras. El dualismo está pasando de moda y las personas que proponemos estas miradas no buscamos conflicto ni triunfo retórico, invitamos a hacer nuevas preguntas, incómodas preguntas, irritantes preguntas, como por ejemplo:

¿Y si la gente que tenemos encerrada “por locos” tiene algo para decirnos que necesitamos escuchar urgentemente?

Quizás ese es el gran temor de nuestra sociedad: plantearse la posibilidad de que en alguno de nuestros criterios podamos haber estado equivocados. Porque…

…si nos equivocamos en esto…

¿en cuántas cosas más podríamos estar equivocados?

 

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